Parte 2: EL HOMBRE QUE CHICAGO TEMÍA TOMÓ A MI BEBÉ EN BRAZOS, PERO CUANDO DESCUBRÍ POR QUÉ NOS LLEVABA CON ÉL, TODO CAMBIÓ

—No.

La palabra salió de mi boca antes de que pudiera pensar.

Abracé a Sophie contra mi pecho.

Ethan Callahan no pareció ofendido.

—Está bien.

Parpadeé.

Esperaba una orden. Una amenaza. Cualquier cosa menos eso.

—¿Está bien?

—No voy a obligarte a subir a ningún avión.

Señaló mi teléfono.

—Pero mira tus mensajes.

Lo hice.

Diecisiete llamadas perdidas.

Todas de mi hermana, Elena.

Y un mensaje.

“Rachel, no vengas al hotel. Llámame en cuanto aterrices. Es sobre Daniel.”

Daniel era su prometido.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué pasó?

Ethan no respondió inmediatamente.

—¿Cómo se apellida Daniel?

—Mercer.

Su expresión cambió.

Solo un poco.

Pero lo vi.

—¿Lo conoces?

—Conozco el apellido.

—Eso no responde mi pregunta.

—No.

Se inclinó hacia mí.

—Conozco a su padre.

El avión comenzó a descender.

—¿Qué tiene que ver el padre de Daniel contigo?

—Eso depende de cuánto sepas sobre la familia con la que tu hermana piensa casarse.

Mi corazón comenzó a golpearme las costillas.

—No sé nada.

—Entonces tenemos un problema.


En Chicago, dos hombres esperaban a Ethan junto a la puerta.

Yo esperaba que él desapareciera con ellos.

En cambio, permaneció a mi lado.

—Tu hermana está en el Hotel Blackstone.

—Sí.

—Ya no.

Me mostró su teléfono.

Había una fotografía de Elena entrando en un automóvil negro.

La hora indicada era cuarenta minutos antes.

—¿De dónde sacaste eso?

—Uno de mis hombres.

—¿Estás vigilando a mi hermana?

—Estoy vigilando a Daniel Mercer.

Se me heló la sangre.

—¿Por qué?

Ethan sostuvo mi mirada.

—Porque Daniel debe tres millones de dólares.

Casi me reí.

—Daniel trabaja en bienes raíces.

—Daniel dice que trabaja en bienes raíces.

Sophie se removió contra mí.

Ethan bajó la voz.

—Y ayer desapareció dinero de varias cuentas controladas por personas que no perdonan fácilmente.

—¿Tú?

—No.

Aquella respuesta me asustó más.

—Entonces ¿quién?

—Mi primo, Vincent.

Uno de los guardaespaldas se acercó.

—Jefe, tenemos ubicación.

Ethan miró la pantalla.

—Elena está en una casa de Lake Forest.

—Llévame.

—Rachel…

—Es mi hermana.

—Precisamente.

Di un paso hacia él.

—Hace cuatro años que casi no hablamos. Si está en problemas y yo vuelvo a abandonarla, no me lo perdonaré.

Ethan permaneció en silencio.

Finalmente asintió.

—Sube al auto.


La casa parecía salida de una revista.

Dos hombres custodiaban la entrada.

Cuando vieron a Ethan, ambos retrocedieron.

Nadie pidió identificación.

Nadie preguntó nada.

Entonces comprendí qué significaba realmente que Chicago temiera aquel nombre.

Encontramos a Elena en la sala.

Estaba llorando.

—¡Rachel!

Corrí hacia ella.

—¿Estás bien?

—Sí. Daniel me dijo que no podía volver al hotel.

—¿Dónde está?

Ella señaló el despacho.

Ethan abrió la puerta.

Daniel estaba sentado frente a un hombre de traje gris.

Al ver a Ethan, perdió el color.

—Callahan.

El hombre del traje gris se levantó.

—Primo.

Vincent.

Sonrió.

—No esperaba verte acompañado.

Ethan cerró la puerta detrás de nosotros.

—Déjalos fuera de esto.

Vincent miró a Sophie.

—¿Desde cuándo te interesan madres solteras?

Sentí cómo Ethan se tensaba.

