Parte 2: LA VERDAD QUE TERMINÓ CON TODO

Cuando llegué a casa aquella tarde, Nathan ya estaba esperándome en la sala.

Había dejado su saco sobre el sofá y caminaba de un lado a otro con el teléfono en la mano.

Al verme entrar, se acercó.

—Olivia, tenemos que hablar.

Dejé mi bolso sobre la mesa.

—Por eso te pedí que trajeras tu identificación y el certificado de matrimonio.

Nathan palideció.

—¿De verdad vas a divorciarte por lo que pasó anoche?

Lo miré fijamente.

—No, Nathan. Voy a divorciarme por todo lo que pasó antes de anoche. Lo de urgencias solamente me quitó la última venda de los ojos.

Él respiró profundamente.

—Claire y yo…

—No necesito excusas.

—Ella está embarazada.

—Lo sé.

—Y el bebé es mío.

—También lo sé.

Nathan bajó la mirada.

—Nunca quise lastimarte.

Solté una pequeña risa.

—Entonces explícame algo. ¿Cuándo pensabas decírmelo?

No respondió.

—¿Cuando naciera? ¿Cuando descubriera que llevabas meses viéndola? ¿O cuando empezaras a pagarle una casa con nuestro dinero?

Nathan levantó la cabeza.

—¿Qué estás diciendo?

Saqué una carpeta de mi bolso y la coloqué sobre la mesa.

—Estoy diciendo que revisé nuestras cuentas esta mañana.

Abrí la carpeta.

—Ciento ochenta y cuatro mil dólares transferidos a una cuenta a nombre de Claire Beaumont durante los últimos ocho meses.

Nathan se quedó inmóvil.

—Puedo explicarlo.

—No quiero escucharlo.

—Olivia, por favor.

—No.

Entonces su teléfono comenzó a sonar.

Era Claire.

Nathan miró la pantalla y rechazó la llamada.

Volvió a sonar.

La rechazó otra vez.

La tercera vez, contestó.

—Claire, estoy ocupado.

La voz de ella llegó tan fuerte que incluso yo pude escucharla.

—¡Nathan, tienes que venir al hospital!

Él se puso de pie.

—¿Qué pasó?

—Los médicos encontraron algo en los estudios.

Nathan palideció.

—¿Qué cosa?

Hubo unos segundos de silencio.

Después Claire dijo:

—El embarazo no es de siete semanas. Es de casi cuatro meses.

Nathan dejó caer el teléfono.

Lo miré.

Por primera vez desde que había entrado en mi casa, parecía realmente aterrorizado.

—¿Qué significa eso? —preguntó.

—Significa que ella te mintió sobre cuándo quedó embarazada.

Nathan salió corriendo.

Yo no lo seguí.

Esa noche recibí una llamada de una abogada que conocía desde hacía años.

—Olivia, revisé los documentos que me enviaste.

—¿Y?

—Hay algo más.

Mi estómago se contrajo.

—¿Qué?

—Las transferencias a Claire no son lo más grave.

Me quedé en silencio.

—Nathan solicitó hace seis meses una modificación de tu seguro de vida.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—¿Qué modificación?

—Te agregó como beneficiaria secundaria a una empresa que él controla.

—¿Por qué?

—No lo sé. Pero hay otra cosa.

—Dime.

—La solicitud incluye una declaración firmada por Nathan donde afirma que tú padeces una enfermedad cardíaca grave.

Me quedé helada.

Yo jamás había tenido una enfermedad cardíaca.

—Eso es una falsificación.

—Lo sé. Por eso te recomiendo presentar una denuncia.

Colgué.

Durante varios minutos permanecí sentada en silencio.

Entonces comprendí algo que me dolió más que la infidelidad.

Nathan no solamente había construido una vida paralela.

Había estado preparando una salida para destruir la mía.

A la mañana siguiente fui al hospital.

No para buscarlo.

Para encontrar a Claire.

La vi sentada en una habitación privada.

Cuando entré, ella levantó la mirada.

—¿Qué haces aquí?

—Quiero saber la verdad.

Claire comenzó a llorar.

—No quería que esto sucediera.

—Entonces dime la verdad.

Ella bajó la cabeza.

—Nathan me dijo que se divorciaría de ti.

—¿Cuándo?

—Hace casi un año.

Sentí una punzada en el pecho.

—¿Y él te dijo que yo estaba enferma?

Claire asintió.

—Me dijo que tenías problemas cardíacos y que tu matrimonio estaba terminado.

Entonces la miré directamente.

—¿Y el bebé?

Claire cerró los ojos.

—No estoy segura de que sea suyo.

El silencio fue absoluto.

—¿Qué?

—Nathan cree que sí. Pero yo… estuve con otra persona antes de regresar a la ciudad.

Sentí que toda aquella historia acababa de cambiar.

Claire continuó:

—Cuando descubrí el embarazo, Nathan fue la primera persona a quien llamé. Él dijo que cuidaría de mí y del bebé si yo le prometía que nadie sabría la verdad.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba una razón para divorciarse de ti sin perder dinero.

La confesión me dejó sin palabras.

Antes de salir, Claire me detuvo.

—Olivia.

Me giré.

—Lo siento.

La miré durante unos segundos.

—Yo también lo siento.

Pero no por ella.

Por la mujer que había sido durante años.

Dos semanas después, los resultados de ADN confirmaron lo que nadie esperaba.

El bebé no era de Nathan.

Claire desapareció de nuestras vidas poco después.

Nathan, en cambio, tuvo que enfrentar las consecuencias de sus decisiones.

La falsificación de documentos fue descubierta, las transferencias fueron investigadas y el divorcio terminó con una resolución que protegía todos mis bienes.

Una tarde, mientras firmaba los últimos documentos, Nathan me miró desde el otro lado de la mesa.

—¿Alguna vez me amaste?

Lo observé en silencio.

—Sí.

Sus ojos se humedecieron.

—Entonces, ¿por qué no intentaste salvar nuestro matrimonio?

Tomé el bolígrafo.

—Porque un matrimonio no puede salvarse cuando solamente una persona está intentando mantenerlo vivo.

Firmé.

Me levanté.

Y salí.

Meses después, volví al hospital.

Una joven madre me entregó a su bebé para que lo revisara y sonrió agradecida.

Yo sonreí también.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí paz.

Mi divorcio no había destruido mi vida.

Había devuelto mi vida a mis propias manos.

Y aquella madrugada, cuando Nathan entró a urgencias cargando a otra mujer, pensé que había perdido a mi esposo.

Ahora sabía la verdad.

No había perdido a mi esposo aquella noche.

Había recuperado mi libertad.

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