Valeria tomó el pesado candelabro de hierro y lo lanzó con todas sus fuerzas.
El golpe alcanzó la mano de Julián.
La jeringa salió despedida y se clavó en el viejo suelo de madera.
—¡Corre! —gritó él con una furia descontrolada.
Pero Mateo ya no podía moverse.
El pequeño permanecía inconsciente entre los brazos de su madre, respirando cada vez con más dificultad.
Valeria intentó abrir la puerta principal.
Estaba cerrada con llave.
Julián volvió a levantarse y sacó otra jeringa del bolsillo de su chaqueta.
—Si no lo inyecto ahora, morirá en pocas horas.
—¡No vuelvas a acercarte!
Ella retrocedió hasta quedar contra la pared.
Entonces recordó las palabras que el niño había pronunciado segundos antes.
“Es un coyote…”
No hablaba del animal.
En aquella región todos conocían ese nombre.
Los coyotes eran traficantes que compraban y vendían personas a través de la frontera.
Julián nunca había trabajado como médico.
Solo utilizaba la clínica abandonada para ocultar a sus víctimas.
—¿Cuántos niños has llevado desde aquí? —preguntó Valeria.
Él sonrió sin remordimiento.
—Más de los que podrías imaginar.
Aquella confesión le revolvió el estómago.
Julián dio otro paso.
—Tu hijo vale mucho dinero.
Valeria sintió que el miedo se transformaba en una rabia imposible de contener.
Abrazó con más fuerza a Mateo.
—Jamás lo tendrás.

En ese momento, un fuerte golpe sacudió la puerta trasera.
Las viejas cadenas vibraron violentamente.
Julián giró la cabeza.
—¿Quién demonios…?
Otro golpe.
Y otro más.
La madera terminó cediendo.
Tres agentes de la policía irrumpieron en la cabaña apuntando directamente hacia Julián.
—¡Al suelo! ¡No se mueva!
El hombre intentó escapar por una ventana lateral, pero un agente lo derribó antes de que pudiera salir.
Mientras lo esposaban, encontraron varias identificaciones falsas, historiales médicos alterados y fotografías de decenas de menores desaparecidos.
Valeria rompió a llorar.
Un paramédico tomó inmediatamente a Mateo para revisarlo.
Después de unos minutos levantó la vista.
—La fiebre no fue provocada por ninguna enfermedad rara.
—¿Entonces qué tiene?
El médico observó la jeringa caída.
—Alguien intentó administrarle un sedante muy potente.
Valeria quedó paralizada.
—¿Antes de que yo llegara?
El paramédico asintió.
—Alguien ya había preparado todo.
Julián comenzó a reír mientras era conducido hacia la salida.
—Llegaron demasiado tarde.
Todos lo miraron.
—Yo no soy quien empezó esto.
El silencio llenó la cabaña.
—¿Qué quieres decir? —preguntó uno de los agentes.
Julián levantó lentamente la cabeza hacia Valeria.
—Pregúntale a tu propia familia quién me entregó al niño.
El rostro de Valeria perdió todo el color.
—Estás mintiendo.
—La persona que abrió la puerta de tu casa hace tres noches llevaba tu misma sangre.
Los policías se quedaron inmóviles.
Uno de ellos recibió entonces una llamada urgente por radio.
Su expresión cambió por completo.
—Acaban de registrar la vivienda de la familia de Valeria.
—¿Qué encontraron?
El agente respiró profundamente antes de responder.
—En el sótano había documentos de adopciones ilegales… y fotografías donde aparece Julián cenando con el padre de Valeria desde hace más de diez años.