—Desde que decidiste utilizar a una mujer inocente para cobrar una deuda.

Daniel se levantó.

—Elena no sabía nada.

—Cállate —dijo Vincent.

Daniel obedeció inmediatamente.

Ethan lo miró.

—¿Tomaste el dinero?

—Pensaba devolverlo.

—Eso significa que sí.

—Necesitaba salir.

Vincent soltó una carcajada.

—¿Salir? Robaste tres millones y luego planeaste casarte antes de desaparecer.

Elena se quedó inmóvil.

—¿Desaparecer?

Daniel la miró.

—Puedo explicarlo.

—¿Después de la boda?

Silencio.

Elena retrocedió.

—Dios mío.

Daniel había planeado casarse con mi hermana y utilizar la luna de miel para huir.

Pero ese no era el verdadero motivo por el que Vincent la había llevado allí.

Vincent sacó una carpeta.

—Hay otro problema.

La deslizó por la mesa.

Dentro había documentos bancarios.

Vi el nombre de Elena.

—¿Qué es esto?

Ella tomó una hoja.

—No entiendo.

Ethan sí.

Su rostro se endureció.

—Daniel puso las cuentas a nombre de Elena.

Daniel palideció.

—Escucha…

—¡Me usaste! —gritó mi hermana.

—Era temporal.

—¡Me hiciste responsable del dinero que robaste!

Daniel intentó acercarse.

Yo me interpuse.

—No la toques.

Vincent sonrió.

—Ahora entiendes por qué está aquí.

Ethan recogió los documentos.

—Ella no sabía nada.

—Demuéstralo.

—Lo haré.

Vincent lo observó.

—¿Por qué te importa?

Entonces Sophie comenzó a llorar.

Ethan la miró.

Algo extraño cruzó por su rostro.

Dolor.

Vincent también lo vio.

Y dejó de sonreír.

—No —murmuró.

Ethan levantó los ojos.

—Ni una palabra.

—¿Ella sabe?

—Vincent.

—¿Saber qué? —pregunté.

Nadie respondió.

—Ethan.

Él cerró los ojos un instante.

Luego señaló la puerta.

—Rachel, salgamos.


Nos detuvimos en el pasillo.

—Dime la verdad.

Ethan miró a Sophie.

—Tenía una hermana.

Esperé.

—Isabella. Era menor que yo.

Su voz perdió aquella frialdad perfecta.

—Hace cinco años tuvo una hija.

Miré a Sophie.

—¿Qué ocurrió?

—El padre de la niña estaba relacionado con gente peligrosa. Isabella quiso marcharse. Yo le dije que esperara hasta que pudiera organizarlo.

Tragó saliva.

—No llegó a esperar.

No necesité preguntar.

—¿Murió?

Asintió.

—Ella y la bebé.

El aire desapareció de mis pulmones.

—Lo siento.

—Yo también.

Por fin entendí por qué había intervenido en el avión.

Por qué había sabido preparar el biberón.

Por qué había sostenido a Sophie con tanta naturalidad.

—Cuidabas a tu sobrina.

—Cada vez que podía.

Su voz se quebró apenas.

—Tenía seis meses cuando murió.

La misma edad que Sophie.

Ethan Callahan no me había ayudado porque fuera un rey criminal fascinado por una desconocida. Me había ayudado porque mi hija le recordó a alguien a quien no había podido salvar.

—Por eso nos trajiste.

—Al principio, sí.

—¿Y ahora?

Sus ojos encontraron los míos.

—Ahora quiero asegurarme de que tú y tu hermana salgan de esto.


Ethan cumplió.

Sus abogados demostraron que Daniel había abierto las cuentas utilizando documentos que Elena le había entregado meses antes para una solicitud hipotecaria.

Daniel confesó.

Vincent recuperó la mayor parte del dinero.

La boda fue cancelada.

Pero apareció un último problema.

La mañana siguiente, mientras estábamos en un hotel, alguien llamó a mi puerta.

Era la policía.

Venían por Ethan.

Habían recibido información sobre la reunión de Lake Forest.

Me preparé para ver esposas.

Ethan simplemente entregó su teléfono.

—Hablen con mi abogado.

