La luz cayó sobre el jardín.
Y entonces lo vi.
A unos cincuenta metros de la mansión había un invernadero abandonado.
Detrás, entre los árboles, sobresalía tierra removida.
No era un jardín.
Eran montículos.
Seis.
Perfectamente alineados.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué hay enterrado ahí?
Liam intentó levantarse.
—Cierra las persianas.
—¿Son personas?
—¡Ciérralas!
Entonces apareció un hombre junto al invernadero.
Leo.
Llevaba una pala.
Se quedó completamente inmóvil cuando vio nuestra ventana abierta.
Después levantó la cabeza.
Y me miró directamente.
La expresión de Liam cambió.
—Al suelo.
—¿Qué?
El vidrio explotó.
Liam me agarró del brazo y me tiró junto a la cama mientras una bala atravesaba la habitación.
—¡Ahora entiendes por qué estaban cerradas! —rugió.
Sonaron pasos en el pasillo.
Liam buscó algo debajo del colchón y sacó una pistola.
La puerta se abrió.
Era Leo.
—¿Qué hiciste? —gritó.
Apuntó hacia mí.
—Ella abrió las persianas.
Liam levantó su arma.
—Baja la tuya.
Leo se congeló.
—Jefe…
—He dicho que la bajes.
Por primera vez comprendí algo aterrador.
Liam tampoco confiaba en él.
Los guardias registraron los terrenos.
No encontraron al tirador.
Leo aseguró que había salido al jardín porque había visto movimiento cerca del invernadero.
—¿Y la pala? —pregunté.
—Estaba revisando una tubería.
—¿Con una pala?
—Sarah —gruñó Liam.
Era la primera vez que utilizaba mi nombre.
Leo salió.
Esperé hasta que estuvimos solos.
—¿Qué son esos montículos?
Liam cerró los ojos.
—No lo sé.
—Mentira.
—Creo que son tumbas.
El aire abandonó mis pulmones.
—¿De quién?
—Eso intento averiguar.
Me senté lentamente.
Liam señaló las persianas.
—Hace cinco semanas desperté aquí después del atentado. Una noche escuché un vehículo. Abrí las cortinas y vi a dos hombres descargando algo envuelto en plástico.
—¿Un cadáver?
—Eso parecía.
—¿Y no llamaste a la policía?
Liam soltó una risa sin humor.
—Sarah, hombres como yo no suelen llamar a la policía para informar que encontraron un cadáver en su propiedad.
Tenía razón.
—¿Las enfermeras también lo vieron?
—Algunas.
—¿Y por eso huyeron?
Su mandíbula se tensó.
—Eso creía.
—¿Creías?
Me miró.
—Hasta que la quinta desapareció.
La enfermera se llamaba Rebecca Sloan.
Oficialmente había renunciado.
Pero nunca había regresado a su apartamento.
La sexta enfermera descubrió aquello accidentalmente y salió aterrorizada de la mansión.
—¿Y aun así trajeron otra enfermera? —pregunté.
—Yo ordené que dejaran de contratar.
Sentí frío.
—Entonces ¿quién me contrató?
Silencio.
Liam y yo pensamos lo mismo.
Leo.
Esa noche no dormí.
A las dos de la madrugada escuché abrirse mi puerta.
Fingí estar dormida.
Una sombra entró.
Se acercó a mi mesa.
Abrió mi bolso.
—¿Buscas algo?
Encendí la lámpara.
Leo se volvió.
—Tus medicamentos.
—Están en la enfermería.
Su rostro cambió.
Retrocedí.
—Tú me contrataste.
—Sí.
—¿Por qué?
—Necesitábamos a alguien.
—Liam dice que había ordenado lo contrario.
Leo permaneció callado.
Entonces vi la jeringa en su mano.
—¿Qué contiene?
—Sarah…
Corrí.
Leo me atrapó antes de llegar a la puerta.
La jeringa cayó.
Grité.
Y un segundo después Leo salió despedido contra la pared.
Liam estaba allí.
Descalzo.
Pálido.
Apoyándose sobre una pierna que apenas podía soportar su peso.
Pero sostenía una pistola.
—Suéltala.
Leo levantó lentamente las manos.
—No entiendes.
—Explícame.
—Intentaba protegerte.
—¿Envenenando a mi enfermera?
Leo miró hacia mí.
—Ella vio demasiado.
La confesión llegó antes del amanecer.
Pero no fue lo que esperábamos.
Leo no había enterrado aquellos cuerpos.
Había estado investigándolos.
—Tu tío Vincent controla la seguridad desde el atentado —le dijo a Liam—. Yo sospechaba de él.
Liam palideció.
Vincent Mercer había administrado su organización mientras él estaba incapacitado.
—¿Y Rebecca?
Leo bajó la mirada.
—Encontró documentos en el invernadero. La ayudé a escapar.
