Clara no regresó a la enfermería.
Durante tres días, Daniel preguntó por ella.
La primera vez intentó parecer indiferente.
—La mujer que estaba aquí cuando desperté… ¿quién es?
Su madre dejó de doblar la camisa que tenía entre las manos.
—¿Clara?
Daniel sintió otra vez aquella extraña presión en el pecho.
—¿Vivía con nosotros?
—Desde los quince años.
—Ella dijo que ya no era familia.
La señora Foster lo miró largamente.
—Eso tendrás que preguntárselo a ella.
—¿Éramos cercanos?
Su madre soltó una risa triste.
—Daniel, compraste veinte kilos de dulces de leche porque una vez mencionó que los extrañaba.
Él frunció el ceño.
—Eso parece una estupidez.
—Lo fue.
—¿Entonces por qué lo hice?
—Porque estabas enamorado.
Daniel se quedó inmóvil.
Mientras él intentaba comprender una vida que no recordaba, Clara comenzó a investigar.
En su primera vida había descubierto demasiado tarde que los frenos del vehículo militar habían sido manipulados.
Esta vez sabía dónde empezar.
Buscó a Thomas Reed, el mecánico que había revisado el vehículo la mañana del accidente.
Lo encontró empacando.
—¿Se va de la ciudad?
Thomas palideció.
—¿Quién le dijo?
—Nadie.
Clara cerró la puerta detrás de ella.
—Quiero saber qué ocurrió con el vehículo de Daniel Foster.
—Fue un accidente.
—No.
Thomas apartó la mirada.
Clara puso sobre la mesa un sobre.
No contenía dinero.
Contenía una fotografía.
La había encontrado en archivos que recordaba haber descubierto años después en su primera vida.
Natalie hablando con Thomas detrás del depósito de vehículos.
—La próxima fotografía irá a inteligencia militar.
Thomas comenzó a temblar.
—Yo no corté los frenos.
—Entonces dime quién lo hizo.
—Un hombre del general Cole.
Clara dejó de respirar.
No había sido Natalie.
Había sido su padre.
—¿Por qué?
—No lo sé. Sólo me pagaron para cambiar el informe de mantenimiento después del accidente.
—¿Y el mecánico que tocó el vehículo?
Thomas tragó saliva.
—Murió dos días después.
Clara sintió un escalofrío.
En su vida anterior, aquel hombre también había muerto.
Supuestamente en un robo.
Ahora entendía.
Estaban eliminando testigos.
Clara llevó la información al coronel Samuel Foster, padre de Daniel.
Al principio no le creyó.
Hasta que ella mencionó detalles del informe que nunca se habían hecho públicos.
—¿Cómo sabes todo esto?
Clara no podía decirle que ya había vivido aquella tragedia.
—Porque la primera versión del accidente no tiene sentido.
Samuel permaneció en silencio.
Finalmente tomó el teléfono.
—Investigaré discretamente.
—No le diga nada a los Cole.
—¿Crees que el general está implicado?
—Creo que Daniel estaba investigando algo antes de accidentarse.
Samuel levantó la mirada.
Clara recordaba otro detalle.
En su vida anterior, Daniel había pronunciado dos palabras antes de morir.
No sólo su nombre.
También:
“Archivo siete.”
Había tardado años en comprenderlas.
Esta vez no pensaba desperdiciarlos.
Aquella noche alguien entró en el pequeño apartamento de Clara.
Ella escuchó la cerradura.
No encendió la luz.
Tomó el pesado candelabro de la mesa y se escondió junto a la puerta.
Una figura apareció.
Clara levantó el brazo.
—¡Espera!
Reconoció la voz.
—¿Daniel?
Él encendió la lámpara.
—¿Ibas a golpearme?
—Entraste sin llamar.
—Todavía tengo una llave.
Clara se quedó mirando el pequeño objeto en su mano.
Daniel también.
—No recuerdo por qué.
—Porque tú pagaste este apartamento cuando empecé a trabajar.
—¿Por qué?
—Porque eres insoportablemente entrometido.
Una sonrisa apareció fugazmente en su rostro.
Después vio los documentos sobre la mesa.
—¿Estás investigando mi accidente?
Clara los cubrió.
—Vuelve al hospital.
—Natalie dice que estás obsesionada conmigo.
Clara sintió el eco de su vida anterior.
Aquella frase una vez la había destruido.
Esta vez respondió:
—Entonces créela.
Daniel frunció el ceño.
—Eso es lo que no entiendo.
—¿Qué?
—Todos dicen que llevabas años esperando casarte conmigo. Pero desde que desperté haces todo lo posible por alejarte.
Clara lo miró.
—Porque aprendí que el amor no sirve si tengo que suplicar para que alguien me crea.
Daniel no comprendió aquellas palabras.
Pero algo dentro de él sí.
De pronto llevó una mano a la cabeza.
Una imagen apareció.
Lluvia.
Clara dormida sobre una mesa.
Él cubriéndola con su abrigo.
Después otra.
Un árbol.
Su propia voz:
“Cuando vuelva de la misión, nos casamos.”
Daniel tambaleó.
—Te pedí que te casaras conmigo.
Clara palideció.
—¿Lo recuerdas?
—Un fragmento.
