Parte 2: ÉL APOSTÓ QUE VOLVERÍA ROGANDO EN SU CUMPLEAÑOS, PERO CUANDO POR FIN ME ENCONTRÓ YO YA HABÍA APRENDIDO A VIVIR SIN PEDIRLE PERMISO

La primera llamada llegó a Mia a las 8:12 de la mañana.

La segunda, diez minutos después.

La tercera fue a Recursos Humanos.

Luego Adrian llamó a mi madre.

A mi hermana.

A dos antiguas compañeras de universidad.

Para el mediodía ya no estaba esperando que yo regresara.

Estaba intentando descubrir dónde demonios me había metido.

Mia me escribió:

“Está perdiendo la cabeza.”

Respondí:

“No le des mi número.”

“Ni loca.”

Dejé el teléfono sobre la mesa.

Alguien llamó a mi puerta.

Era Gabriel.

Sostenía una caja de herramientas.

—El administrador dijo que su calentador no funciona.

—¿También arregla calentadores?

—No.

—Entonces ¿por qué trae herramientas?

—Para parecer profesional mientras veo un tutorial.

Me reí.

Fue una risa pequeña.

Pero auténtica.

Y comprendí algo extraño.

Durante años, Adrian me había hecho sentir que cualquier ayuda tenía un precio.

Gabriel arregló mi calentador, aceptó una taza de café instantáneo y regresó a su apartamento.

Nada más.

No pidió mi historia.

No pidió mi número.

No intentó convertir la amabilidad en una deuda.


Dos días después era el cumpleaños de Adrian.

La fecha en la que había apostado que yo aparecería llorando.

A las nueve de la noche, Mia me envió una fotografía.

Había una fiesta en un restaurante privado.

Pastel enorme.

Champaña.

Olivia sentada junto a él.

Pero Adrian no sonreía.

Debajo, Mia escribió:

“Al parecer lleva toda la noche mirando la puerta.”

Bloqueé la pantalla.

No sentí satisfacción.

Sólo cansancio.

A las 11:48 llegó un mensaje a mi correo electrónico.

De Adrian.

“Emma, ya estuvo bien. Dime dónde estás. Podemos hablar cuando hayas terminado con este berrinche.”

Lo eliminé.

Cinco minutos después llegó otro.

“No me obligues a involucrar a tu familia.”

También lo eliminé.

A medianoche llegó el tercero.

Esta vez decía:

“Por favor.”

Me quedé mirando aquella palabra.

Durante tres años yo había sido la persona que decía por favor.

Por favor, respóndeme.

Por favor, no me ignores.

Por favor, dime qué hice.

Por favor, no te vayas enfadado.

Ahora la palabra estaba del otro lado.

Y no sentí ninguna necesidad de contestar.


Conseguí trabajo dos semanas después.

Una pequeña empresa de análisis tecnológico necesitaba a alguien para dirigir un proyecto que llevaba meses retrasado.

El sueldo era menor.

El horario, mejor.

Acepté.

Gabriel me ayudó a montar una mesa que compré de segunda mano.

—Está torcida —dije.

Se agachó para mirarla.

—El piso está torcido.

—Qué conveniente.

—Jamás culpe al carpintero cuando puede culpar al edificio.

Volví a reír.

Entonces su teléfono sonó.

Miró la pantalla.

—Tengo que irme.

—¿Trabajo?

—Sí.

—Nunca me ha dicho qué hace.

—Cirujano traumatólogo.

Lo miré.

—¿En serio?

—¿Esperaba recolector profesional de basura?

Recordé la primera noche.

—Un poco.

Gabriel sonrió y se marchó.

Por primera vez me pregunté quién era él cuando no estaba cargando mis cajas de agua.


El primer giro llegó un mes después.

Mia me llamó.

—Emma, necesitas saber algo sobre Olivia.

—Preferiría no saber nada.

—Esto sí.

Guardé silencio.

—La publicación desapareció.

—Bien.

—Porque Olivia obligó a Adrian a borrarla.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Porque aparentemente nunca fueron pareja.

Me senté.

—Explícate.

—La foto era real, pero no era lo que parecía. Habían bebido después de una conferencia. Adrian le pidió posar para darte celos.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Las marcas en el cuello?

—Maquillaje.

Cerré los ojos.

Mia continuó:

—Olivia descubrió después los comentarios y entendió que Adrian la había utilizado para humillarte públicamente. Ahora presentó una queja formal ante la universidad por conducta inapropiada entre supervisor y estudiante.

Me quedé en silencio.

Era peor de una manera extraña.

Yo había creído que Adrian me había engañado.

La realidad era que había organizado una escena para castigarme.

—Gracias por decírmelo.

—¿Estás bien?

Miré mi apartamento.

Mi mesa torcida.

La caja de agua junto a la cocina.

—Sí.

Y era verdad.


Dos semanas después, Gabriel tocó mi puerta.

Esta vez no sonreía.

—Hay un hombre abajo preguntando por usted.

El estómago se me cerró.

—¿Cómo es?

—Alto. Abrigo negro. Lleva veinte minutos discutiendo con el administrador.

