Parte 2: EL APELLIDO QUE CASI DESTRUYÓ NUESTRO MATRIMONIO

La publicación se volvió viral dentro de la universidad antes de que pudiera terminar mi café.

Cientos de comentarios aparecieron debajo de mi fotografía.

“¿Entró por recomendación de su padre?”

“¿Por eso Berner consiguió la cátedra?”

“Entonces el matrimonio explica muchas cosas.”

Sentí que el estómago se me cerraba.

Caius encontró mi teléfono sobre la mesa y leyó algunos comentarios.

—No vuelvas a mirar eso.

—Están hablando de ti.

—Están hablando de nosotros.

—No. Están hablando de mi apellido.

Él dejó el teléfono.

—Entonces tendremos que responder.

—¿Qué vas a decir?

Caius me sostuvo la mirada.

—La verdad.

Dos horas después, la universidad convocó una reunión extraordinaria.

El rector interino, varios profesores y dos miembros del consejo estaban sentados alrededor de una mesa.

Uno de ellos deslizó una carpeta hacia Caius.

—Profesor Berner, queremos evitar un escándalo. Hay preguntas sobre su nombramiento y su relación con la familia Vossen.

Caius ni siquiera abrió la carpeta.

—Entonces hagan las preguntas.

—¿Su esposa influyó en su contratación?

—No.

—¿Su suegro intervino?

—No.

—¿Puede demostrarlo?

Caius sonrió ligeramente.

—Sí.

Sacó una memoria USB y la colocó sobre la mesa.

El primer giro llegó entonces.

La universidad había guardado durante años todas las evaluaciones y documentos relacionados con su contratación.

Caius había obtenido la puntuación más alta entre diecisiete candidatos.

Y, para sorpresa de todos, el antiguo rector Vossen había sido uno de los miembros que se abstuvieron de votar sobre su nombramiento precisamente por su conflicto de interés.

El rector interino abrió los documentos.

—Esto nunca se hizo público.

—Porque nadie lo preguntó —respondió Caius.

Yo respiré lentamente.

Pero entonces uno de los profesores habló.

—Hay otro problema.

Sacó una segunda carpeta.

—Su matrimonio tampoco fue declarado en el registro de conflictos de interés.

Caius frunció el ceño.

—Mi esposa no trabaja para la universidad.

—Pero su padre fue rector.

—Fue rector. No lo es ahora.

—Y usted dirige un laboratorio financiado por una fundación vinculada a la familia Vossen.

Me quedé helada.

Caius también guardó silencio.

Aquello sí podía convertirse en un problema.

Al salir de la reunión, caminamos por el pasillo sin decir una palabra.

Finalmente pregunté:

—¿Sabías lo de la fundación?

—Sí.

Me detuve.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Porque no quería que pensaras que me había casado contigo por eso.

Sentí que aquellas palabras me dolían más que cualquier comentario de internet.

—Caius, ¿qué estás diciendo?

Él respiró profundamente.

—La fundación empezó a financiar el laboratorio seis meses antes de conocerte. Y yo rechacé personalmente dos propuestas de renovación después de nuestra boda para que nadie pudiera decir que estaba aprovechándome de tu familia.

—Entonces, ¿por qué nunca me contaste?

—Porque pensé que protegerte significaba mantenerte lejos de todo esto.

—No puedes protegerme ocultándome las cosas.

Caius bajó la mirada.

—Lo sé.

Pensé que ahí terminaba el problema.

Me equivoqué.

Esa noche recibí un correo anónimo.

Solo contenía una frase:

“Pregúntale a tu esposo por qué rechazó el dinero de tu padre.”

Debajo había un documento adjunto.

Lo abrí.

Era un contrato antiguo.

Y allí apareció el tercer giro.

Caius había rechazado una beca de investigación millonaria que mi padre había intentado concederle antes de que siquiera nos conociéramos.

Pero había una anotación escrita a mano al final:

“Berner se niega. Dice que no aceptará nada relacionado con Vossen.”

Me quedé mirando la pantalla.

Mi padre había intentado ayudarlo.

Caius se había negado.

Y entonces recordé algo que nunca había entendido.

La primera vez que conocí a Caius, él ni siquiera sabía quién era yo.

Habíamos discutido durante veinte minutos en una cafetería porque tomó mi mesa por accidente.

Me reí al recordarlo.

Cuando Caius regresó a casa, me encontró sentada en el sofá.

—Ya lo sé —dije.

Se quedó quieto.

—¿Qué sabes?

Le mostré el documento.

—Que nunca quisiste nada de mi familia.

Caius cerró los ojos.

—Lysandra…

Me levanté y caminé hacia él.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque cuando me enamoré de ti, ya no me importaba tu apellido.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—Eres terrible explicando tus sentimientos.

—Lo sé.

—Y también eres terrible escondiendo cosas.

—Eso también lo sé.

Me reí entre lágrimas.

Entonces él tomó mi mano.

—Mañana voy a presentar todos los documentos ante la universidad. Y si quieren investigar mi nombramiento, que lo hagan.

—¿Y nosotros?

Caius me miró directamente.

—Nosotros no tenemos nada que ocultar.

Al día siguiente, la universidad publicó un comunicado oficial.

La investigación confirmó que el nombramiento de Caius había sido independiente de cualquier influencia familiar, y la universidad aclaró que la fundación había financiado proyectos mediante convocatorias abiertas, sin intervención de mi padre ni de mí.

Las publicaciones desaparecieron poco a poco.

Algunos estudiantes incluso empezaron a bromear con el famoso incidente de la cámara.

Una semana después, Caius entró a su clase.

Uno de sus alumnos levantó la mano.

—Profesor, ¿su esposa volverá a interrumpir la clase?

Caius lo miró con absoluta seriedad.

—Espero que sí.

Toda el aula estalló en risas.

—Pero esta vez —añadió—, la cámara estará apagada.

Yo estaba esperándolo afuera cuando terminó.

Caius salió, me vio y sonrió.

—¿Lista?

—¿Para qué?

—Para ir a casa.

—¿No tienes otra clase?

—La cancelé.

—¿Tú?

—Sí.

Me acerqué a él.

—¿Por qué?

Caius entrelazó sus dedos con los míos.

—Porque llevo un año escondiendo que estoy casado contigo.

Sonrió.

—Creo que ya es hora de presumir un poco.

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