—¿Está viva? —pregunté.

—Sí.
Sentí que podía respirar otra vez.
—¿Entonces por qué atacaste a Sarah?
—No iba a matarla. Era un sedante. Necesitaba sacarla de aquí antes de que Vincent supiera que había abierto las persianas.
Liam bajó lentamente el arma.
—Podrías habérmelo dicho.
Leo rio amargamente.
—¿A quién? Tenías micrófonos en tu habitación.
Nos quedamos inmóviles.
Leo señaló la lámpara.
La desmontó.
Dentro había un diminuto dispositivo.
Alguien había escuchado cada conversación.
No tuvimos tiempo para reaccionar.
Las luces se apagaron.
Después sonaron disparos abajo.
Leo sacó su arma.
—Vincent sabe que lo descubrimos.
Liam intentó caminar.
Lo empujé de vuelta.
—No puedes pelear.
—Esta es mi casa.
—Y esa pierna tiene seis clavos atravesándola. Si quieres conservarla, siéntate.
Por alguna razón absurda, obedeció.
Leo llamó a los dos guardias que todavía consideraba leales.
La policía llegó veinte minutos después.
Vincent intentó escapar por el bosque.
No llegó lejos.
En el invernadero encontraron registros financieros, armas y pruebas suficientes para relacionarlo con el atentado contra Liam.
Y bajo los montículos encontraron algo que finalmente explicó todo.
No eran seis enfermeras.
Eran hombres vinculados a negocios clandestinos de Vincent.
Rebecca apareció dos días después y entregó copias de documentos que había escondido.
Vincent había utilizado la propiedad de Liam para encubrir sus crímenes y preparar su muerte, con la intención de quedarse con todo.
Cuando terminó, sólo pude pensar en Tommy.
Mi semana había acabado.
Necesitaba mi dinero.
Leo me entregó un sobre.
Dentro había diez mil dólares.
Y otro documento.
Lo abrí.
El tratamiento completo de Tommy estaba pagado.
Me volví hacia Liam.
—No.
—Sí.
—No puedo aceptar esto.
—Ya lo hiciste.
—¡Son casi doscientos mil dólares!
—Para mí es dinero.
Su voz se suavizó.
—Para ti es tu hermano.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—No me debes eso.
—Tú tampoco me debías abrir aquellas persianas.
—Casi nos matan por eso.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Nadie dijo que fuera una buena idea.
Me reí mientras lloraba.
Tommy respondió al tratamiento.
Seis meses después, entró en remisión.
Y Liam volvió a caminar.
Yo regresé a trabajar a un hospital.
Pensé que aquello sería el final.
Hasta que una tarde Liam apareció en recepción.
Sin guardaespaldas.
Sin traje negro.
Con flores.
—¿Estás herido? —pregunté.
—Profundamente.
—¿Dónde?
Se tocó el pecho.
—Aquí.
Puse los ojos en blanco.
—Eso es terrible.
—El médico recomendó cenar contigo.
—¿Qué médico?
—Yo.
—No eres médico.
—Entonces claramente necesito una segunda opinión.
Acepté una cena.
Después otra.
Y otra.
Dos años más tarde, Tommy fue quien me acompañó hasta el altar.
Liam había abandonado definitivamente la parte criminal del imperio Mercer, colaboró con las investigaciones contra Vincent y transformó sus empresas legales en la única vida que quería conservar.
No fue sencillo.
Pero tampoco lo fue aprender a confiar.
Nuestra primera casa tenía enormes ventanales.
Sin persianas.
Una mañana encontré a Liam frente a ellos, mirando el amanecer.
Me acerqué por detrás.
—¿En qué piensas?
Él tomó mi mano.
—En que pasé años creyendo que la oscuridad me mantenía vivo.
—¿Y ahora?
Me miró.
—Ahora sé que sólo me impedía ver quién estaba conmigo.
Sonreí.
Seis enfermeras habían llegado a aquella mansión antes que yo.
Todos pensaron que habían huido porque Liam Mercer era un monstruo.
La verdad era mucho más complicada.
Habían entrado en una casa llena de secretos, miedo y hombres que sobrevivían desconfiando de todos.
Yo tampoco salvé a Liam porque fuera especialmente valiente.
Me quedé porque necesitaba salvar a Tommy.
Pero aquella desesperación me hizo hacer lo único que nadie más se había atrevido a hacer.
Abrí las persianas.
Y la luz no sólo reveló lo que estaba enterrado afuera.
También obligó a Liam a dejar de esconderse de su propia vida.
A veces pienso que él pagó para salvar a mi hermano.
Pero Tommy siempre dice que la deuda quedó saldada.
Porque aquella tarde, cuando tiré de un simple cordón y llené de luz la habitación del hombre más temido de Chicago…
también salvé a Liam Mercer.