Parte 2: EL MONTAÑÉS LA RECHAZÓ POR SU CUERPO, PERO CUANDO UNA FIEBRE MORTAL LO DEJÓ AL BORDE DE LA TUMBA, LA MUJER QUE NO QUISO COMO ESPOSA SE CONVIRTIÓ EN SU ÚNICA ESPERANZA

La fiebre comenzó antes del amanecer.

Gidrick temblaba tan violentamente que la cama golpeaba contra la pared.

Adelaide apoyó una mano sobre su frente.

Ardía.

—Gidrick. Mírame.

Él abrió los ojos, pero no la reconoció.

—Abigail…

Adelaide se quedó inmóvil.

—No. Soy Adelaide.

—No salgas… —murmuró él—. La tormenta…

Entonces comprendió.

Gidrick no estaba hablando con ella.

Estaba reviviendo la noche en que había perdido a su primera esposa.

Adelaide apartó las mantas y examinó su pierna. La rama de pino le había abierto una herida profunda debajo de la rodilla.

La piel alrededor estaba roja.

Demasiado roja.

—Maldita sea.

Corrió hacia su baúl.

Sacó corteza de sauce, hierbas secas y los frascos que Gidrick había llamado “basura de ciudad” cuando llegó.

Preparó agua caliente.

Limpió la herida.

Luego puso una olla al fuego.

Carne seca.

Cebolla.

Ajo.

Raíces.

Hierbas.

Un caldo fuerte, parecido al que su madre preparaba para pacientes debilitados por la fiebre.

Pero cuando intentó darle una cucharada, Gidrick cerró la boca.

—Tienes que comer.

—Déjame morir.

Adelaide apretó los dientes.

—No.

Él abrió los ojos.

—Abigail me espera.

Aquello la enfureció.

—Pues Abigail tendrá que seguir esperando.

Gidrick pareció sobresaltarse.

Adelaide acercó otra cucharada.

—Te arrastré casi dos kilómetros por una tormenta. Me congelé las manos por ti. Así que no vas a morirte ahora sólo porque estás demasiado terco para tragarte una sopa.

Por primera vez, bebió.


Durante dos días Adelaide no durmió.

Cada pocas horas le daba caldo y agua.

Le cambiaba los paños.

Limpiaba la herida.

Mantenía el fuego vivo.

Afuera, la nieve había sepultado el camino.

Nadie podía llegar.

Al tercer día, Gidrick dejó de responder.

—No.

Adelaide le dio unas palmadas en la mejilla.

—Gidrick.

Nada.

Su respiración era superficial.

Entonces vio una línea roja subiendo desde la herida.

La infección se estaba extendiendo.

Necesitaba un médico.

Pero el pueblo estaba a horas de distancia incluso con buen tiempo.

Adelaide miró por la ventana.

La tormenta finalmente había disminuido.

Tomó una decisión.


Ensilló la yegua.

Antes de salir, ató una campana junto a la cama de Gidrick.

—No sé si puedes escucharme —susurró—, pero voy a regresar.

Se inclinó hacia él.

—Y cuando lo haga, más te vale seguir respirando.

Cabalgó montaña abajo.

Dos veces cayó del caballo.

Una vez creyó que había perdido el camino.

Pero cinco horas después llegó al rancho de Silas Boone, el mismo trampero que semanas antes la había llamado cerdo.

Silas abrió la puerta.

—Santo cielo. ¿Qué te pasó?

—Gidrick se está muriendo.

—¿Qué?

—Necesito tu trineo.

Silas miró la tormenta.

—El camino es demasiado peligroso.

Adelaide dio un paso hacia él.

—Entonces dame las riendas.

Silas la observó.

La mujer a la que había ridiculizado estaba cubierta de hielo, con sangre seca en las manos y el rostro quemado por el frío.

Bajó la mirada.

—Prepararé los caballos.


Cuando regresaron con el médico, Gidrick apenas respiraba.

El doctor examinó la herida.

—Llegamos por poco.

Trabajó durante una hora.

Después salió de la habitación.

—La infección es grave. Pero quien haya limpiado esa herida y conseguido mantenerlo hidratado le compró tiempo.

Miró a Adelaide.

—¿Fuiste tú?

—Sí.

—Entonces probablemente le salvaste la vida.

Silas bajó la cabeza.

Adelaide no respondió.

Sólo volvió junto a Gidrick.


La fiebre cedió dos días después.

Cuando Gidrick despertó, encontró a Adelaide dormida en una silla.

Sus manos estaban vendadas.

Tenía una quemadura de frío en la mejilla.

—Adelaide.

Ella despertó inmediatamente.

—¿Qué necesitas?

—Agua.

Le acercó el vaso.

Gidrick bebió.

Después miró sus manos.

—¿Qué te pasó?

—Nada.

—Adelaide.

Ella soltó una risa cansada.

—Resulta que transportar agua cuesta arriba no era la parte difícil del invierno.

Él cerró los ojos.

—Me encontraste.

—Sí.

—Me arrastraste hasta aquí.

—Sí.

—Y fuiste a buscar al médico.

—Sí.

Gidrick tragó saliva.

—¿Por qué?

Adelaide lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—Porque eras mi marido.

Aquello pareció dolerle más que la herida.

—Yo nunca fui un marido para ti.

—No.

El silencio cayó entre ellos.

—Lo siento —dijo finalmente.

Adelaide apartó la mirada.

—No quiero una disculpa porque casi moriste.

—No es por eso.

Gidrick respiró lentamente.

—Es por la estación. Por hacerte sentir que tu cuerpo determinaba tu valor. Por Silas. Debí defenderte.

