Parte 2: DIEZ AÑOS DESPUÉS DESCUBRÍ QUE EL HOMBRE QUE CREÍ ENAMORADO DE MI HERMANA LLEVABA TODA LA VIDA ESPERÁNDOME

Camila retiró la mano del cajón como si se hubiera quemado.

—Solo buscaba un pañuelo.

Gabriel cerró el cajón de golpe.

—Los pañuelos están sobre la mesa.

El rostro de Camila perdió color.

Yo miré de uno a otro.

—¿Qué hay ahí?

—Nada —respondió Camila demasiado rápido.

Gabriel abrió el cajón.

Dentro había un sobre amarillo.

Camila intentó arrebatárselo, pero Gabriel fue más rápido.

—Dámelo —exigió ella.

—¿Por qué?

—Porque es mío.

Tomé el sobre.

Mi nombre estaba escrito en él.

VALERIA RIVERA.

—Parece que no.

Lo abrí.

Dentro encontré un informe médico y varias fotografías.

Las primeras mostraban mi automóvil después del accidente.

Las siguientes me helaron la sangre.

Camila aparecía junto a mi auto aquella misma mañana.

En una imagen estaba inclinada cerca de la rueda delantera.

—¿Qué significa esto?

Camila palideció.

—No sé. Alguien quiere incriminarme.

Gabriel tomó el informe.

Su mandíbula se tensó.

—La policía encontró manipulación en el sistema de frenos.

Sentí que el hospital entero desaparecía a mi alrededor.

—¿Mi accidente no fue un accidente?

Camila retrocedió.

—Vale, no creerás que yo…

La puerta volvió a abrirse.

Entró una mujer de traje gris.

—Señora Zhou, soy Elena Torres, su abogada.

Señora Zhou.

Aquellas dos palabras me hicieron mirar nuevamente mi anillo.

Elena dejó una carpeta sobre la cama.

—Por orden de la señora Valeria, debía entregarle esto si sufría algún accidente sospechoso.

—¿Por orden mía?

—Hace tres semanas.

Gabriel me observó.

—Valeria, ¿qué recuerdas?

Tragué saliva.

—Tengo diecisiete años.

Silencio.

Camila abrió mucho los ojos.

Gabriel se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué?

—Lo último que recuerdo es estar en secundaria. Hoy iba a declararme a Adrián.

Algo extraño atravesó el rostro de Gabriel.

Dolor.

Pero desapareció enseguida.

Elena llamó al médico.

Después de varias pruebas, escuché palabras como “amnesia retrógrada”, “traumatismo” y “recuperación impredecible”.

Mi cuerpo tenía veintisiete años.

Mi memoria, diecisiete.

Cuando finalmente quedamos solos, Gabriel estaba junto a la ventana.

—Entonces realmente no me recuerdas.

—No.

—¿Nada de nosotros?

Negué con la cabeza.

Él respiró lentamente.

—Entiendo.

—Pero necesito saber algo.

Se volvió.

—¿Por qué me casé contigo?

Por primera vez, vi al famoso Gabriel Zhou perder completamente su máscara.

—Porque me amabas.

Solté una risa nerviosa.

—Eso parece imposible.

—Lo sé.

—Además, tú estabas enamorado de Camila.

Sus cejas se fruncieron.

—¿De Camila?

—Vi cómo guardabas su cinta.

Gabriel me miró unos segundos.

Y entonces, increíblemente, se echó a reír.

No una sonrisa.

Una verdadera risa.

—¿Qué tiene de gracioso?

—Valeria… aquella cinta era tuya.

Me quedé muda.

—No.

—Camila te la había quitado esa mañana. Te escuché discutir con ella detrás del gimnasio. Cuando la encontré en el suelo, pensé devolvértela.

Mi corazón dio un golpe.

—Pero nunca lo hiciste.

—Porque cuando fui a buscarte estabas con Adrián.

Ah.

El muchacho al que pensaba confesarme.

Gabriel bajó la mirada.

—Y entendí que llegaba tarde.

Primer giro: durante diez años había creído que Gabriel guardaba un recuerdo de Camila, cuando en realidad había guardado uno mío.

