Parte 2: LA VERDAD QUE ADRIAN DESCUBRIÓ SOBRE LAS NOCHES DE MIA

—¿Qué quieres decir con que lloro por las noches? —preguntó Adrian con una calma que no coincidía con la tensión de su mandíbula.

Mia apretó a Gerald contra su pecho.

—Mamá piensa que no la escucho —susurró—. Pero yo sí.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—Mia, cariño, vámonos.

Intenté tomarla de la mano, pero Adrian habló antes.

—No.

Lo miré sorprendida.

—¿Perdón?

—No quiero que te vayas hasta que me expliques algo.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—¿Por qué estás llorando?

—No es asunto tuyo.

—Normalmente estaría de acuerdo. Pero tu hija acaba de decirlo delante de veinte empleados.

Bajé la mirada.

—Estoy bien.

Mia negó con la cabeza.

—No estás bien, mamá.

Aquellas palabras me rompieron.

—Mia…

—Por las noches dices que estás cansada de ser fuerte.

Adrian dejó de respirar por un instante.

Entonces Mia agregó:

—Y dices el nombre de papá.

Mi cuerpo se quedó rígido.

Adrian frunció el ceño.

—¿El padre de Mia está muerto?

—No.

—¿Entonces dónde está?

Tragué saliva.

—Nos abandonó.

Adrian permaneció en silencio.

—Hace cuatro años —continué—. Se fue cuando descubrió que estaba embarazada. Nunca volvió. Nunca preguntó por ella.

—¿Y todavía lloras por él?

—No.

Mi respuesta salió demasiado rápido.

—Lloro porque durante años me pregunté qué había hecho mal para que alguien pudiera abandonar a su propia hija.

Mia bajó la cabeza.

—Por eso quiero otro papá.

Adrian se agachó frente a ella.

—Mia, escucha algo. Que tu padre se haya ido no significa que tú hayas hecho algo malo.

Los ojos de mi hija se llenaron de lágrimas.

—¿Entonces por qué se fue?

Adrian me miró.

Yo no pude responder.

Él tomó suavemente la mano de Mia.

—Porque algunas personas toman decisiones equivocadas. Pero eso nunca cambia el valor de la persona que dejan atrás.

Mia sonrió débilmente.

—Entonces… ¿puedes ser mi papá?

Sentí que iba a desmayarme.

—¡Mia!

Adrian soltó una pequeña risa.

—No puedo convertirme en tu papá de un día para otro.

Ella pareció decepcionada.

—Pero podría ser tu amigo.

—¿Como papá?

—Como un adulto que siempre cumple sus promesas.

Aquella frase me hizo mirarlo.

Y entonces ocurrió el primer giro.

Mi asistente apareció corriendo.

—Señor Kane, acaba de llegar esto de seguridad.

Le entregó una carpeta.

Adrian la abrió y su expresión cambió.

—¿Qué es?

—Las cámaras del pasillo —respondió mi asistente—. Alguien entró a su oficina esta mañana mientras usted estaba en la junta.

Sentí un escalofrío.

—¿Alguien?

Adrian revisó las imágenes.

Un hombre con gorra había entrado en mi oficina.

Y había permanecido allí durante casi siete minutos.

—¿Quién es? —pregunté.

Adrian acercó la pantalla.

Mi corazón se detuvo.

Reconocí aquella chaqueta.

—Es Daniel.

El padre de Mia.

Mia levantó la cabeza.

—¿Papá?

Adrian me miró.

—¿Él sabía que trabajabas aquí?

—No.

Pero entonces recordé algo.

Una semana antes, había recibido un mensaje anónimo.

“Sé dónde trabajas.”

Nunca le presté atención.

Ahora todo encajaba.

Adrian llamó inmediatamente a seguridad.

—Quiero localizarlo. Y quiero saber exactamente qué buscó en esta oficina.

Mientras esperábamos, Adrian me llevó a su despacho.

—¿Tienes documentos relacionados con Mia aquí?

—Solo su certificado de nacimiento y algunos papeles del seguro.

Abrió un cajón.

Estaban intactos.

Entonces vimos algo extraño.

Uno de los archivadores tenía la cerradura forzada.

Adrian palideció.

