Alejandro permaneció inmóvil con el teléfono entre las manos.
Volvió a mirar el registro de llamadas.
Veintitrés llamadas perdidas de Mariana.
Siete de su padre.
Cuatro del hospital.
Y seis desvíos realizados desde el teléfono de Renata.
El corazón comenzó a golpearle con fuerza.
—No… —susurró—. No puede ser.
Marcó inmediatamente el número de Renata.
Ella respondió al segundo tono.
—¡Alejandro! Justo iba a llamarte. ¿Cómo estás?
Su voz sonaba demasiado tranquila.
—¿Dónde estás?
—En casa. ¿Qué pasó?
—Sube ahora mismo a mi oficina.
Ella guardó silencio apenas un instante.
—¿Ocurrió algo?
—Ahora.
Colgó sin esperar respuesta.
Veinte minutos después, Renata entró con el mismo vestido blanco que había usado durante la última cena en Cancún.
Todavía sonreía.
—¿Qué sucede?
Alejandro giró lentamente el monitor hacia ella.
En la pantalla aparecía el historial de llamadas.
—Explícamelo.
La sonrisa desapareció.
—¿Qué es eso?
—Las llamadas que recibí mientras estábamos en Cancún.
Renata desvió la mirada.
—No entiendo.
Alejandro golpeó el escritorio.
—¡Las rechazaste!
Ella dio un paso atrás.
—Solo…
Respiró hondo.
—Solo intentaba que pudieras descansar.
El silencio fue absoluto.
—¿Descansar?
Alejandro apenas reconocía su propia voz.
—Mi madre estaba muriendo.
Renata comenzó a llorar.
—No sabía que era tan grave.
—¡El hospital llamó cuatro veces!
—Pensé que era una emergencia menor.
—¿Y también pensaste que mi esposa llamaba veintitrés veces por un capricho?
Ella bajó la cabeza.
No respondió.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
—Dime la verdad.
Renata cerró los ojos.
—Tenía miedo.
—¿De qué?
—De que regresaras antes.
Aquellas palabras cayeron como una piedra.
—¿Qué acabas de decir?
—Llevábamos meses planeando ese viaje.
Siempre había algo que interrumpía nuestros momentos.
Tu empresa.
Tu familia.
Mariana.
Tu madre.
Yo…
Se secó las lágrimas.
—Solo quería tenerte para mí durante tres días.
Alejandro sintió una mezcla de rabia y vergüenza.
—¿Así que decidiste quién merecía hablar conmigo?
Renata no respondió.
Porque sabía que cualquier explicación ya era inútil.
En ese instante llamaron a la puerta.
Óscar entró con una carpeta.
—Licenciado…
Se detuvo al ver a Renata.
—¿Interrumpo?
—No.
¿Qué ocurre?
Óscar colocó varios documentos sobre el escritorio.
—El notario que asistió al funeral pidió que le entregáramos esto personalmente.
Alejandro abrió el sobre.
Dentro había una carta escrita por su madre.
Reconoció inmediatamente su letra.
Las manos comenzaron a temblarle.
“Hijo:
Si estás leyendo esto, probablemente ya no estoy contigo.
No quiero que cargues con culpa por mi enfermedad.
Pero sí quiero que sepas una verdad que nunca me atreví a decirte mientras vivía.
Mariana nunca fue simplemente tu esposa.
Fue la hija que yo elegí cuando la vida no me dio una hija propia.
Durante los últimos meses fue ella quien me llevó al hospital, quien me dio mis medicinas y quien me acompañó cuando tú siempre estabas ocupado.
Si algún día la pierdes, no será porque dejó de amarte.
Será porque tú dejaste de verla.”
Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.
Renata observaba en silencio.

Nadie decía una palabra.
Óscar habló con cautela.
—Hay algo más.
Sacó un pequeño sobre sellado.
—Esto estaba junto con la carta.
Alejandro lo abrió.
Dentro encontró un recibo del crematorio.
Y una fotografía.
En ella aparecía Mariana.
Vestía completamente de negro.
Sostenía la urna con las cenizas de su madre mientras caminaba completamente sola hacia el cementerio.
No había ningún miembro de la familia a su lado.
Solo ella.
Detrás de la fotografía había una nota escrita por el director de la funeraria.
“La señora Mariana permaneció junto a doña Elena hasta el último minuto. Cumplió personalmente cada una de sus últimas voluntades. Nos pidió que, si usted aparecía, le entregáramos esta imagen para que supiera quién estuvo realmente presente.”
Alejandro cerró los ojos.
Recordó la segunda noche en Cancún.
La playa.
Las copas.
La risa de Renata.
Mientras él brindaba frente al mar…
Su esposa sostenía la mano de su madre moribunda.
Sintió ganas de vomitar.
Tomó las llaves del coche.
—¿A dónde vas? —preguntó Renata.
Él la miró por última vez.
Ya no veía a la mujer que había confundido con una nueva oportunidad.
Solo veía a la persona que había decidido, por egoísmo, silenciar las últimas llamadas de una madre.
—A buscar a Mariana.
Renata dio un paso adelante.
—Alejandro…
Él levantó la mano.
—No vuelvas a entrar en esta oficina.
Ni en mi vida.
Salió sin mirar atrás.
Mientras tanto, a cientos de kilómetros de Monterrey, Mariana terminaba de colocar la urna de doña Elena junto al lago donde ella había pedido descansar.
A su lado estaba don Ernesto.
El anciano observó el agua durante unos segundos.
Después entregó a Mariana una carpeta gruesa.
—Tu suegra quería que esto fuera para ti.
Mariana la abrió lentamente.
Dentro había un testamento fechado apenas dos semanas antes de la muerte de doña Elena.
Cuando leyó la primera página, su respiración se detuvo.
Porque la última voluntad de su suegra no consistía únicamente en repartir una herencia.
Había dejado escrita una confesión capaz de destruir para siempre la imagen que Alejandro tenía de toda su familia… y esa verdad todavía no había salido a la luz.