Parte 2: MIS AMIGAS ME ENVIARON COMO BROMA A UNA CITA CON EL HOMBRE MÁS TEMIDO DE BOSTON, PERO DANIEL BROOKS DECIDIÓ QUE LA HUMILLACIÓN DE ESA NOCHE NO SERÍA MÍA

Daniel metió la mano dentro de su chaqueta.

Por un segundo, pensé que iba a sacar un arma.

En cambio, sacó su teléfono.

—Marco.

Un hombre de traje negro apareció junto a nuestra mesa casi inmediatamente.

—Señor Brooks.

Daniel señaló discretamente hacia Olivia.

—La cuenta de esas tres mujeres. Tráela aquí.

Parpadeé.

—Daniel, no tienes que…

—Quiero saber qué clase de personas invitan a alguien a cenar sólo para verla sufrir.

Marco regresó dos minutos después con una carpeta de cuero.

Daniel la abrió.

Sus ojos recorrieron el recibo.

Luego me miró.

—¿Olivia trabaja en relaciones públicas?

Me sorprendí.

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

Giró la cuenta.

Habían cargado la cena a una tarjeta corporativa de Bennett & Cole Communications.

—Interesante.

Se levantó.

Todo el restaurante pareció quedarse en silencio.

—Ven conmigo.

—¿Adónde?

—A escuchar el remate del chiste.


Olivia palideció cuando nos acercamos.

—Emily…

—Hola.

Megan intentó sonreír.

—Era sólo una broma.

Daniel tomó una silla vacía y se sentó.

—Explíquenmela.

Nadie habló.

—En serio —continuó—. Me gustan los buenos chistes.

Olivia tragó saliva.

—Nosotras sólo pensamos que sería divertido porque Emily es tan…

Se detuvo.

—¿Tan qué? —preguntó Daniel.

—Normal.

Sentí que la cara me ardía.

Daniel no apartó los ojos de ella.

—¿Y yo soy?

—No quise decir…

—Sí quisiste.

Olivia miró hacia mí.

—Emily, por favor. Pensamos que él ni siquiera aparecería.

Eso me dolió más.

—Entonces ¿esperaban que me quedara sentada sola?

Megan soltó una risa nerviosa.

—Vamos. No seas dramática.

Daniel se inclinó hacia adelante.

—Ahora entiendo.

Su voz seguía tranquila.

Eso era peor que si hubiera gritado.

—La señorita Carter no era la única persona a la que pretendían humillar. También utilizaron mi nombre para hacerlo.

Olivia abrió la boca.

Daniel deslizó la cuenta hacia ella.

—Y utilizaron la tarjeta de su empleador.

Olivia perdió el color.

—¿Qué?

—Bennett & Cole administra relaciones públicas para dos de mis empresas.

Silencio absoluto.

La expresión de Olivia pasó de diversión a terror en menos de un segundo.

—Daniel —dije—, no quiero que pierda su trabajo por esto.

Él me miró.

—Entonces no lo perderá por mí.

Después volvió hacia Olivia.

—Pero mañana su empresa recibirá esta cuenta. Lo que hagan con el uso personal de sus fondos será asunto suyo.

Se puso de pie.

—Buenas noches.

Regresamos a nuestra mesa.

—Eso fue aterrador —murmuré.

—¿Yo?

—Muchísimo.

Por primera vez, Daniel rio de verdad.


Debería haberme marchado después de treinta minutos.

Me quedé tres horas.

Descubrí que Daniel leía novelas históricas, odiaba el golf y sabía preparar pasta porque su madre italiana consideraba una tragedia personal que sus hijos dependieran de restaurantes.

Él descubrió que yo llevaba ocho años trabajando en Maple Street Books y que soñaba con comprar la tienda porque el propietario quería jubilarse.

—¿Por qué no lo haces?

Me reí.

—Porque los bancos prefieren recibir dinero cuando prestan dinero.

—Detalles molestos.

—Para los simples mortales, sí.

Su expresión cambió.

—Emily, no vuelvas a llamarte así.

—¿Cómo?

—Como si ser una persona normal significara valer menos.

No supe qué responder.


Daniel pagó la cena y me acompañó afuera.

Un automóvil negro esperaba junto a la acera.

—Puedo pedir un taxi.

—Mi conductor te llevará.

—No quiero que sepas dónde vivo.

Levantó una ceja.

—Sensato.

Sonreí.

—Buenas noches, Daniel.

—Emily.

Me volví.

—¿Sí?

—La próxima vez que cenemos, quiero que sea porque tú aceptaste verme. No porque alguien decidió reírse de nosotros.

—¿Estás pidiéndome otra cita?

—Eso intento.

Lo pensé.

—Llama mañana.

Su sonrisa fue pequeña.

—Lo haré.


Pero Daniel nunca llamó.

A las diez de la mañana siguiente entraron dos hombres en Maple Street Books.

No parecían clientes.

Uno cerró la puerta.

El otro colocó una fotografía sobre el mostrador.

Era una imagen de Daniel y yo saliendo del Grand Oak.

—¿Conoces a Brooks?

Mi sangre se heló.

—¿Quién pregunta?

El hombre sonrió.

—Dile que Victor Salerno manda saludos.

Se marcharon.

Cinco minutos después llamé al único número que Daniel me había dado.

Contestó inmediatamente.

—Emily.

—Dos hombres estuvieron aquí.

Silencio.

—¿Qué hombres?

Le expliqué.