—No buscaba dinero.

—¿Entonces qué buscaba?

Sacó una carpeta.

Dentro había una copia del certificado de nacimiento de Mia.

Y encima había una nota.

“Ella no sabe quién es realmente su padre.”

Sentí que las piernas me temblaban.

—¿Qué significa esto?

Adrian tomó su teléfono.

—Voy a averiguarlo.

Minutos después, seguridad informó que habían encontrado a Daniel en el estacionamiento.

Adrian quiso bajar conmigo, pero yo lo detuve.

—Es mi pasado.

—Y ahora está amenazando tu presente.

Bajamos juntos.

Daniel estaba junto a un automóvil.

Cuando me vio, sonrió.

—Hola.

—¿Qué quieres?

—Ver a mi hija.

—No tienes derecho.

Su sonrisa desapareció.

—Tienes razón. Pero ella tiene derecho a conocer la verdad.

Adrian dio un paso adelante.

—Habla.

Daniel lo miró con desprecio.

—Tú eres Kane.

—Sí.

—Entonces deberías saber que hace cuatro años tu empresa financió una investigación privada sobre mí.

Adrian frunció el ceño.

—Eso es imposible.

Daniel sacó unos documentos.

—No. Lo que es imposible es que ustedes dos no sepan lo que pasó.

Tomé los papeles.

Y sentí que el mundo se inclinaba.

Los documentos demostraban que Daniel había sido acusado falsamente de fraude por un antiguo socio. Había perdido su empresa, sus cuentas y prácticamente todo.

Pero había algo más.

El informe estaba firmado por el antiguo director financiero de Blackwell & Reed.

Adrian palideció.

—Ese hombre fue despedido hace cinco años.

Daniel asintió.

—Y utilizó tu empresa para destruirme.

Adrian guardó silencio.

Luego miró a Daniel.

—¿Por qué nunca regresaste?

Daniel bajó los ojos.

—Porque pensé que tú estabas mejor sin mí.

Me miró.

—Y porque recibí una fotografía tuya con Mia. Detrás decía: “Si vuelves, ellas pagarán”.

Sentí que las lágrimas comenzaban a caer.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque tenía miedo.

Adrian tomó los documentos.

—Esto cambia todo.

Y cambió todo.

Durante las siguientes semanas, Adrian abrió una investigación interna. El antiguo director financiero fue localizado y entregó pruebas que confirmaron la manipulación.

Daniel fue exonerado.

Y, por primera vez en cuatro años, Mia pudo conocer realmente a su padre.

Pero había un último problema.

Mia seguía mirando a Adrian como si esperara una respuesta.

Una tarde, mientras los tres estábamos en Central Park, ella preguntó:

—Entonces, ¿quién va a ser mi papá?

Daniel sonrió.

—Yo siempre seré tu papá.

Mia miró a Adrian.

—¿Y tú?

Adrian se agachó.

—Yo puedo ser el hombre que esté aquí cuando necesites otro adulto que te cuide.

Mia pensó unos segundos.

—Entonces puedes ser mi segundo papá.

Adrian soltó una carcajada.

Yo también.

Meses después, mi vida había cambiado por completo.

Daniel comenzó a reconstruir su relación con Mia.

Yo recuperé la paz que había perdido durante años.

Y Adrian…

Adrian dejó de ser mi jefe.

Una noche, después de que Mia se durmiera, me miró desde el otro lado de la mesa.

—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando la conocí?

—¿Qué?

—Que era una niña extraordinaria.

Sonreí.

—¿Y qué pensaste de mí?

Adrian tomó mi mano.

—Que eras la mujer más fuerte que había conocido.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Yo pensaba que eras un hombre imposible.

—Eso también sigue siendo cierto.

Me reí.

Entonces se inclinó y me besó suavemente.

No hubo grandes promesas.

No hicieron falta.

Porque por primera vez en mucho tiempo, Mia no tenía que elegir entre tener un padre y tener una familia completa.

Tenía ambas cosas.

Y yo finalmente había encontrado algo que creía que ya no existía:

un hombre que no quería salvarme porque pensara que yo era débil, sino que quería caminar a mi lado porque sabía exactamente lo fuerte que era.

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