—Suéltala ahora mismo.
La voz surgió detrás de Yao, firme y autoritaria.
Él giró lentamente, sin aflojar el brazo alrededor de Lucen. Al final del callejón apareció un hombre alto bajo un paraguas negro. No llevaba uniforme, pero la placa que sostenía en la mano brilló bajo la luz de un automóvil.
—Inspector Han —susurró Lucen, sintiendo que el aire regresaba a sus pulmones.
Yao entrecerró los ojos.
—Así que tú la ayudaste a desaparecer.
—La ayudé a sobrevivir —respondió Han—. No es lo mismo.
Lucen aprovechó la distracción para apartarse. Tomó al niño entre sus brazos y retrocedió hasta quedar detrás del inspector.
Yao observó al pequeño con una mezcla de rabia, incertidumbre y dolor.
—¿Es mi hijo?
La pregunta cayó con tal fuerza que incluso la lluvia pareció detenerse.
Lucen apretó los labios.
Durante tres años había temido ese momento. Había imaginado cientos de respuestas, pero ninguna parecía suficiente frente a la mirada de aquel hombre.
—No tienes derecho a preguntarlo.
Yao dio un paso hacia ella.
El inspector Han se interpuso.
—Otro movimiento y terminarás detenido.

—Esto no te pertenece —dijo Yao sin apartar los ojos de Lucen—. Es entre ella y yo.
—Ahí está tu error —contestó Han—. Lucen no te pertenece.
Por primera vez, la seguridad de Yao vaciló.
Lucen miró al niño, que seguía aferrado a su cuello. Después levantó el rostro y reunió el valor que había construido durante mil noches de huida.
—Me fui porque convertiste el amor en una prisión.
—Yo te protegía.
—Me vigilabas.
—Tenía miedo de perderte.
—Y por ese miedo casi me destruiste.
Yao quedó inmóvil.
Las palabras de Lucen parecieron abrir una grieta en la muralla que había levantado alrededor de sí mismo.
—Dime solamente la verdad —pidió él, esta vez con la voz más baja—. ¿Ese niño es mío?
Lucen sostuvo su mirada durante varios segundos.
—Sí.
Yao palideció.
El pequeño levantó la cabeza al escuchar aquella respuesta, confundido por el silencio repentino de los adultos.
Yao dio un paso involuntario, pero Lucen retrocedió de inmediato.
—No te acerques.
—Lucen…
—Ser su padre no te da derecho a entrar en su vida por la fuerza.
La obsesión en los ojos de Yao luchó contra una emoción nueva. Ya no veía únicamente a la mujer que había escapado. Veía al niño que había crecido sin él y que ahora lo observaba con miedo.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
Lucen dudó antes de responder.
—Ren.
Yao repitió el nombre en un susurro, como si intentara recuperar tres años perdidos con una sola palabra.
Entonces el inspector Han sacó una carpeta protegida dentro de una bolsa transparente.
—Existe una orden de alejamiento contra ti —anunció—. También tenemos registros de vigilancia, amenazas y personas que contrataste para localizarla.
El rostro de Yao se endureció.
—No podrán mantenerme lejos de mi hijo.
—Eso lo decidirá un tribunal —respondió Lucen—. No tú.
Las sirenas comenzaron a escucharse al otro lado de la avenida.
Yao miró hacia la salida del callejón. Tenía pocos segundos para elegir entre huir o permanecer allí.
Lucen creyó que intentaría escapar.
Pero él levantó lentamente las manos.
—No huiré.
Dos agentes se acercaron y lo apartaron de ella. Antes de entrar en el vehículo policial, Yao volvió la cabeza.
—Cometí muchos errores —dijo—, pero nunca dejé de amarte.
Lucen lo miró sin temblar.
—El amor que obliga no es amor.
Las puertas del automóvil se cerraron.
Ren observó cómo las luces se alejaban entre la lluvia.
—Mamá —preguntó con voz pequeña—, ¿ese hombre era mi papá?
Lucen se arrodilló frente a él y acarició su cabello mojado.
—Sí.
—¿Es malo?
Ella tardó en responder.
—Es un hombre que confundió amar con poseer. Ahora tendrá que demostrar que puede cambiar antes de acercarse a nosotros.
El inspector Han los acompañó hasta su automóvil. Sin embargo, cuando Lucen abrió la puerta, encontró un sobre blanco sobre el asiento trasero.
Su nombre verdadero estaba escrito en él.
Dentro había una fotografía tomada esa misma tarde.
En la imagen aparecían ella y Ren saliendo de la escuela.
Al reverso, una frase escrita con tinta roja le heló la sangre:
“Yao no fue el único que te estuvo buscando.”
Lucen levantó la vista hacia la oscuridad.
Alguien más conocía su secreto.
Y aquella noche, mientras Yao era llevado bajo custodia, una figura observaba desde un edificio cercano, sosteniendo en la mano una copia del certificado de nacimiento de Ren.
La verdadera persecución apenas comenzaba.