Parte 2: EL ÚLTIMO REGALO DE SOFÍA

No entendí las palabras de Sofía hasta mucho después.

—Ethan, tienes que ser feliz.

La abracé con más fuerza, pero ella se apartó suavemente.

—No me abraces como si estuvieras despidiéndote de mí —dijo.

—¿Qué quieres que haga?

—Por primera vez en tu vida, haz algo sin pensar en lo que los demás esperan de ti.

Mi padre dio un paso hacia nosotros.

—Sofía, esto no tienes que soportarlo. Podemos cancelar todo y…

—Ya está cancelado, señor Cole.

Ella tomó su bolso.

—No voy a montar una escena. No quiero que nadie me recuerde como la mujer que lloró frente a todos por un hombre que ya había elegido a otra.

Sentí que aquellas palabras me atravesaban.

—No la elegí a ella —susurré—. Te fallé a ti.

Sofía me miró durante varios segundos.

—Eso es justamente lo que todavía no entiendes.

Se marchó.

Yo me quedé inmóvil.

Entonces Nathan se acercó y me entregó un sobre.

—Me pidió que te lo diera después de que se fuera.

Lo abrí con las manos temblorosas.

Dentro había una fotografía.

Maya y yo aparecíamos juntos, mucho antes de aquella noche.

Leí la nota que había detrás.

“Pregúntale a Maya por qué desapareció hace seis años.”

Levanté la cabeza.

—¿Qué significa esto?

Nathan negó con la cabeza.

—No lo sé.

Llamé a Maya.

No contestó.

Volví a llamar.

Nada.

Entonces recibí un mensaje suyo.

“Nos vemos en el viejo café. Tenemos que hablar.”

Fui inmediatamente.

Maya estaba sentada junto a la ventana.

Parecía haber envejecido diez años desde aquella mañana.

—¿Por qué Sofía sabe de nosotros? —pregunté.

Maya bajó la mirada.

—Porque ella fue quien me pidió que volviera.

Me quedé helado.

—¿Qué?

—Hace seis meses me encontró. Sabía todo sobre nosotros.

—¿Cómo?

Maya respiró profundamente.

—Porque hace seis años, cuando desaparecí, Sofía ya estaba en tu vida.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene. Ella descubrió que tú seguías enamorado de mí. Y también descubrió que yo había recibido una oferta para irme a Londres.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

Maya apretó los labios.

—Porque Sofía me pidió que no lo hiciera.

—¿Qué?

Maya sacó otro sobre.

—Ella pagó mi boleto y me consiguió el trabajo.

Lo abrí.

Había documentos, correos y una transferencia bancaria.

Pero había algo más.

Una carta escrita por Sofía.

“Ethan necesita creer que puede ser feliz sin ti. Si algún día ambos siguen sintiendo lo mismo, no voy a impedirlo.”

Sentí un vacío en el pecho.

—Entonces… ¿por qué aceptó casarse conmigo?

Maya me miró con lágrimas en los ojos.

—Porque creyó que con el tiempo llegarías a amarla.

El teléfono vibró.

Era Nathan.

—Ethan, tienes que venir a casa de Sofía.

—¿Por qué?

—Encontré algo que ella dejó para ti.

Cuando llegué, Sofía estaba esperándome en la sala.

Sin vestido blanco.

Sin maquillaje.

Sin aquella sonrisa tranquila.

Solo estaba ella.

—Siéntate.

Obedecí.

Sofía puso una carpeta sobre la mesa.

—No te voy a pedir que regreses conmigo.

—Entonces, ¿qué es esto?

—La verdad.

Abrió la carpeta.

Había una fotografía mía y de Maya tomada diez años atrás.

—La encontré cuando tenía diecinueve años —dijo—. Ustedes dos ya estaban enamorados. Solo que ninguno tenía el valor de decirlo.

—Sofía…

—Escúchame.

Su voz tembló por primera vez.

—Yo te amé, Ethan. De verdad. Pero siempre supe que había una parte de ti que no era mía.

Bajé la cabeza.

—Lo siento.

—No quiero que vuelvas a decirlo.

Entonces apareció el último giro.

Sofía sacó un documento.

—La noche que te casabas conmigo, yo ya había cancelado todo.

La miré confundido.

—¿Qué?

—La boda estaba cancelada desde las seis de la mañana.

—Pero…

—Los proveedores recibieron el aviso. Tus padres también. Nathan lo sabía.

Miré hacia Nathan.

Él bajó la cabeza.

—Ella me pidió que no te dijera nada.

—¿Por qué?

Sofía sonrió con tristeza.

—Porque quería saber qué harías cuando nadie te obligara a elegir.

El silencio fue absoluto.

—Y elegiste a Maya.

Me cubrí el rostro.

—No sé cómo agradecerte.

Sofía negó con la cabeza.

—No me agradezcas. Solo aprende algo de esto.

Se levantó.

—No confundas amar a alguien con tener derecho sobre su vida.

Pasaron seis meses.

Maya y yo no tuvimos una boda inmediata.

Primero tuvimos que aprender a conocernos de nuevo sin secretos, sin miedo y sin idealizarnos.

Un día, mientras caminábamos por el mismo café donde todo había comenzado, Maya tomó mi mano.

—¿Todavía tienes miedo?

—Muchísimo.

Ella sonrió.

—Bien. Yo también.

—¿Y entonces?

—Entonces lo intentamos.

Meses después, nos casamos en una ceremonia pequeña.

No hubo fuegos artificiales.

No hubo cientos de invitados.

Solo nuestras familias y algunos amigos.

Y, entre ellos, estaba Sofía.

Cuando terminó la ceremonia, se acercó a nosotros.

—Felicidades.

Maya la abrazó.

Yo también.

Sofía sonrió.

—Ahora sí, Ethan.

—¿Ahora sí qué?

—Ahora sí puedes ser feliz.

Esta vez entendí perfectamente lo que quería decir.

No había ganado a Maya. No había perdido a Sofía. Había aprendido, demasiado tarde, que amar también significa tener el valor de vivir una verdad antes de destruir a alguien con una mentira.

Y esa fue la única oportunidad que Sofía decidió regalarme.

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