Su voz se volvió de hielo.

—Cierra la tienda. No salgas.

—Daniel…

—Por favor.

Veinte minutos después apareció.

No parecía el hombre con quien había cenado.

Parecía exactamente el hombre del que hablaban los periódicos.

—¿Te tocaron?

—No.

Daniel cerró los ojos un instante.

—Lo siento.

—¿Quién es Salerno?

—Alguien que cree que puede utilizarte para llegar a mí.

—Nos conocemos desde ayer.

—A hombres como Victor no les importa.

Entonces me dijo algo que no esperaba.

—No volveré a verte.

Aquello dolió absurdamente.

—¿Qué?

—Mientras estés cerca de mí, corres peligro.

—¿Así resuelves todo? ¿Decidiendo por los demás?

—Esto no es una discusión.

—Entonces sal de mi tienda.

Daniel me miró.

—Emily…

—Dijiste anoche que querías que la próxima cita fuera decisión mía. Resulta que sólo respetas mis decisiones cuando coinciden con las tuyas.

Se quedó completamente quieto.

—Tienes razón.

No esperaba escucharlo.


Aquella tarde llegó el segundo giro.

Olivia apareció llorando.

—Necesito decirte algo.

—No tengo ganas.

—La cita no fue idea mía.

Me detuve.

—¿Qué?

Sacó su teléfono.

Me mostró mensajes de Jason.

Mi ex.

Él conocía a Olivia desde hacía años.

Había sido Jason quien sugirió enviar mi perfil a un servicio privado de citas utilizado por clientes adinerados.

Y había insistido específicamente en Daniel.

“Brooks jamás aparecerá. Emily se quedará esperando como idiota.”

Pero había otro mensaje.

Enviado después de que Daniel y yo saliéramos del restaurante.

“¿BROOKS REALMENTE FUE? Mándame fotos.”

Sentí frío.

—¿Le enviaste alguna?

Olivia comenzó a llorar.

—Una.

La fotografía que aquellos hombres habían traído.

—¿A quién se la mandó Jason?

—No sé.

Daniel sí lo averiguó.

Jason debía dinero.

Mucho.

A hombres vinculados con Victor Salerno.

La cita no había comenzado como una trampa criminal, pero Jason había vendido nuestra fotografía en cuanto descubrió que podía utilizarla para reducir su deuda.


Esa noche Daniel volvió a la librería.

—Jason está a salvo —dijo—. Y bajo custodia policial.

—¿Policial?

—Entregué información sobre Salerno.

Lo miré sorprendida.

—Pensé que ustedes resolvían estas cosas de otra manera.

Daniel sostuvo mi mirada.

—Estoy intentando resolverlas de una manera que no te obligue a preguntarte qué clase de hombre tienes delante.

Aquello me dejó sin palabras.

La información que entregó inició una investigación que llevaba años estancada.

Jason terminó cooperando.

Salerno fue acusado meses después junto con varios de sus hombres.

Y Daniel hizo algo que nadie esperaba.

Comenzó a separar sus negocios legítimos de las personas que durante años habían mantenido su apellido rodeado de miedo.

No ocurrió rápidamente.

Tampoco fue limpio.

Pero ocurrió.


Seis meses después, Daniel entró en Maple Street Books.

—Tengo una pregunta.

—¿Otra cita?

—Más grave.

Sacó un documento.

Lo miré.

Era una oferta de venta de la librería.

—¿Qué hiciste?

—Nada. Hablé con el señor Maple.

—Daniel.

—Déjame terminar.

Señaló una segunda página.

Era una carta de un banco.

Mi solicitud de préstamo había sido aprobada.

A mi nombre.

Sin Daniel como garante.

—¿Cómo?

—El señor Maple aceptó financiar parte de la venta. El banco cubrirá el resto. Yo sólo conseguí que todos se sentaran en la misma habitación.

—¿Por qué?

Daniel sonrió.

—Porque si te regalara la tienda, me golpearías con un diccionario.

—Con uno grande.

—Eso pensé.


Compré Maple Street Books ese otoño.

Un año después, Daniel y yo seguíamos juntos.

Dos años después, nos casamos allí mismo, entre las estanterías.

Olivia no volvió a ser mi mejor amiga.

La perdoné, pero aprendí que perdonar no obliga a restaurar una amistad.

Jason desapareció definitivamente de mi vida.

Y Daniel…

Daniel nunca dejó de ser un hombre complicado.

Pero tampoco volvió a decidir por mí.

A veces, cuando alguien reconocía su apellido y bajaba la voz, yo recordaba nuestra primera cena.

Mis amigas pensaron que el chiste consistía en enviar a una librera común y corriente a cenar con el hombre más temido de Boston.

Pero se equivocaron desde el principio.

Porque Daniel jamás se rio de mi vestido barato.

Ni de mis zapatos viejos.

Ni de mi trabajo.

Ni de mí.

Las únicas personas que creyeron que yo era demasiado poca cosa para aquella mesa fueron las mismas que decían ser mis amigas.

Y Daniel Brooks, de todos los hombres posibles, fue quien me enseñó algo que tardé demasiado en aprender:

La persona correcta no necesita convertirte en alguien extraordinario para quererte.

Simplemente ve el valor que ya estaba allí.

Aquella noche entré al Grand Oak creyendo que yo era el remate de una broma.

Salí sabiendo que nunca volvería a sentarme en una mesa donde alguien necesitara hacerme pequeña para sentirse grande.

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