Adrian.

No sabía cómo me había encontrado.

Pero lo había hecho.

—No quiero verlo.

Gabriel asintió.

—Entonces no lo verá.

—Gabriel…

—No voy a golpearlo, Emma.

Hizo una pausa.

—A menos que convierta esa opción en algo sorprendentemente razonable.

Casi sonreí.

Pero entonces escuché pasos.

Adrian apareció en el descansillo.

—Emma.

Se quedó mirándome.

Luego miró a Gabriel.

Su expresión cambió.

—Así que era esto.

Y en una sola frase me recordó exactamente por qué me había marchado.

—¿Esto qué?

—Desapareces, cambias de número y un mes después ya tienes otro hombre.

Gabriel dio un paso atrás.

—Creo que ésta es mi señal para entrar en casa.

Lo miré agradecida.

—Gracias.

—Si necesita algo, pared de la derecha.

Cerró su puerta.

Adrian soltó una risa amarga.

—Qué considerado.

—¿Qué quieres?

—Que vuelvas.

No pude evitarlo.

Me reí.

Él pareció genuinamente desconcertado.

—¿Qué tiene de gracioso?

—Tú.

—Emma, cometí un error.

—No. Cometiste un plan.

Su rostro se tensó.

—Olivia me contó todo.

Silencio.

—¿Viniste hasta aquí porque la universidad abrió una investigación?

—Vine porque te amo.

—Publicaste una fotografía falsa para hacerme sufrir.

—Estaba enfadado.

—Y apostaste con tus amigos que regresaría arrastrándome.

Bajó la mirada.

—Fue una broma.

—Para ti.

Entonces ocurrió algo que jamás habría imaginado.

Adrian se arrodilló.

—Emma, por favor.

Lo observé.

Durante años había fantaseado con verlo luchar por mí.

Ahora que estaba ocurriendo, no sentía nada.

—Levántate.

—No hasta que me escuches.

—Ya te escuché durante tres años.

Su rostro se quebró.

—Puedo cambiar.

—Espero que sí.

Sus ojos se iluminaron.

—Entonces…

—Pero no para mí.


Adrian se fue solo.

No volvió.

La investigación universitaria concluyó meses después. Olivia fue reasignada a otro supervisor y Adrian recibió sanciones internas por su conducta.

Yo seguí con mi vida.

Y Gabriel siguió siendo mi vecino.

Durante casi seis meses no pasó nada romántico entre nosotros.

Eso fue precisamente lo que hizo que terminara confiando en él.

Una noche regresó del hospital agotado y encontró una bolsa con comida frente a su puerta.

Tocó la mía.

—¿Esto es suyo?

—No.

—Tiene una nota que dice “Gabriel”.

—Entonces probablemente sea para Gabriel.

—Emma.

Sonreí.

—Usted cargó aproximadamente cuarenta litros de agua por seis pisos. Estamos a mano.

Me miró durante unos segundos.

—¿Cena conmigo el viernes?

Mi sonrisa desapareció.

—¿Como vecinos?

—No.

—¿Como amigos?

—Tampoco.

Sentí miedo.

No por Gabriel.

Por mí.

Él debió verlo.

—Puede decir que no.

Aquellas cuatro palabras decidieron mi respuesta.

Porque Adrian siempre había hecho que un “no” pareciera una amenaza.

Gabriel lo trataba como una posibilidad.

—Sí —dije.


Fuimos despacio.

Muy despacio.

Un año después nos mudamos juntos.

Dos años después, Gabriel me propuso matrimonio en la cocina mientras yo quemaba una tortilla.

No hubo restaurante.

No hubo público.

No hubo presión.

Sólo un anillo y una pregunta.

—Emma Walker, ¿quieres construir una vida conmigo?

—Sí.

Y por primera vez, decir sí no significó renunciar a ninguna parte de mí.


A Adrian lo vi una última vez varios años después.

Fue en una cafetería durante un viaje de trabajo.

Estaba solo.

Me reconoció.

Miró mi anillo.

—Te casaste.

—Sí.

Asintió lentamente.

—Supongo que al final sí te perdí.

Pensé en aquella publicación.

En sus amigos riéndose.

En las veintisiete llamadas.

En los cuarenta y tres mensajes.

En la mujer que yo había sido, esperando desesperadamente una migaja de atención.

—No, Adrian.

Él levantó la mirada.

—Me perdiste mucho antes de que yo me fuera.

No lo dije con crueldad.

Simplemente era verdad.

Salí de la cafetería.

Gabriel me esperaba afuera.

Tomó mi mano.

Y mientras caminábamos entendí finalmente por qué aquella madrugada no había llorado.

Yo pensaba que estaba abandonando una relación de tres años.

En realidad, estaba dejando atrás una versión de mí misma que había aprendido a confundir ansiedad con amor.

Adrian había apostado que regresaría arrastrándome.

Se equivocó.

Porque algunas mujeres no desaparecen para conseguir que un hombre las persiga.

Desaparecen porque finalmente comprendieron que nunca debieron rogar para ser amadas.

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