Parte 2: LA ÚLTIMA VOTACIÓN

Clara me tomó del brazo antes de que entráramos.

—Si esto se pone raro, nos vamos.

Asentí.

Adrian se levantó en cuanto nos vio.

—Valeria, gracias por venir.

Miré el pastel sobre la mesa.

—¿Mi regalo está ahí?

—Primero quiero hablar contigo.

Hazel bajó la mirada.

—Yo también.

Solté una pequeña risa.

—¿Otra votación?

Adrian no respondió.

Entonces la pantalla se encendió.

La misma pregunta apareció frente a todos:

“¿Debería Adrian pedirle a Valeria que vuelva, o respetar su decisión de terminar?”

Clara apretó mi brazo.

—Esto es una broma, ¿verdad?

—No —dijo Adrian—. Esta vez quiero que sea diferente.

Lo miré fijamente.

—¿Diferente? Llevas tres años dejando que otras personas decidan lo que debería significar nuestra relación.

—Porque pensé que así evitábamos peleas.

—No. Lo hiciste porque nunca quisiste asumir la responsabilidad de elegirme.

El salón quedó en silencio.

Hazel respiró profundamente.

—Valeria, tengo que decirte algo.

Adrian giró hacia ella.

—Hazel…

—No. Ya no.

Ella sacó su teléfono y lo colocó sobre la mesa.

—La primera votación de hace tres años no fue idea del grupo.

Sentí que el pecho se me cerraba.

—¿Qué quieres decir?

Hazel miró a Adrian.

—La hice yo.

Un murmullo recorrió el reservado.

Adrian cerró los ojos.

—Hazel, basta.

—No, Adrian. Ya basta de verdad.

Ella abrió una carpeta de mensajes.

—Yo sabía que tú estabas saliendo con Valeria. También sabía que querías hacerlo público. Por eso hice aquella encuesta.

Sentí un frío recorrerme.

—¿Y las demás?

—Muchas también fui yo quien las propuso. Otras las sugerí discretamente a tus amigos.

Clara soltó una maldición.

—¿Por qué?

Hazel tragó saliva.

—Porque estaba enamorada de Adrian.

Adrian la miró con incredulidad.

—¿Y por eso permitiste que humillaran a Valeria durante años?

—Tú también lo permitiste.

Esa frase lo dejó completamente callado.

Hazel continuó:

—Yo solo abría la puerta. Tú eras quien decidía entrar.

Nadie dijo nada.

Entonces Adrian tomó su teléfono.

—Hay algo más que deben saber.

Abrió el historial de la encuesta del cumpleaños.

—El voto por “novia” no fue de Valeria.

Todos se miraron.

—¿Entonces quién votó? —preguntó alguien.

Adrian levantó los ojos.

—Yo.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Tú?

Asintió.

—Durante treinta segundos vi todos esos votos aparecer. Y cuando vi que nadie te elegía, voté por ti.

Lo miré sin saber qué sentir.

—Pero después te fuiste con Hazel.

—Sí.

Su voz se quebró.

—Porque cuando todos empezaron a reírse, hice lo mismo que había hecho durante tres años. Me escondí detrás de la mayoría.

Bajó la cabeza.

—Y cuando llegué al cine, entendí que acababa de perderte.

Hazel cerró los ojos.

—No fuiste al cine por mí —dijo—. Fuiste porque no tuviste el valor de quedarte.

Adrian no discutió.

Después sacó un sobre de su bolsillo.

—Esto era tu regalo.

Me lo entregó.

Dentro había una pequeña llave y una fotografía de un apartamento.

—Lo compré hace dos meses. Quería pedirte que viviéramos juntos oficialmente.

Miré la fotografía y luego a él.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

—Porque quería hacerlo perfecto.

Solté una risa amarga.

—Adrian, no necesitaba algo perfecto. Necesitaba que me eligieras sin pedir permiso.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Lo sé.

Me quedé en silencio unos segundos.

Entonces empujé la llave hacia él.

—No quiero el apartamento.

Su rostro cayó.

—Entiendo.

—Pero tampoco quiero que terminemos odiándonos.

Levantó la mirada.

—¿Qué quieres entonces?

Respiré profundamente.

—Quiero que aprendas a tomar tus propias decisiones. Sin Hazel. Sin tus amigos. Sin encuestas.

Hazel se levantó.

—Entonces me voy.

Adrian la detuvo con una sola frase.

—No, Hazel. La persona que tiene que irse de mi vida eres tú.

Ella se quedó inmóvil.

—Después de todo lo que hice…

—Precisamente por eso.

Hazel recogió su bolso y salió sin decir otra palabra.

Los demás comenzaron a marcharse poco después.

Uno de los amigos se acercó a mí.

—Valeria, lo siento.

Lo miré.

—No vuelvas a convertir una relación ajena en entretenimiento.

Cuando el salón quedó vacío, solo permanecimos Clara, Adrian y yo.

Clara me dio un abrazo.

—Yo me voy. Pero si vuelves con él, que sea porque tú quieres.

Sonreí.

—Eso haré.

Cuando se cerró la puerta, Adrian se quedó frente a mí.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Adelante.

—¿Todavía me amas?

Miré el pastel que había preparado para mí dos días antes.

—Sí.

Sus ojos se iluminaron.

—Pero eso no significa que volvamos hoy.

Asintió.

—Lo entiendo.

—Si algún día vuelvo contigo, será porque tú me elegiste. No porque diecisiete personas votaron por mí.

Adrian sonrió débilmente.

—Entonces tendré que aprender a vivir con mis propias decisiones.

—Exactamente.

Tomé el cuchillo y corté una rebanada del pastel.

Luego puse el primer trozo en un plato.

—Feliz cumpleaños para mí.

Adrian soltó una pequeña risa.

—¿Puedo comer?

Lo miré unos segundos.

—Solo si esta vez preguntas directamente.

—Valeria, ¿puedo compartir tu pastel?

Sonreí.

—Sí.

Por primera vez en tres años, nadie votó.

Y eso fue precisamente lo que hizo que aquel cumpleaños terminara siendo el más importante de mi vida.

No porque Adrian finalmente me eligiera.

Sino porque, por fin, yo había aprendido a elegirme a mí misma.

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