Parte 2: LA VERDAD QUE LEON OCULTÓ DURANTE DOS AÑOS

El teléfono de Leon siguió sonando.

Celia Hart.

Leon miró la pantalla y, contra todo pronóstico, rechazó la llamada.

Lo miré sorprendida.

—¿No vas a contestar?

—No.

—¿Por qué?

Leon apretó el volante.

—Porque antes de hablar con ella necesito hablar contigo.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Sobre qué?

Leon respiró profundamente.

—Sobre nosotros.

Guardé silencio.

Entonces su teléfono vibró otra vez.

Esta vez llegó un mensaje.

Leon lo abrió.

Su rostro perdió el color.

—¿Qué pasa?

Me mostró la pantalla.

El mensaje decía:

“Si Iris descubre lo que pasó aquella noche, los dos estamos acabados.”

Me quedé inmóvil.

—¿Qué significa eso?

Leon apagó el teléfono.

—Significa que te mentí.

Ese fue el primer golpe que no esperaba.

Pensé que iba a confesarme una relación con Celia.

Pero no.

—Hace dos años —dijo Leon—, Celia tuvo un accidente durante una grabación. Yo fui el médico que la atendió. Su lesión era mucho más grave de lo que ella contó públicamente. Después empezó a recibir amenazas.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

Leon tragó saliva.

—Tu nombre apareció en uno de los mensajes.

Sentí frío.

—¿Mi nombre?

—Alguien estaba siguiendo tus movimientos. Celia insistió en que, si te contaba algo, te pondría en peligro.

Solté una risa amarga.

—¿Y por eso decidiste tratarme como si yo no importara?

—No. Eso fue culpa mía.

Me quedé mirándolo.

—¿Entonces por qué siempre corrías cuando ella llamaba?

Leon bajó la cabeza.

—Porque pensé que podía protegerte sin involucrarte.

—No me protegiste, Leon. Me dejaste sola.

Él no respondió.

Cuando llegamos a casa, me ayudó a sentarme en el sofá y colocó mis muletas junto a mí.

Después sacó una carpeta del maletín.

—Esto debería habértelo entregado hace mucho tiempo.

La abrió.

Había fotografías, mensajes impresos y reportes médicos.

En varias páginas aparecía el nombre de Celia.

Pero también aparecía otro nombre.

Daniel Mercer.

Mi corazón se detuvo.

—¿Tu hermano?

Leon asintió.

—Mi hermano descubrió quién estaba amenazando a Celia. Y antes de poder denunciarlo, desapareció durante tres meses.

Pasé las páginas con manos temblorosas.

Entonces vi algo que me dejó sin palabras.

Una fotografía tomada el día de nuestro aniversario.

Celia aparecía entrando al restaurante.

Y detrás de ella estaba Daniel.

—¿Qué hacía tu hermano ahí?

Leon cerró los ojos.

—Quería advertirme que dejara de investigar.

—¿Y tú sabías todo esto mientras yo pensaba que estabas con Celia?

—Sí.

Lo miré durante varios segundos.

—Eso no justifica nada.

—Lo sé.

Por primera vez, Leon no intentó defenderse.

—Te fallé —dijo—. No porque Celia fuera más importante que tú. Te fallé porque fui cobarde. Me convencí de que mantenerte lejos era protegerte, cuando en realidad solo estaba destruyendo nuestra relación.

Entonces escuchamos tres golpes en la puerta.

Leon se puso de pie.

Un hombre esperaba afuera.

Era Daniel.

Pero no venía solo.

Traía a dos agentes de policía.

—Leon —dijo—. Se acabó.

El segundo giro llegó en ese instante.

Daniel explicó que había reunido pruebas contra la persona que llevaba años amenazando a Celia.

Y esa persona no era un desconocido.

Era el representante de Celia.

Había provocado varios incidentes para mantenerla dependiente de él y había utilizado a Leon para cubrir sus movimientos.

Incluso había manipulado fotografías para hacer parecer que Leon y Celia tenían una relación.

El labial encontrado en el automóvil también tenía una explicación.

Celia había dejado sus pertenencias en el auto después de una entrevista.

Nada de eso cambiaba la forma en que Leon me había tratado.

Pero ahora entendía que había estado viendo una historia incompleta.

Los agentes se llevaron a Daniel para terminar de formalizar su declaración y, esa misma noche, el representante de Celia fue detenido.

Celia también declaró.

Antes de irse, me llamó.

—Iris, sé que probablemente me odias.

—No te odio.

—¿Por qué?

Miré a Leon.

—Porque el problema nunca fuiste tú. Fue lo que él decidió hacer con nuestra relación.

Celia guardó silencio.

—Lo siento —susurró.

Después colgó.

Pasaron tres meses.

Mi pierna comenzó a recuperarse y volví poco a poco a mi rutina.

Pero había una diferencia.

Leon ya no esperaba que yo aceptara sus disculpas como si fueran suficientes.

Comenzó terapia.

Redujo sus guardias.

Canceló compromisos cuando realmente eran innecesarios.

Y, sobre todo, aprendió a escuchar.

Una noche, mientras cenábamos en casa, dejó un pequeño sobre frente a mí.

—¿Qué es?

—Ábrelo.

Dentro había una reservación.

El mismo restaurante donde habíamos celebrado nuestro segundo aniversario.

Pero esta vez había una nota escrita a mano.

“Sin pacientes. Sin teléfonos. Sin excusas.”

Sonreí.

—¿Y si te llaman?

Leon tomó mi mano.

—Que esperen.

Lo miré durante unos segundos.

—¿Y si vuelves a olvidarte de mí?

Su expresión se volvió seria.

—Entonces no quiero que me perdones por costumbre. Quiero que me recuerdes que amar a alguien también significa estar presente.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

No sabía si nuestro amor volvería a ser exactamente como antes.

Quizá nunca debía serlo.

Porque antes yo siempre esperaba.

Ahora también podía elegir.

Y esa noche, cuando Leon me preguntó:

—¿Quieres intentarlo otra vez?

Sonreí.

—Sí.

Pero levanté un dedo.

—Con una condición.

—La que quieras.

—Nunca más voy a mentir diciendo que estoy bien cuando no lo estoy.

Leon sonrió.

—Trato hecho.

Me ayudó a levantarme.

Caminamos lentamente hacia la puerta.

Y por primera vez en dos años, no sentí que estaba siguiendo a Leon.

Sentí que los dos estábamos caminando hacia el mismo lugar.

La herida de mi pierna tardaría meses en sanar.

La de mi corazón, quizá mucho más.

Pero esta vez no tendría que curarla sola.

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