Antes de poder responder, escuchamos gritos en el pasillo.

Camila estaba intentando marcharse.

Dos policías la detuvieron.

—¡Esto es ridículo! —gritó—. ¡Gabriel, diles algo!

Gabriel ni siquiera se movió.

Elena abrió la carpeta.

—Hay más.

Dentro había transferencias bancarias, correos y documentos.

Mi padre había administrado la herencia de mi madre hasta que cumplí veintiún años.

Pero faltaba dinero.

Muchísimo.

—Tu padre y la madre de Camila desviaron fondos durante años —explicó Elena—. Cuando lo descubriste, iniciaste una auditoría.

Miré las cifras.

—¿Y mi empresa?

—La fundaste con la parte de la herencia que lograste recuperar. Después multiplicaste ese patrimonio por tu cuenta.

Sentí algo parecido a orgullo por aquella desconocida que era yo.

—Entonces Camila manipuló mis frenos por dinero.

Elena negó lentamente.

—No exactamente.

Sacó otro documento.

Era una demanda de divorcio.

Mi firma estaba abajo.

Miré a Gabriel.

Él también parecía sorprendido.

—¿Íbamos a divorciarnos?

—No sabía nada de esto —dijo.

Camila soltó una carcajada desde la puerta.

—Claro que no.

Todos la miramos.

Su expresión dulce había desaparecido.

—Ella iba a dejarte.

Gabriel palideció.

—Cállate.

—¿Por qué? ¿No quieres saberlo?

Camila me miró.

—Llevaba meses convenciéndola de que estabas conmigo.

Mi estómago se revolvió.

De pronto aparecieron imágenes sueltas.

Un restaurante.

Camila inclinándose hacia Gabriel.

Una fotografía enviada anónimamente.

Mensajes.

“Gabriel volvió a acompañarme.”

“Gabriel siempre ha sentido algo por mí.”

“Quizás deberías dejarlo libre.”

Me llevé las manos a la cabeza.

—Yo recibí esas fotos.

Gabriel se acercó.

—Valeria.

Y entonces llegó otro recuerdo.

Yo llorando sola en nuestro dormitorio.

Un documento de divorcio frente a mí.

Segundo giro: Camila no había intentado destruir solamente mi fortuna. Había pasado meses destruyendo mi matrimonio.

—¿Por qué? —pregunté.

Camila me miró con odio.

—Porque siempre terminabas quedándote con todo.

Me reí, incrédula.

—¿Yo?

—¡Sí! La herencia era tuya. La empresa era tuya. Gabriel era tuyo. Incluso papá empezó a sentirse culpable cuando descubrió lo del dinero.

—Tu madre y él me robaron.

—¡Mi madre hizo lo necesario por mí!

Los policías la esposaron.

Camila comenzó a forcejear.

—¡Suéltenme!

Entonces Elena añadió:

—Hay una grabación.

Sacó mi teléfono y abrió un archivo guardado en la nube.

Mi propia voz llenó la habitación.

“Camila, sé que alteraste las cuentas. También sé que las fotografías de Gabriel fueron manipuladas. Mañana entregaré todo a la policía.”

Después se oyó la voz de Camila:

“Si haces eso, perderemos todo.”

“Eso ya no es mi problema.”

“Entonces quizá deberías preocuparte por llegar viva a mañana.”

La grabación terminó.

Nadie habló.

Camila dejó de luchar.

Los policías se la llevaron.

Horas después, mi padre llegó.

Parecía haber envejecido veinte años.

Intentó abrazarme.

Retrocedí.

—Valeria…

—¿Robaste el dinero de mamá?

Bajó la cabeza.

Eso bastó.

—Fue una época difícil.

—No.

Mi voz salió sorprendentemente firme.

—No conviertas una decisión en una desgracia que simplemente te ocurrió.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Quiero arreglarlo.

—Entonces devuelve cada centavo y declara la verdad.

—Soy tu padre.

—Precisamente por eso debiste protegerme.

Se marchó sin que yo lo llamara de nuevo.

Tres días después regresé a la casa que compartía con Gabriel.

Era enorme.

Hermosa.

