Parte 2: LA VERDAD DETRÁS DEL MATRIMONIO

Me quedé mirándolo sin saber qué responder.

—¿Enamorarte de su padre?

Julian sostuvo mi mirada.

—Sí.

Solté una pequeña risa nerviosa.

—Julian, nosotros nos casamos por negocios.

—Lo sé.

—Y tú mismo dijiste que no tenía que asumir el papel de madre.

—También lo sé.

Miró a Oliver, que seguía dormido contra mi pecho.

—Pero nunca imaginé que llegarías a quererlo tanto.

Sentí que algo dentro de mí se desarmaba.

—Lo quiero como si fuera mío.

Julian bajó la mirada.

—Eso es precisamente lo que me asusta.

—¿Por qué?

Tardó unos segundos en responder.

—Porque si un día te vas, él no entenderá por qué.

Aquellas palabras me dolieron más de lo que esperaba.

—¿Y tú?

Julian levantó los ojos.

—Yo tampoco.

Antes de que pudiera contestar, Oliver se movió entre mis brazos.

—¿Mamá?

—Aquí estoy.

El pequeño abrió los ojos y miró a Julian.

—¿Papá también se queda?

Julian sonrió por primera vez aquella noche.

—Sí, campeón.

Oliver cerró nuevamente los ojos.

Yo observé a Julian.

—Creo que ya tienes tu respuesta.

Él frunció el ceño.

—¿Cuál?

—Que no pienso irme.

Durante las semanas siguientes, nuestro matrimonio empezó a cambiar de una manera que ninguno de los dos había planeado.

Julian comenzó a llegar temprano a casa.

Algunas noches cenábamos los tres.

Otras, Oliver insistía en que Julian leyera el cuento mientras yo arreglaba flores en la sala.

Hasta que una tarde recibí una llamada que lo cambió todo.

Era un abogado de mi familia.

—Claire, necesitamos hablar sobre el acuerdo matrimonial.

—¿Qué sucede?

—Hay una cláusula que tu familia agregó antes de la boda.

Fruncí el ceño.

—¿Cuál?

Su voz bajó.

—Si el matrimonio termina antes de cumplir dos años, la participación que tu familia transfirió al grupo Hart regresará automáticamente a ustedes.

Me quedé inmóvil.

—Entonces… ¿Julian perdería la empresa?

—Una parte considerable.

Colgué y fui directamente a buscarlo.

Encontré a Julian en su despacho.

—¿Sabías lo de la cláusula?

Él dejó el teléfono sobre la mesa.

—Sí.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Porque no quería que pensaras que estaba contigo por obligación.

Mi corazón se aceleró.

—¿Entonces por qué aceptaste casarte conmigo?

Julian se quedó callado.

Después abrió un cajón y sacó una carpeta.

Dentro había fotografías mías.

En mi estudio.

En exposiciones.

Incluso una donde estaba ayudando a mi abuela años atrás.

—¿De dónde sacaste esto?

—Te conocía antes de nuestra primera cena.

Lo miré completamente sorprendida.

—¿Qué?

—Tu abuela era amiga de mi madre. Cuando murió, mi madre me habló de ti. Dijo que eras la única persona de tu familia que había elegido algo por amor y no por dinero.

Julian tragó saliva.

—Cuando nuestras familias propusieron el matrimonio, acepté por negocios. Pero cuando te vi… ya sabía quién eras.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—¿Y por qué nunca dijiste nada?

—Porque pensé que me rechazarías.

Me acerqué lentamente.

—Julian…

Pero entonces escuchamos un golpe.

Oliver apareció en la puerta con Blue entre los brazos.

—Papá…

Julian se levantó de inmediato.

—¿Qué pasa?

Oliver señaló el pasillo.

—La señora Reed está llorando.

Fuimos hasta la sala.

La señora Reed sostenía un sobre antiguo.

—Encontré esto entre las cosas de Amelia —dijo.

El nombre de Oliver estaba escrito en el frente.

Julian palideció.

Dentro había una carta de Amelia.

No era una carta de despedida. Era una carta que explicaba por qué había elegido a Julian para criar a su hijo.

Amelia sabía que el padre biológico de Oliver había desaparecido y temía que algún día regresara por interés.

Por eso había dejado instrucciones legales para que Julian fuera su tutor definitivo.

Pero había una última sorpresa.

La carta decía que Amelia había descubierto que aquel hombre había intentado acercarse a la familia años atrás para reclamar una parte de la fortuna Hart.

Julian cerró los ojos.

—Por eso nunca volvió.

—Porque no quería a Oliver —susurré.

—Quería dinero.

La verdad terminó de cerrar una herida que había permanecido abierta durante años.

Meses después, nuestro matrimonio dejó de ser un contrato.

Una mañana, Julian apareció en mi estudio con Oliver.

El niño llevaba una pequeña caja.

—Mamá, papá tiene algo para ti.

Julian se arrodilló.

—No tengo un contrato nuevo.

Sonreí.

—Menos mal.

Sacó un anillo.

—Tengo una pregunta.

Oliver levantó la mano emocionado.

—¡Dile que sí!

Me reí entre lágrimas.

Julian tomó mi mano.

—Claire, ¿quieres seguir siendo mi esposa cuando ya no exista ninguna empresa que unir, ningún accionista que convencer y ninguna cláusula que nos obligue?

Miré a Oliver.

Después a Julian.

—Sí.

Oliver lanzó los brazos alrededor de nosotros.

—¡Entonces somos una familia de verdad!

Julian me abrazó.

Y en ese instante comprendí algo que jamás habría imaginado el día de nuestra boda.

Yo había entrado en aquella casa pensando que me estaba casando por negocios.

Pero había encontrado algo que ningún contrato podía comprar.

Una familia.

Y esta vez, nadie nos obligaba a quedarnos.

Nos quedábamos porque nos habíamos elegido.

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