A las dos y cuarenta de la madrugada, Julian y yo estábamos sentados frente a una funcionaria del registro civil.
Ella levantó la vista de los documentos.
—¿Están completamente seguros?
Miré a Julian.
Él ya no sonreía.
—Sí —respondió.
La funcionaria me miró.
—¿Y usted?
Pensé en Evan.
En los cinco años esperando que cumpliera promesas que ya no significaban nada.
Luego miré a Julian.
—Sí.
La firma fue rápida.
Una hora después, salimos del edificio con un certificado de matrimonio y dos copias de una fotografía que todavía parecía una locura.
Julian tomó mi mano.
—Bueno, señora Foster.
—No empieces.
—Tenemos que encontrar un hotel.
—¿Para qué?
—Para dormir. No todo tiene que ser dramático.
Me reí por primera vez aquella noche.
Y, sin saberlo, esa risa cambió todo.
A la mañana siguiente, Evan llamó treinta y siete veces.
No contesté.
Después llegaron los mensajes.
“¿Dónde estás?”
“Tenemos que hablar.”
“Lo de anoche no es lo que parece.”
Finalmente llegó una fotografía.
Era una captura de mi publicación.
La foto del estudio.
Julian y yo.
Debajo, mi nuevo apellido.
Mara Foster.
El mensaje de Evan decía:
“¿Qué demonios significa esto?”
No respondí.
Pero alguien sí lo hizo.
Julian tomó mi teléfono.
—¿Puedo?
—¿Qué vas a hacer?
—Contestarle.
Escribió solamente:
“Significa exactamente lo que parece.”
Me quedé mirándolo.
—Eres insoportable.
—Y ahora legalmente soy tu esposo.
—Eso no te da permiso para contestar mis mensajes.
—Entonces cambia la contraseña.
No pude evitar reírme.
Aquella tarde nos reunimos con nuestras familias.
La noticia cayó como una bomba.
La madre de Julian dejó la taza sobre la mesa.
—¿Te casaste anoche?
—Sí.
—¿Con Mara?
—Sí.
Su padre lo miró durante varios segundos.
—¿Estás seguro?
Julian me miró.
—Más de lo que esperaba.
Yo bajé la mirada.
Entonces apareció Serena.
Había venido porque, según ella, necesitaba hablar con Julian.
Cuando me vio, se quedó inmóvil.
—¿Qué haces aquí?
Julian respondió:
—Es mi casa.
Serena miró nuestras manos.
—¿Están casados?
—Sí.
Su rostro perdió color.
—No puedes estar hablando en serio.
Julian soltó una pequeña risa.
—Eso mismo dije yo anoche.
Serena me miró.
—Mara, ¿qué estás haciendo?
—Viviendo mi vida.
—Esto es una venganza.
Negué.
—No.
Miré a Julian.
—La venganza habría sido casarme para hacerte daño.
Hice una pausa.
—Pero no me casé contigo.
Serena se quedó sin palabras.
Durante las semanas siguientes, Julian y yo intentamos descubrir qué significaba realmente estar casados.
No dormíamos juntos.
No fingíamos una relación perfecta.
No obligábamos al otro a cambiar.
Simplemente aprendimos a convivir.
Descubrí que Julian odiaba el café demasiado dulce.
Que se levantaba temprano.
Que llamaba a su madre todos los domingos.
Y que aquella fama de hombre irresponsable era, en gran parte, una máscara.
Él descubrió que yo hablaba dormida.
Que siempre revisaba dos veces las puertas.
Y que todavía conservaba el reloj que había comprado para Evan.
Una noche lo vio sobre mi escritorio.
—¿Todavía lo guardas?
—No sé por qué.
Julian lo tomó.
—Porque cinco años no desaparecen en una noche.
Asentí.
—Supongo.
Él dejó el reloj donde estaba.
—Cuando estés lista, tíralo.