Y no reconocía absolutamente nada.

En nuestro dormitorio había fotografías de nosotros viajando, riendo, cocinando.

En una, Gabriel me besaba la frente mientras yo sostenía un pastel quemado.

—¿Nosotros éramos felices? —pregunté.

—Mucho.

—Entonces ¿por qué creí las mentiras de Camila?

Gabriel tardó en contestar.

—Porque yo cometí un error.

Lo miré.

—¿Cuál?

—Creí que amarte significaba solucionar tus problemas sin preocuparte.

Se sentó frente a mí.

—Cuando Camila comenzó a buscarme, pensé que podía descubrir qué pretendía. No te dije nada porque quería reunir pruebas. Eso hizo que sus fotografías parecieran reales.

—¿Nunca tuviste nada con ella?

—Nunca.

Luego abrió un cajón.

Sacó una pequeña caja.

Dentro estaba aquella cinta.

Diez años después.

Todavía la conservaba.

Mis ojos ardieron.

—¿Por qué?

Gabriel sonrió apenas.

—Porque fui un adolescente bastante patético.

—Tú eras aterrador.

—Era tímido.

—Nadie pensaba eso.

—Tú tampoco mirabas demasiado bien.

Me reí.

Y algo dentro de mí se quebró dulcemente.

Entonces apareció otro recuerdo.

Una noche lluviosa.

Gabriel esperándome frente a la universidad.

Yo corriendo hacia él.

Su chaqueta sobre mis hombros.

Mi voz diciendo:

“¿Sabes que durante años pensé que estabas enamorado de Camila?”

Y Gabriel respondiendo:

“Durante años pensé que tú terminarías casándote con Adrián.”

Después recordé nuestro primer beso.

Nuestra boda.

El pastel quemado.

Las discusiones.

Las reconciliaciones.

Y finalmente recordé el día anterior al accidente.

Yo había descubierto la verdad sobre Camila.

Había roto los papeles del divorcio.

Había llamado a Gabriel once veces porque necesitaba decirle que lo sentía.

Él no contestó porque estaba llevando a Camila al hospital.

Por eso, cuando desperté, creyó que yo seguía enfadada.

Las lágrimas comenzaron a caer.

—Gabriel.

Él se levantó inmediatamente.

—¿Qué pasa?

—Me acuerdo.

Se quedó inmóvil.

—¿De qué?

Sonreí entre lágrimas.

—De ti.

Sus ojos se enrojecieron.

—¿Todo?

—Lo suficiente.

Lo abracé.

Al principio no reaccionó.

Después me rodeó con los brazos como si hubiera pasado una eternidad conteniéndose.

—Pensé que tendría que enamorarte otra vez.

—Quizá deberías hacerlo de todas formas.

—¿Eso es una amenaza?

—Una condición matrimonial.

Gabriel rio contra mi cabello.

Y entonces comprendí el último giro: aquel día, a los diecisiete años, yo creía que iba a confesarme al protagonista de mi historia. Pero Adrián nunca había sido el protagonista.

Meses después, Camila fue condenada por el sabotaje y por su participación en el fraude. Mi padre devolvió lo que pudo y aceptó declarar contra su esposa. Yo no recuperé la familia que había imaginado de niña.

Construí una mejor.

Mi memoria terminó regresando casi por completo.

Una tarde encontré a Gabriel en nuestro jardín.

Llevaba algo en la mano.

Mi vieja cinta.

—¿Todavía con eso?

—Diecisiete años de inversión emocional.

Se la quité y até mi cabello.

Gabriel me observó como si volviera a tener diecisiete años.

—Ahora sí —dije—. Después de tantos años, puedes devolvérmela.

Él me acercó por la cintura.

—No.

—¿No?

—Prefiero conservar a la dueña.

Lo besé riendo.

Diez años antes había salido de casa con una carta para declararme a un chico.

Nunca llegué a entregársela.

Durante mucho tiempo pensé que aquel accidente temporal me había robado una década de vida.

Pero estaba equivocada.

No había despertado diez años demasiado tarde.

Había despertado justo a tiempo para descubrir que el amor que jamás vi venir llevaba años esperándome en casa.

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