Parte 2: MI COMPAÑERA ME DABA PASTELITOS DE ARROZ CADA MAÑANA, PERO CUANDO LA POLICÍA ANALIZÓ EL ÚLTIMO DESCUBRÍ QUE YO ERA LA PERSONA QUE DEBÍA HABERLOS COMIDO

Nadie respondió.

Clara seguía en la puerta.

Sonriendo.

—Emma —repitió—, ¿por qué le diste mis pastelitos al gato?

La agente Hayes se levantó.

—Señorita Chen, necesitamos que espere afuera.

—Sólo hice una pregunta.

Brooks la observó.

—¿Cómo sabía que la señorita Fang se los daba a un gato?

La sonrisa de Clara desapareció.

Yo sentí un escalofrío.

Nunca se lo había contado.

—La vi una vez —respondió.

—¿Cuándo?

Clara tardó demasiado.

—No recuerdo.

Brooks cerró la carpeta.

—Ahora sí necesito que venga con nosotros.

—¿Estoy detenida?

—Todavía no.

Clara me miró una última vez.

Ya no parecía tímida.

Parecía furiosa.

—Siempre fuiste desagradecida, Emma.

Después salió.


Tres horas más tarde recibí una llamada.

Era Brooks.

—No coma nada que la señorita Chen le haya dado. Tampoco beba nada que haya quedado sin vigilancia en la oficina.

Se me secó la boca.

—¿Qué encontraron?

—El laboratorio hizo una prueba preliminar del pastelito.

—¿Y?

Hubo un silencio.

—Contiene una sustancia que no debería estar allí.

Me agarré del escritorio.

—¿Veneno?

—Necesitamos análisis confirmatorios.

—¿Podría haberme matado?

—No quiero especular todavía.

Miré el puesto vacío de Clara.

Su taza.

Su abrigo.

Su pequeña planta junto al monitor.

Todo parecía normal.

Eso era lo aterrador.

—¿Y el gato?

Brooks volvió a guardar silencio.

—Encontramos restos de un animal bajo los arbustos.

Cerré los ojos.

—No.

—Todavía estamos esperando identificación veterinaria.

Las lágrimas me quemaron.

Durante semanas aquel pobre animal había comido lo que estaba destinado a mí.


Al día siguiente la policía registró el departamento de Clara.

Encontraron más ingredientes.

Pastelitos congelados.

Frascos sin etiqueta.

Y un cuaderno.

Brooks me enseñó fotografías durante mi segunda entrevista.

Había fechas.

Treinta y dos.

Una por cada mañana que Clara me había llevado comida.

Junto a algunas había anotaciones:

“Sin efecto.”

“Aumentar.”

“Sigue viniendo a trabajar.”

Sentí náuseas.

—Pensaba que yo me los estaba comiendo.

—Eso parece.

—Entonces ¿por qué seguía aumentando?

Brooks pasó otra página.

Mi nombre estaba escrito arriba.

Debajo había una frase:

“Tiene que parecer gradual.”

—¿Por qué querría matarme?

—Eso intentamos averiguar.

Entonces Hayes colocó sobre la mesa una fotografía de lo encontrado bajo los arbustos.

No era sólo el gato.

Había una pequeña caja metálica enterrada más profundamente.

Dentro encontraron documentos plastificados.

Extractos bancarios.

Fotocopias de pasaportes.

Y una identificación con mi fotografía.

Pero el nombre no era Emma Fang.

Era Clara Chen.

—No entiendo.

—Nosotros tampoco entendíamos —dijo Hayes— hasta que revisamos su trabajo.

Clara y yo trabajábamos en el departamento financiero de una empresa tecnológica.

Yo tenía acceso a transferencias internacionales.

Ella no.

—Creemos que alguien estaba preparando una identidad alternativa utilizando sus datos biométricos y financieros —continuó Hayes.

—¿Para hacerse pasar por mí?

—No exactamente.

Brooks deslizó otro documento.

Era una póliza de seguro corporativa.

Beneficiaria de una cuenta de compensación por fallecimiento:

mi madre.

Pero el formulario había sido modificado recientemente.

Una firma falsa autorizaba el cambio.

Nuevo beneficiario:

una sociedad que yo jamás había visto.

La policía había rastreado esa sociedad.

Estaba vinculada a Clara.


Pensé que ése era el secreto.

Me equivocaba.

Dos días después, mi jefe, Martin Hale, fue detenido.

Cuando los agentes entraron a la oficina, Clara ya llevaba cuarenta y ocho horas bajo custodia.

Todos observamos mientras esposaban a Martin.

Yo corrí hacia Brooks.