Él la miró.

—¿Por qué estás llorando?
Clara ni siquiera había notado las lágrimas.
A la mañana siguiente ocurrió el segundo giro.
Natalie desapareció.
Y también el expediente médico original de Daniel.
Samuel ordenó cerrar las salidas del complejo.
La encontraron tres horas después en la estación de tren.
Natalie no intentó resistirse.
—Mi padre va a matarme —dijo.
Clara se quedó helada.
—¿Tu padre?
Natalie comenzó a llorar.
Entonces confesó.
Su padre había utilizado durante años contratos militares falsificados para desviar fondos. Daniel lo descubrió durante una auditoría.
El general Cole intentó convencerlo de guardar silencio.
Daniel se negó.
Entonces sabotearon su vehículo.
—¿Y tú? —preguntó Clara.
Natalie bajó la cabeza.
—Yo sabía que mi padre había ordenado el accidente.
—¿Y aun así trataste a Daniel?
—Quería protegerlo.
Clara soltó una risa amarga.
—Intentaste apartarme.
—Porque mi padre sabía quién eras.
Clara se quedó inmóvil.
Natalie continuó:
—Daniel había dejado pruebas contigo.
De pronto Clara recordó algo.
La noche anterior al accidente, Daniel le había regalado un viejo ejemplar de El conde de Montecristo.
Ella se había burlado.
—Ya lo tengo.
—Conserva éste.
En su primera vida jamás entendió la insistencia.
Corrió a casa.
Abrió el libro.
Nada.
Revisó el lomo.
Había una pequeña memoria de almacenamiento escondida dentro.
El archivo siete.
Contratos.
Transferencias.
Órdenes firmadas.
Y una grabación de Daniel confrontando al general Cole.
Era suficiente.
El general fue detenido aquella misma noche.
Thomas aceptó declarar a cambio de protección.
Natalie también testificó contra su padre.
No quedó libre de responsabilidad: había ocultado información y manipulado el tratamiento de Daniel para mantenerlo aislado.
Pero tampoco había ordenado el accidente.
La verdad resultó más complicada que el odio que Clara había cargado desde su primera vida.
Esta vez, Daniel sobrevivió.
Pasaron seis meses.
Sus recuerdos regresaron lentamente.
Una mañana encontró a Clara bajo el mismo árbol donde años atrás le había prometido matrimonio.
—Ya lo recuerdo todo.
Clara dejó de respirar.
Daniel sacó del bolsillo una pequeña bolsa.
Dulces de leche.
Ella comenzó a llorar antes de poder evitarlo.
—Gastaste seis meses de ahorros en esos.
—Sí.
—Eras un idiota.
—También recuerdo eso.
Daniel se acercó.
—Recuerdo la noche en que murieron tus padres. Recuerdo cuando llegaste a nuestra casa. Recuerdo tu fiebre. El árbol. La promesa.
Su voz se quebró.
—Y recuerdo despertarme y no saber quién eras.
Clara cerró los ojos.
Había esperado esas palabras durante dos vidas.
Pero Daniel no sacó un anillo.
No le pidió que volviera.
Sólo dijo:
—Lo siento.
Ella abrió los ojos.
—No elegiste olvidar.
—Pero cuando no recordaba, pude haberte escuchado. No lo hice.
Clara negó suavemente.
—Esta vez sí.
Daniel comprendió que hablaba de algo que jamás podría explicarle.
No preguntó.
No se casaron inmediatamente.
Clara se negó.
—Quiero conocerte otra vez.
Daniel sonrió.
—Pensé que me conocías demasiado bien.
—Conocía al hombre que eras.
Le tomó la mano.
—Quiero conocer al que decidiste ser después.
Así que empezaron de nuevo.
Primera cita.
Primer beso.
Primera discusión.
Y, un año después, bajo aquel mismo árbol, Daniel volvió a preguntarle:
—Clara Bennett, ¿quieres casarte conmigo?
Ella sonrió.
Esta vez no había accidente esperándolos.
No había secretos.
No había una mujer intentando separarlos.
Y, sobre todo, no había miedo.
—Sí.
Años después, Daniel nunca supo que Clara había vivido aquella historia dos veces.
Nunca supo que, en otra vida, había muerto entre sus brazos.
Clara decidió no decírselo.
No porque quisiera ocultarle la verdad.
Sino porque aquella vida ya había terminado.
En la primera, había gastado años intentando obligar a Daniel a recordar cuánto la amaba.
En la segunda comprendió algo mucho más importante.
El amor que necesita ser perseguido hasta destruirte deja de ser amor para convertirse en una condena.
Por eso, cuando recibió una segunda oportunidad, Clara no corrió detrás de Daniel.
Buscó la verdad.
Salvó su vida.
Y estuvo dispuesta a marcharse.
Quizá por eso él encontró el camino de regreso por sí mismo.
La primera vez, Daniel recordó a Clara cuando ya era demasiado tarde.
La segunda, la recordó a tiempo.
Pero cuando finalmente estuvieron frente al altar, Clara comprendió que ése no había sido el verdadero milagro.
El verdadero milagro era que, incluso después de olvidar todos sus recuerdos…
Daniel Foster había vuelto a enamorarse de la misma mujer por segunda vez.