Parte 2: EL DÍA QUE ENTERRÉ A MI PADRE, MI ESPOSO PROMETIÓ CASARSE CON SU PRIMER AMOR, PERO ANTES DE QUE TERMINARA LA NOCHE DESCUBRIÓ QUE TODO SU IMPERIO DEPENDÍA DE LA MUJER QUE ACABABA DE HUMILLAR

—Aurora, ¿qué hiciste?

La voz de Adrian temblaba.

Detrás de él escuché gritos.

—Nada —repetí—. Sólo empecé a cobrar la entrada del parque.

—¡Deja de hablar en acertijos!

Miré por la ventana del Maybach.

En la entrada, tres automóviles negros acababan de detenerse.

De ellos bajaron Carter, dos abogados y varios representantes bancarios.

—Pregúntale a tu asistente.

Colgué.


La transmisión seguía en vivo.

Eso fue lo mejor.

El asistente de Adrian le entregó una carpeta.

—Señor Blake, Reed Capital acaba de ejecutar las cláusulas de vencimiento anticipado.

Adrian palideció.

—¿Qué?

—Los préstamos puente del Grupo Blake. Los tres.

—Eso es imposible. Samuel garantizó esas líneas personalmente.

Una voz apareció detrás de él.

—Garantizaba.

Carter avanzó hacia las cámaras.

—Buenas noches, señor Blake.

Adrian lo reconoció.

—¿Dónde está Aurora?

—Aquí.

Abrí la puerta del Maybach.

Las cámaras giraron hacia mí.

Caminé vestida todavía de negro.

El mismo vestido con el que había enterrado a mi padre.

Celia soltó la mano de Adrian.

—¿Qué significa esto?

Me detuve frente a ellos.

—Significa que mi padre murió.

Miré a Adrian.

—Y con él murieron sus garantías personales.

Adrian apretó la mandíbula.

—Tenemos acuerdos.

Carter abrió la carpeta.

—Acuerdos condicionados a determinadas garantías, niveles de deuda y participaciones que el Grupo Blake dejó de cumplir hace meses.

Adrian se volvió hacia mí.

—Tu padre prometió ayudarnos.

—Y lo hizo.

—¡Entonces no puedes retirar todo ahora!

—Sí puedo.

Saqué de mi bolso el documento que papá había firmado antes de morir.

—Porque desde hace cuarenta y ocho horas soy la presidenta y accionista controladora del Grupo Reed.

Los periodistas comenzaron a gritar preguntas.

Celia retrocedió.

Adrian simplemente me miró.

Por primera vez aquella noche, ya no parecía un hombre poderoso.

Parecía alguien que acababa de descubrir que había estado celebrando sobre un piso prestado.


—Aurora —dijo en voz baja—. Hablemos en privado.

—¿Por qué?

—Somos marido y mujer.

Miré la pantalla gigante detrás de él.

Su propia declaración seguía apareciendo en los titulares:

“Mi matrimonio actual existe sólo de nombre.”

—Hace cinco minutos parecía que eso no te preocupaba.

Celia intervino.

—No tienes que humillarlo públicamente.

La miré.

—Tienes razón.

Sonrió.

Entonces añadí:

—Él hizo un trabajo excelente humillándose solo.

Los murmullos aumentaron.

Adrian agarró mi brazo.

—Retira las notificaciones.

Miré su mano.

—Suéltame.

No lo hizo.

Mis guardaespaldas avanzaron.

Adrian me soltó.

—¿Qué quieres?

Aquella pregunta me produjo una calma extraña.

—Nada de ti.

—¡No seas absurda! Tiene que haber una cifra.

—Adrian, ése siempre fue tu problema. Creías que todo tenía precio porque nunca entendiste el valor de nada.


Entonces llegó Margaret.

Había recibido la noticia y conducido directamente al parque.

—¡Aurora!

Se abrió paso entre los periodistas.

—¡Detén esta locura inmediatamente!

—Buenas noches, Margaret.

—Tu padre jamás habría permitido esto.

Carter habló antes que yo.

—En realidad, señora Blake, fue idea del señor Reed.

Margaret quedó inmóvil.

Carter sacó otro documento.

—Samuel Reed ordenó una auditoría completa del Grupo Blake tres meses antes de fallecer.

Adrian frunció el ceño.

—¿Auditoría?

Yo tampoco conocía todos los resultados.

Carter me había pedido esperar.

Entonces comprendí por qué.

—Encontramos transferencias irregulares —continuó—. Aproximadamente diecisiete millones de dólares procedentes de fondos respaldados por Reed Capital fueron desviados hacia sociedades privadas.

Margaret dejó de respirar.

Adrian la miró.

—Mamá.

Ella retrocedió.

—No sé de qué está hablando.

Carter pasó una página.

—Las sociedades están registradas a nombre de Margaret Blake y otros dos familiares.

Ése fue el primer giro que ni siquiera Adrian esperaba.

—¿Robaste dinero de la empresa? —preguntó.

—¡Lo protegí!

—¿Diecisiete millones?

Margaret perdió el control.

—¡Porque sabía que Samuel algún día nos abandonaría!

La miré.

—Mi padre los salvó de la bancarrota.

—Tu padre quería controlarnos.

—Mi padre quería recuperar su dinero.

Carter cerró la carpeta.

—Y ahora sus herederos lo harán.


Celia empezó a alejarse.

Adrian la vio.

—¿Adónde vas?