—¿Qué está pasando?

—Encontramos transferencias.

Durante casi un año, alguien había desviado pequeñas cantidades de cuentas de proveedores.

Nada suficientemente grande para activar alarmas.

En conjunto sumaban más de dos millones de dólares.

—Martin autorizaba las operaciones —dijo Brooks—. Clara preparaba la documentación.

—¿Y yo?

—Usted era el plan de salida.

Sentí frío.

Mi usuario aparecía en parte de los registros.

Clara había conseguido mi contraseña meses antes.

Si yo moría después de semanas de una enfermedad aparentemente inexplicable, Martin y Clara podían presentar las transferencias como fraude cometido por mí.

La empleada muerta cargaría con la culpa.

Ellos conservarían el dinero.

—¿Por qué los pastelitos?

—Porque querían que pareciera una enfermedad, no un ataque.

Miré a Brooks.

—Pero no me enfermé.

—Exactamente.

Y por eso Clara empezó a sospechar que algo estaba fallando.


Entonces recordé una mañana.

Dos semanas antes.

Clara me había seguido hasta la sala de descanso.

Yo había regresado por mi cartera y la encontré mirando por la ventana trasera.

Hacia los arbustos.

En ese momento no le di importancia.

Ahora lo entendía.

Había visto al gato.

—Ella sabía —susurré.

Brooks frunció el ceño.

—¿Qué?

—Antes de preguntarme en la sala de reuniones. Ya sabía lo del gato.

Eso cambió la investigación.

Revisaron cámaras exteriores.

Y encontraron el tercer giro.

Una grabación mostraba a Clara saliendo del edificio de madrugada.

Caminaba hacia los arbustos.

Llevaba guantes y una pala pequeña.

Horas después, el gato desapareció.

La policía concluyó que, cuando Clara comprendió que el animal había estado comiendo los pastelitos, intentó eliminar la evidencia relacionada con él y ocultó allí también la caja con documentos que podían vincularla al fraude.

Pero el veneno había afectado la vegetación.

Las raíces murieron.

El jardinero recibió la orden de reemplazarlas.

Y su pala encontró exactamente lo que Clara había intentado esconder.

El mismo plan diseñado para hacerme desaparecer terminó dejando una marca visible en la tierra.


Meses después, Clara aceptó un acuerdo judicial y declaró contra Martin.

La investigación financiera recuperó buena parte del dinero.

Mi empresa limpió formalmente mi nombre.

Yo renuncié de todos modos.

No podía seguir sentándome frente al escritorio donde durante un mes había aceptado sonriendo comida destinada a enfermarme.

Me mudé.

Conseguí otro empleo.

Y durante mucho tiempo no acepté comida preparada por nadie.


Un sábado recibí una llamada de Hayes.

—Tenemos algo para usted.

Fui a una clínica veterinaria.

Cuando entré, escuché un maullido.

Me quedé paralizada.

Un gato amarillo salió cojeando de una jaula.

—No puede ser.

La veterinaria sonrió.

—Lo encontraron a seis calles del edificio.

Me agaché.

El gato me olió.

Después apoyó la cabeza contra mi mano.

Empecé a llorar.

No era suyo el cuerpo encontrado bajo los arbustos.

Era otro animal muerto tiempo atrás.

Mi gato había enfermado, se había escondido y finalmente alguien lo encontró deshidratado detrás de un restaurante.

Había sobrevivido.

—¿Tiene nombre? —preguntó la veterinaria.

Miré aquella cara amarilla.

—Lucky.

Era obvio.


Me lo llevé a casa.

Hoy está gordo, malcriado y completamente convencido de que mi sofá le pertenece.

Nunca volvió a probar un pastelito de arroz.

Yo tampoco.

A veces pienso en Clara entrando cada mañana con aquella caja caliente entre las manos.

Sonriendo.

Preguntándome después si me había gustado.

Yo siempre respondía:

—Sí, estaba delicioso.

Durante un mes ella creyó que estaba observando cómo su plan funcionaba lentamente.

En realidad, cada pastelito estaba construyendo el camino hacia su propia caída.

Porque Lucky enfermó.

Las plantas murieron.

El jardinero cavó.

La policía encontró la caja.

Y Clara cometió el error definitivo cuando entró en aquella sala y preguntó:

“¿Por qué le diste mis pastelitos al gato?”

Una pregunta que sólo alguien que ya sabía demasiado habría podido hacer.

Pensé que había salvado a un gato callejero dándole comida.

La verdad fue exactamente al revés.

Sin saberlo, aquel pequeño gato amarillo me salvó la vida.

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