No me dijo que lo hiciera.
No me presionó.
Y precisamente por eso, al día siguiente lo guardé en una caja.
Tres meses después, Evan apareció en mi oficina.
—Mara.
Levanté la mirada.
—¿Qué haces aquí?
—Quiero hablar.
—Ya hablamos.
—No. Tú te fuiste sin escucharme.
—Te vi con Serena.
—Fue una situación complicada.
Sonreí.
—Siempre hay una situación complicada cuando alguien es descubierto.
Evan bajó la voz.
—Nunca dejé de quererte.
Lo miré.
—Entonces debiste haberlo demostrado antes.
—Podemos arreglarlo.
—No.
—¿Por qué?
Toqué el anillo que llevaba en la mano.
—Porque ahora sé cómo se siente estar con alguien que no me hace preguntarme si soy suficiente.
Evan miró el anillo.
—¿Realmente lo amas?
Pensé en Julian.
En cómo nunca me había pedido que olvidara a Evan.
En cómo había esperado.
En cómo había convertido una broma absurda en una decisión responsable.
—Sí.
La respuesta salió tranquila.
—Lo amo.
Esa noche encontré a Julian en el balcón.
—¿Hablaste con Evan?
—Sí.
—¿Y?
—Le dije la verdad.
Julian permaneció en silencio.
—¿Qué verdad?
Me acerqué.
—Que ya no lo amo.
Julian me miró.
—Mara, no quiero que estés conmigo porque estás huyendo de él.
—No lo estoy.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?

Lo miré directamente.
—Porque quiero estar contigo.
Por primera vez desde aquella noche de Año Nuevo, Julian perdió su sonrisa.
—¿Estás segura?
—Sí.
Él respiró profundamente.
—Entonces tengo que confesarte algo.
—¿Qué?
—La noche que te propuse matrimonio pensé que era una locura.
—Lo era.
Se rio.
—Pero cuando salimos del registro civil, dejé de pensar en Serena.
Me quedé quieta.
—¿Qué quieres decir?
—Me di cuenta de que llevaba cinco años persiguiendo a una mujer que nunca me había elegido.
Me tomó suavemente la mano.
—Y entonces apareciste tú.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Por primera vez, alguien me había elegido a mí.
Sonreí.
—Entonces quizá no fue una locura.
—¿No?
—Fue una casualidad.
Él negó.
—No.
Me acercó un poco más.
—Fue la mejor decisión impulsiva que he tomado.
Un año después regresamos al mismo cine donde todo había comenzado.
Los fuegos artificiales volvieron a iluminar el cielo.
Julian sacó dos entradas.
—¿Recuerdas esta noche?
—Demasiado bien.
—¿Te arrepientes?
Lo miré.
—Solo de una cosa.
—¿Cuál?
—De no haber dicho que sí más rápido.
Julian sonrió.
—Entonces tengo una pregunta.
—¿Otra propuesta?
—No.
Sacó una pequeña caja.
—Esta vez quiero hacerlo correctamente.
Dentro había un anillo.
No necesitaba otro matrimonio.
Ya estábamos casados.
Pero comprendí lo que significaba.
No era una segunda oportunidad.
Era una elección.
La nuestra.
Lo miré y sonreí.
—Sí.
Julian se rio.
—Ni siquiera hice la pregunta.
—No importa.
Los fuegos artificiales explotaron sobre nosotros.
Y mientras él tomaba mi mano, pensé en aquella primera fotografía.
Dos personas heridas.
Dos corazones decepcionados.
Dos extraños que habían decidido casarse por una noche.
Lo que ninguno de los dos sabía entonces era que la persona que creíamos usar para vengarnos terminó convirtiéndose en la persona que elegimos amar.
Y aquella vez no hubo tráfico.
No hubo excusas.
No hubo otra mujer.
Solo Julian y yo.
Juntos, porque finalmente nos habíamos elegido de verdad.