—Esto es un asunto familiar.

Él soltó una risa incrédula.

—Hace diez minutos querías casarte conmigo.

—No voy a quedarme aquí mientras tu empresa colapsa.

Adrian la observó como si acabara de recibir otra bofetada.

Entonces Carter dijo:

—Señorita Hart, quizá debería quedarse.

Celia se congeló.

—¿Por qué?

—Porque una de las sociedades que recibió fondos realizó pagos a una empresa de relaciones públicas vinculada a usted.

Su rostro perdió todo color.

Adrian giró lentamente.

—Celia.

—Puedo explicarlo.

—Hazlo.

—Tu madre me contactó hace meses.

Margaret gritó:

—¡Cállate!

Demasiado tarde.

Celia comenzó a llorar.

—Margaret quería que volviéramos a acercarnos. Dijo que Aurora heredaría Reed Group y que, si tú conseguías controlar sus acciones después de la muerte de Samuel, todos ganaríamos.

Sentí un escalofrío.

Adrian miró a su madre.

—¿Tú trajiste a Celia de vuelta?

Margaret guardó silencio.

La gran historia de “amor perdido y recuperado” había sido, al menos en parte, una maniobra para mantener a Adrian distraído mientras Margaret intentaba apoderarse del Grupo Reed a través de nuestro matrimonio.

Adrian parecía enfermo.

Pero no sentí pena.

Él había tomado sus propias decisiones.

Nadie lo obligó a faltar al funeral.

Nadie puso aquellas palabras en su boca.


Apagué la transmisión desde el equipo de prensa.

Ya había suficiente espectáculo.

—Carter, terminemos.

Mi abogado asintió.

Entregó a Adrian otro sobre.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Mi demanda de divorcio —respondí.

Adrian levantó la vista.

—Aurora, espera.

—No.

—Estaba enojado. Fui un idiota.

—Sí.

—Podemos arreglarlo.

—No.

—¡Tu padre acaba de morir! No estás pensando con claridad.

Aquello me hizo sonreír.

—Al contrario. Nunca había pensado con tanta claridad.

Se acercó.

—¿Vas a destruir diez años por una noche?

Negué.

—No estoy terminando nuestro matrimonio por una noche.

Lo miré directamente.

—Lo estoy terminando porque esa noche finalmente mostraste lo que llevaba años negándome a ver.


La investigación financiera duró meses.

Margaret tuvo que responder por las transferencias y devolver activos.

El Grupo Blake vendió propiedades y participaciones para pagar sus obligaciones.

No desapareció.

Pero dejó de ser el imperio arrogante que había sobrevivido gracias al respaldo silencioso de mi padre.

Adrian conservó una parte de la compañía.

Por primera vez tuvo que dirigirla sin el nombre Reed protegiéndolo.

Celia desapareció de su vida antes de que terminara la primera semana.

Y yo no volví con Adrian.

Ni cuando mandó flores.

Ni cuando escribió cartas.

Ni cuando apareció ante mi oficina bajo la lluvia.


Un año después regresé al cementerio.

Llevé lirios blancos.

Me senté frente a la tumba de papá.

—Tenías razón.

El viento movió las hojas sobre el césped.

Saqué una pequeña placa.

Reed Group había creado un fondo para ayudar a empresas familiares en crisis, pero con una condición que mi padre habría apreciado:

Ninguna inversión se concedería sin transparencia completa.

Sonreí.

—Cobré las deudas.

Me quedé allí hasta que cayó la tarde.

Entonces escuché pasos.

Era Adrian.

Se detuvo a varios metros.

—No sabía que estarías aquí.

—Hoy es su aniversario.

—Lo sé.

Llevaba flores.

No intentó acercarse demasiado.

—Quería pedirle perdón.

—Está muerto, Adrian.

Él cerró los ojos.

La frase era la misma que había dicho en el parque.

Los dos lo supimos.

—Sí —respondió—. Y daría cualquier cosa por no haber dicho aquello.

Dejó las flores junto a la tumba.

—No vine a pedirte que regreses.

—Bien.

—Sólo quería decirte que lo siento.

Lo miré.

Ya no sentía rabia.

Eso fue lo que me sorprendió.

—Espero que algún día seas un hombre que no necesite perderlo todo para saber qué importa.

Adrian asintió.

—Yo también.

Y se marchó.


Nunca volvimos a casarnos.

Dos años después, Reed Group era más fuerte de lo que había sido bajo mi padre.

Yo seguía extrañándolo.

Hay pérdidas que ningún triunfo corrige.

Pero aprendí a vivir sin convertir el dolor en una cadena.

Margaret había dicho que yo nací con mala estrella.

Que había matado a mi madre.

Que había llevado desgracia a mi padre.

Durante años, una pequeña parte de mí había creído aquellas crueldades.

Hasta que entendí lo que papá intentó enseñarme antes de morir.

Yo no era una mujer abandonada que necesitaba que la familia Blake la protegiera.

Era la hija de Samuel Reed.

La mujer a quien él había preparado para continuar sin él.

Y el día de su funeral, mientras mi esposo celebraba públicamente haber “recuperado” a su primer amor, yo también recuperé algo.

No una empresa.

No una fortuna.

No un apellido.

Me recuperé a mí misma.

Adrian alquiló un parque entero creyendo que aquella noche comenzaba su nueva vida.

En cierto modo, tenía razón.

Sólo que la nueva vida que comenzó aquella noche…

fue la mía.

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