Dos horas después, se marcharon sin él.

—¿Cómo hiciste eso?

—Porque no soy lo que dicen los periódicos.

Lo miré incrédula.

Ethan suspiró.

—Mi padre sí lo era.

Entonces llegó la última verdad.

Tras la muerte de su padre, Ethan había heredado empresas, propiedades y una red de personas acostumbradas a obedecer el apellido Callahan.

Durante años había intentado sacar los negocios familiares de actividades ilegales.

No era un santo.

Él mismo lo admitió.

Pero tampoco era el monstruo que yo había imaginado.

—¿Y Vincent?

—Vincent todavía cree en las viejas costumbres.

—¿Tres millones robados?

—Dinero empresarial legítimo.

Levanté una ceja.

—¿De verdad?

Por primera vez, Ethan sonrió.

—Mis abogados agradecerían mucho que aceptaras esa respuesta.

Me reí.

Después de todo aquello, me reí.


Elena volvió conmigo a Los Ángeles.

Nuestra relación no se arregló mágicamente.

Las relaciones reales no funcionan así.

Pero comenzamos.

Una llamada cada semana.

Después dos.

Ethan también llamaba.

Primero preguntaba por Sophie.

Después empezó a preguntar por mí.

Tres meses más tarde apareció en mi restaurante.

Sin guardaespaldas.

Sin traje.

Solo Ethan.

—¿Qué haces aquí?

—Tenía una reunión en Los Ángeles.

—Mentiroso.

—Está bien. Vine a verte.

Sophie lo reconoció inmediatamente.

Extendió los brazos.

Él la tomó y ella apoyó la cabeza contra su pecho.

—Traidora —murmuré.

—Tiene buen criterio.

—Tiene siete meses.

—Exactamente.

Nuestra primera cita fue en una pequeña taquería.

La segunda, en un parque.

La tercera terminó con Sophie vomitando sobre su camisa de trescientos dólares.

Pensé que aquello acabaría con el romance.

Ethan miró la mancha.

—He tenido reuniones peores.

Me enamoré de él poco a poco.

No del nombre.

No del dinero.

Del hombre que siempre preguntaba antes de tomar a Sophie.

Del hombre que nunca levantaba la voz cuando podía hablar en voz baja.

Del hombre que llevaba una culpa enorme y estaba aprendiendo que proteger a alguien no significaba controlarlo.

Dos años después, volvimos a Chicago.

Esta vez no por una boda cancelada.

Por la nuestra.

Elena sostuvo a Sophie durante la ceremonia.

Cuando llegó el momento de los votos, Ethan miró a mi hija antes de mirarme a mí.

—La primera vez que las vi —dijo—, pensé que solo necesitaban ayuda para pasar una noche difícil.

Sonreí entre lágrimas.

—Estábamos teniendo una noche bastante mala.

Los invitados rieron.

Él tomó mis manos.

—Pero ustedes terminaron ayudándome a salir de una noche que llevaba cinco años sin terminar.

Sophie gritó desde la primera fila:

—¡Papá!

Ethan cerró los ojos.

Toda la sala quedó en silencio.

Era la primera vez que ella lo llamaba así.

Cuando volvió a abrirlos, estaba llorando.

Aquel hombre del que Chicago supuestamente hablaba con miedo se arrodilló frente a una niña de dos años.

—¿Puedes repetir eso?

Sophie se lanzó a sus brazos.

—¡Papá!

Y entonces entendí algo.

En aquel vuelo pensé que estaba sentada junto al hombre más peligroso de Chicago.

Me equivoqué.

Estaba sentada junto a un hombre roto que todavía recordaba cómo sostener con cuidado a un bebé.

Ethan no nos rescató.

Nos encontramos cuando los tres necesitábamos que alguien se quedara.

Y cada vez que Sophie pregunta cómo conocí a su padre, siempre empiezo igual:

—Estabas gritando en un avión y todo el mundo quería que te callaras.

Ella siempre pregunta:

—¿Y papá?

Entonces sonrío.

—Papá fue el único que escuchó algo diferente.

—¿Qué escuchó?

Miro a Ethan.

Él ya conoce la respuesta.

Una segunda oportunidad.

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