PARTE 2: LA VERDAD QUE SERENA HABÍA DEJADO ATRÁS

Cerré la puerta lentamente y me quedé apoyada contra ella.

Por primera vez en tres años, no sentía celos.

Sentía alivio.

A la mañana siguiente, Maya llegó a casa antes de que Adrian pudiera marcharse.

—Nora, tenemos que hablar.

La miré desde el otro lado de la sala.

—Sí. Creo que ya es hora.

Maya tragó saliva.

—No es lo que parece.

Solté una pequeña risa.

—Entonces explícamelo.

Ella bajó la mirada.

—Adrian y yo estamos juntos.

No sentí nada.

Ni siquiera sorpresa.

—¿Desde cuándo?

—Tres meses.

—¿Y durante esos tres meses entraste a mi casa mientras yo dormía en la habitación de al lado?

Maya cerró los ojos.

—Lo siento.

—No —respondí—. No lo sientes. Si lo sintieras, me lo habrías dicho antes.

Adrian apareció detrás de ella.

—Nora…

Levanté una mano.

—No necesito explicaciones sobre ustedes dos.

—Hay algo que no sabes —dijo Adrian.

—¿Sobre Serena?

Su rostro cambió.

Asintió.

—Sí.

Entonces sacó un sobre viejo de su bolsillo.

—Serena me dejó esto antes de morir.

Sentí que el aire se detenía.

—¿Por qué nunca me lo diste?

—Porque me pidió que esperara.

—¿Tres años?

—Me pidió que te lo entregara cuando tú dejaras de odiarme.

Abrí el sobre.

Dentro había una carta.

La letra de Serena era inconfundible.

“Nora, si estás leyendo esto, probablemente Adrian ya te haya contado que estoy enferma. No quiero que peleen por mí cuando yo no esté. Y sobre todo, no quiero que creas que él dejó de amarte.”

Me quedé inmóvil.

Seguí leyendo.

Serena revelaba algo que jamás había imaginado.

Ella sabía que Adrian estaba transfiriendo dinero a su madre, Evelyn, pero no para mantenerla en secreto ni para abandonarme.

Evelyn tenía una deuda enorme y había amenazado con revelar un secreto familiar que podía destruir a varias personas.

Pero había algo peor.

La carta continuaba.

“Nora, tu esposo cree que fui responsable de la muerte de tu bebé.”

Levanté la vista.

—¿Qué significa esto?

Adrian se quedó pálido.

—Yo también lo descubrí demasiado tarde.

Me explicó que Serena había contratado a un investigador privado antes de morir.

El día de nuestra discusión, alguien había enviado a Adrian fotografías manipuladas para hacerle creer que yo había descubierto una relación entre él y Serena.

La persona que las había enviado era Evelyn.

Pero ese no era el último secreto.

Serena no era hija biológica de Evelyn.

Evelyn había criado a Serena después de que su verdadera madre muriera.

Y Serena había descubierto que su padre biológico era el mismo hombre que había destruido el matrimonio de mis padres años atrás.

Todo estaba conectado.

Las transferencias de Adrian eran para pagar a un abogado y proteger a Serena de Evelyn.

Pero Serena murió antes de poder revelar la verdad.

Me senté lentamente.

—Entonces… ¿por qué nunca me dijiste nada?

Adrian respondió con voz quebrada:

—Porque después de perder al bebé, te odiaba por momentos y me odiaba a mí mismo. Después murió Serena. Y cada vez que intentaba acercarme a ti, tú levantabas una pared.

—Tú también la levantaste.

—Lo sé.

Maya comenzó a llorar.

—Nora, yo sabía una parte de esto.

La miré.

—¿Qué parte?

—Sabía que Adrian no estaba con Serena. Sabía que estaba tratando de resolver algo relacionado con Evelyn. Pero no sabía toda la historia.

Me levanté.

—¿Y ustedes dos?

Maya miró a Adrian.

—Nos acercamos después. Cuando el divorcio ya estaba decidido.

Adrian asintió.

—No empecé una relación con ella para reemplazarte.

—Eso no cambia lo que hicieron.

—Lo sé.

Respiré profundamente.

Durante años había pensado que mi vida se había detenido el día que murió Serena.

Pero quizá llevaba tres años intentando castigar a dos personas por un dolor que ninguno de nosotros sabía cómo manejar.

Firmé el divorcio esa misma tarde.

Sin gritos.

Sin lágrimas.

Sin arrepentimiento.

Cuando salí del edificio del abogado, Adrian me esperaba afuera.

—Nora.

Me detuve.

—¿Qué?

—La casa es tuya. No quiero nada de ella.

—No necesito que me des nada.

—No te la estoy dando. Te estoy devolviendo la vida que dejaste allí.

Lo miré durante unos segundos.

—Ya tengo una vida nueva.

Y esta vez sonrió.

—Entonces espero que seas feliz.

Seis meses después, estaba en Madrid estudiando en el Instituto M.E.

Había vendido la casa y utilizado parte del dinero para abrir un pequeño estudio de diseño.

Una tarde recibí un mensaje de Adrian.

“Maya y yo terminamos. Descubrimos que estábamos intentando construir algo sobre las ruinas de otras personas.”

No respondí inmediatamente.

Después escribí:

“Espero que algún día encuentres paz.”

Eso fue todo.

Guardé el teléfono y regresé a mi trabajo.

Sobre mi escritorio estaba aquella vieja solicitud de estudios que había encontrado tres años después de la muerte de Serena.

La misma hoja que me recordó quién era antes de convertirme en una mujer resentida.

La miré y sonreí.

No había perdido tres años de mi vida para siempre. Había aprendido exactamente cuánto vale recuperarla.

Y por primera vez desde la muerte de mi hijo, desde la muerte de Serena y desde el final de mi matrimonio, no estaba esperando que alguien regresara.

Estaba esperando mi propio futuro.

Y esta vez, era mío.

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