Ella permaneció callada.

—Y por Abigail —continuó él.

Adelaide lo miró.

—Encontré su tumba.

El rostro de Gidrick perdió el color.


Aquella noche le contó la verdad.

Abigail no había muerto simplemente por culpa de la montaña.

Estaba embarazada.

Había insistido en acompañarlo al pueblo durante una tormenta temprana.

Gidrick había aceptado.

En el regreso, el caballo de Abigail cayó.

Ella sobrevivió al accidente.

Pero contrajo una fiebre.

No había médico.

Gidrick pasó cuatro días intentando salvarla.

Murieron ella y el bebé.

—Después de enterrarla —dijo—, juré que nunca volvería a traer una mujer aquí.

—Entonces ¿por qué pediste una esposa por correo?

Gidrick soltó una risa amarga.

—Porque también descubrí que no sabía vivir solo.

Adelaide entendió.

—Por eso pediste una mujer delgada y fuerte.

—Pensé que si encontraba a alguien físicamente distinta de Abigail… alguien que pareciera imposible de quebrar…

Su voz se apagó.

Adelaide negó lentamente.

—Y cuando me viste decidiste que yo era débil.

—Sí.

—Sin conocerme.

—Sí.

Gidrick la miró.

—Fue la estupidez más grande de mi vida.


Una semana después llegó otro visitante.

El agente matrimonial, Finch.

—Señor Cole, recibí su telegrama.

Adelaide frunció el ceño.

—¿Telegrama?

Finch sacó unos documentos.

—La anulación.

Gidrick se quedó inmóvil.

Adelaide sintió que el corazón se le hundía.

—Entiendo.

Tomó su abrigo.

—Entonces cumpliré mi palabra. Me iré cuando pueda viajar.

—Adelaide, espera.

—No tienes que explicarlo.

—Sí tengo.

Gidrick tomó los papeles.

Y los rompió por la mitad.

Finch abrió la boca.

—¡Señor Cole!

Gidrick siguió rompiéndolos.

—No pedí la anulación.

Finch palideció.

—Entonces…

—¿Quién lo hizo?

Silencio.

Adelaide comprendió primero.

—Silas.

Finch bajó la cabeza.

Silas había escrito al agente semanas antes, después de verla llorando en el bosque, convencido de que Gidrick terminaría abandonándola.

Pero después de verla atravesar la tormenta para salvar al mismo hombre que no la había defendido, se había arrepentido.


Esa tarde Silas apareció.

Se quitó el sombrero.

—Señora Cole.

Adelaide cruzó los brazos.

—¿Vienes a insultarme otra vez?

—No.

Miró al suelo.

—Vengo a pedirle perdón.

Después miró a Gidrick.

—Y a decirle que es el hombre más tonto de Montana.

Gidrick asintió.

—En eso estamos de acuerdo.


Cuando llegó la primavera, Adelaide preparó su baúl.

Gidrick la encontró cerrándolo.

Su rostro se endureció.

—Dijiste que te irías si eras una carga.

—Sí.

—Nunca lo fuiste.

—Eso no significa que deba quedarme.

Él quedó en silencio.

Adelaide se acercó.

—No quiero ser la mujer que toleras porque te salvó la vida.

Gidrick tragó saliva.

—No lo eres.

—Entonces dime qué soy.

Él respiró profundamente.

—La mujer que convirtió esta cabaña en un hogar.

Se acercó.

—La mujer más fuerte que he conocido.

Otro paso.

—Y la mujer de la que me enamoré cuando ya era demasiado tarde para fingir que sólo tenía miedo de perderla.

Adelaide sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Eso ha sido terrible.

Gidrick parpadeó.

—¿Qué?

—Tu declaración.

Él soltó una carcajada.

—Nunca he hecho una.

—Se nota.

Entonces Adelaide sonrió.

—Pero puedes intentarlo otra vez mañana.

Gidrick comprendió.

—¿Te quedas?

Ella dejó el baúl en el suelo.

—Por ahora.


Se casaron de verdad aquella primavera.

No porque una ley exigiera apariencias.

Porque ambos lo eligieron.

Adelaide abrió una pequeña botica en el pueblo y terminó atendiendo a familias que antes viajaban días para conseguir medicinas.

Gidrick construyó un invernadero para sus hierbas.

Y jamás volvió a guardar silencio cuando alguien se burlaba de ella.

Años después todavía visitaban juntos la tumba de Abigail.

Adelaide nunca sintió celos de aquella mujer.

Comprendía que amar a alguien nuevo no exigía borrar a quien había venido antes.

Una tarde dejó flores junto a la cruz.

Gidrick tomó su mano.

—Ella habría apreciado tu sopa.

Adelaide rio.

—Era una sopa espantosa.

—Me salvó la vida.

—Eso demuestra lo enfermo que estabas.

Él la besó en la frente.

Cuando Adelaide llegó a Montana, Gidrick la miró y creyó que sabía exactamente lo que ella no podía soportar.

El invierno demostró lo contrario.

La mujer que él consideró demasiado grande, demasiado suave y demasiado débil había atravesado una tormenta que hombres experimentados temían enfrentar.

Pero Adelaide también aprendió algo.

No había venido a la montaña para demostrar que merecía ser amada.

Nunca debió hacerlo.

Y Gidrick, que había pasado años creyendo que el miedo podía protegerlo del dolor, finalmente entendió la verdad:

No se evita perder el amor rechazándolo primero.

Sólo se termina viviendo solo.

Y aquella primavera, por fin, dejó de hacerlo.

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