PARTE 2: EL HOMBRE QUE TODOS CREÍAN ESTAR CAZANDO

Las botas se detuvieron justo frente a la puerta.

Anna dejó de respirar.

Daniel abrió los ojos con dificultad.

—No hagas ruido —susurró.

Ella miró a los gemelos.

—¿Quiénes son?

—La gente que quiere que ellos desaparezcan.

La manija comenzó a moverse.

Anna agarró una bandeja metálica de la cocina y se colocó frente a los bebés.

La puerta se abrió.

Un hombre con abrigo oscuro entró lentamente.

—Daniel.

Daniel permaneció inmóvil.

El hombre miró alrededor.

—Sabemos que estás aquí.

Anna levantó la bandeja.

—Este es un restaurante privado.

El hombre la observó.

—¿Has visto a un hombre herido?

—No.

Su mirada bajó hacia las gotas de sangre que cruzaban el suelo.

Después volvió a mirarla.

—Mientes.

Anna sintió que las piernas le temblaban.

Entonces una alarma sonó en la parte delantera del restaurante.

El hombre giró la cabeza.

Anna aprovechó el segundo de distracción.

Golpeó una bandeja contra una tubería.

El ruido resonó por toda la cocina.

El hombre retrocedió.

Daniel aprovechó para levantarse.

—¡Ahora!

Anna tomó a los gemelos y corrió.

Los tres llegaron hasta una pequeña puerta trasera.

Daniel la abrió.

—Corre.

Salieron bajo la lluvia.


Cinco minutos después estaban escondidos dentro de una lavandería cerrada.

Daniel se apoyó contra la pared.

—Necesitamos irnos de Boston.

Anna lo miró.

—¿Quién eres realmente?

Él permaneció en silencio.

—Me llamo Daniel.

—Eso ya lo sé.

—Entonces sabes suficiente.

—No.

Anna señaló a los bebés.

—Sé que un hombre herido apareció en mi trabajo con dos bebés, una pistola y personas siguiéndolo.

Daniel bajó la mirada.

—Son mis hijos.

Anna se quedó inmóvil.

—¿Los dos?

—Gemelos.

—¿Y por qué te persiguen?

Daniel respiró profundamente.

—Porque creen que robé algo.

—¿Qué?

—El control de mi propia empresa.

Anna frunció el ceño.

—No entiendo.

Daniel sacó un teléfono de su bolsillo.

La pantalla mostraba una fotografía.

Un enorme edificio en el centro de Boston.

Debajo aparecía un nombre:

Vale Corporation.

Anna lo reconoció.

Era una de las empresas más poderosas de la ciudad.

—¿Esa es tu empresa?

Daniel asintió.

—Mi padre la construyó.

—¿Y tú eres…?

—El presidente.

Anna abrió los ojos.

El hombre al que había encontrado sangrando detrás de un restaurante no era un fugitivo cualquiera.

Era uno de los empresarios más poderosos de Boston.

Pero eso no explicaba por qué la policía lo perseguía.

Daniel miró a los gemelos.

—Mi hermano intentó quitarme la empresa.

—¿Tu hermano?

—Marcus.

Daniel bajó la voz.

—Y para conseguirlo, hizo parecer que yo había ordenado varias operaciones ilegales.

Anna sintió un escalofrío.

—Entonces la policía te está buscando por algo que no hiciste.

—Exactamente.


Al amanecer, Anna tomó una decisión.

—Vamos al hospital.

Daniel negó.

—No.

—Estás herido.

—El hospital estará vigilado.

—Entonces conozco a alguien.

Sacó su teléfono.

Era una antigua compañera de trabajo cuya madre era enfermera.

Dos horas después, Daniel estaba en una pequeña clínica privada.

Mientras los médicos lo atendían, Anna permaneció con los gemelos.

Uno de ellos agarró su dedo.

—Hola, pequeño.

El bebé sonrió.

Anna sintió algo inesperado.

Por primera vez en años, alguien parecía necesitarla sin pedirle nada a cambio.


Daniel salió de la habitación varias horas después.

—Estoy bien.

Anna lo miró.

—Eso dicen todos los hombres que están heridos.

Él sonrió débilmente.

—¿Siempre eres así?

—Solo con hombres que me apuntan con armas.

Daniel soltó una pequeña risa.

Era la primera vez que Anna lo veía sonreír.

Entonces su teléfono vibró.

Una noticia apareció en pantalla.

DANIEL VALE, PRESUNTO RESPONSABLE DE LA DESAPARICIÓN DE DOS HEREDEROS, ES BUSCADO POR LAS AUTORIDADES.

Anna levantó lentamente la mirada.

—¿Desaparición?

Daniel cerró los ojos.

—Eso es mentira.

—¿Entonces qué pasó?

Daniel miró a sus hijos.

—La madre de los bebés murió hace tres días.

Anna se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Antes de morir, descubrió que Marcus planeaba utilizarlos para quedarse con mi fortuna.

Daniel tragó saliva.

—Ella me entregó a los niños.

—¿Y por qué no acudiste a la policía?

—Porque el jefe de la investigación trabaja para Marcus.

Anna comprendió finalmente por qué Daniel había tenido tanto miedo.

Pero entonces recibió un mensaje.

Número desconocido.

Solo decía:

“Sabemos dónde están.”

Anna miró a Daniel.

Él leyó el mensaje.

Su expresión cambió.

—Tenemos que irnos.


No llegaron lejos.

Dos vehículos bloquearon la calle.

Daniel tomó a los bebés.

Anna miró alrededor.

—¿Qué hacemos?

Daniel señaló una puerta lateral.

—Corre.

Entraron en un edificio antiguo.

Subieron dos pisos.

Llegaron a una azotea.

Al otro lado había otro edificio, separado por un pequeño espacio.

Anna miró hacia abajo.

—No pienso saltar.

Daniel sonrió.

—Yo tampoco.

Entonces una voz apareció detrás de ellos.

—Se terminó, hermano.

Marcus estaba de pie junto a la puerta.

Dos hombres lo acompañaban.

Daniel colocó a los bebés detrás de Anna.

—Déjalos fuera de esto.

Marcus sonrió.

—Ese era precisamente el plan.

Anna miró a Daniel.

—¿Qué quiere?

Marcus respondió:

—La empresa.

Daniel negó.

—Nunca la tendrás.

Marcus levantó su teléfono.

—Ya la tengo.

Mostró una pantalla.

Había documentos de transferencia.

Daniel palideció.

—Eso es imposible.

Marcus sonrió.

—Mientras estabas ocupado huyendo, yo firmé por ti.

Anna miró a Daniel.

Pero entonces recordó algo.

El teléfono de Daniel.

La fotografía.

Los documentos.

Y una frase que él había dicho horas antes.

“Mi padre construyó la empresa.”

Anna miró a Marcus.

—¿Tu padre dejó algo fuera del contrato?

Marcus la observó.

—¿Qué?

Anna sonrió.

—Si realmente eres tan inteligente, deberías saberlo.

Marcus se quedó inmóvil.

Daniel la miró sorprendido.

—¿Qué estás haciendo?

Anna respondió en voz baja:

—Ganando tiempo.

Pero entonces el teléfono de Marcus comenzó a sonar.

Su rostro cambió al escuchar la voz del otro lado.

—¿Qué quieres decir con que el consejo acaba de cancelar la transferencia?

Marcus se quedó completamente blanco.

Daniel sonrió por primera vez.

—Te dije que nunca podrías quedarte con ella.

Marcus miró a Anna.

Y comprendió demasiado tarde que la camarera que había encontrado a su hermano en un callejón acababa de convertirse en el único testigo capaz de destruir todo su plan.

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