Daniel miró la pantalla de mi teléfono y, por primera vez desde que lo conocía, pareció quedarse sin palabras.
—Clara, ¿qué estás haciendo?
—Calculando.
Deslicé el dedo por la pantalla.
—Treinta y seis meses de transferencias. Alquiler de Emily, comida, matrícula, transporte, médicos, viajes y varias compras que Daniel nunca me explicó.
Él soltó una risa nerviosa.
—No puedes venir ahora con una lista de gastos y decir que me debes dinero.
—No he dicho que me debas tú.
Levanté la mirada.
—Dije que me lo debe tu familia.
Su expresión cambió.
—Eso es absurdo.
—Entonces llamemos a tu madre.
Daniel se quedó inmóvil.
Antes de que pudiera reaccionar, marqué el número que conocía de memoria.
Su madre contestó casi inmediatamente.
—¿Daniel? ¿Ya le transferiste a Emily?
Puse el altavoz.
—No —respondí yo.
Hubo un silencio.
—¿Clara? ¿Por qué tienes el teléfono de Daniel?
—Porque estamos juntos en el registro civil. Acabamos de divorciarnos.
—Eso ya lo sé. Pero Emily necesita su dinero.
Respiré profundamente.
—Precisamente de eso quiero hablar.
—No hay nada que hablar. Daniel siempre se ha encargado de eso.
Miré a Daniel.
Él bajó los ojos.
—No, señora Cross —dije—. Yo me encargaba. Daniel solo me pedía que lo hiciera.
Su madre comenzó a protestar, pero la interrumpí.
—Tengo todos los comprobantes. Tres años completos.
—¡Eso era una ayuda familiar!
—¿Familiar?
Solté una pequeña risa.
—Entonces tengo una pregunta. ¿Por qué las transferencias salían exclusivamente de mi cuenta?
Nadie respondió.
Y entonces llegó el primer giro.
Daniel me arrebató el teléfono.
—¡Ya basta!
Pero yo ya había enviado los comprobantes a mi correo.
—Tranquilo. No necesito discutir.
Saqué otro documento de mi bolsa.
—Solo necesito esto.
Daniel palideció.
Era una copia del contrato de compraventa de mi apartamento.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Mucho.
Le mostré la última página.
—Durante el divorcio descubrí que habías intentado reclamar parte de esta propiedad alegando que habías contribuido económicamente a su mantenimiento.
Daniel tragó saliva.
—Eso fue un malentendido.
—No. Fue una mentira.
Segundo giro: el abogado que llevó mi divorcio había encontrado algo todavía peor.
Durante los últimos seis meses, Daniel había estado transfiriendo pequeñas cantidades desde una cuenta conjunta que habíamos abierto al principio del matrimonio hacia una cuenta de su madre.
No eran grandes sumas.
Cincuenta aquí.
Cien allá.
Doscientos después.
Pero juntas superaban los veinte mil.
—¿Sabes qué es lo curioso? —pregunté—. El dinero terminó en una cuenta utilizada para pagar gastos de Emily.
Daniel intentó explicarse.
—Yo pensaba devolvértelo.
—¿Cuándo?
No respondió.
—¿Después de divorciarnos?
Silencio.
—¿Después de que siguiera pagando el alquiler de tu hermana?
Otra vez silencio.
Su madre comenzó a gritar desde el teléfono.
—¡Daniel, no le permitas que te humille así!
Él cerró los ojos.
Entonces dije algo que ninguno esperaba.
—No voy a demandarlos.
Daniel abrió los ojos.
—¿Qué?
—No quiero pasar otro año pensando en ustedes.
Saqué una hoja doblada.
—Mi abogado preparó una propuesta.
Daniel la tomó con manos temblorosas.
—¿Qué es esto?
—El saldo que considero justo.
No le estaba cobrando cada comida ni cada pequeño gasto.
Solo las cantidades transferidas directamente para cubrir obligaciones que correspondían a él y que había asumido yo.
—Dieciocho mil cuatrocientos veinte yuanes.
Daniel levantó la cabeza.
—No tengo ese dinero.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué quieres?
Sonreí.
—Nada de ti.
Su rostro mostró desconcierto.
—¿Nada?
—Solo quiero que firmes que nunca volverás a pedirme dinero para Emily, para tu madre ni para ningún otro miembro de tu familia.
Daniel miró el documento.
—¿Y la deuda?
—La considero el precio de comprar mi libertad.
Durante unos segundos nadie habló.

Finalmente, firmó.
Pero cuando me devolvió la hoja, su teléfono vibró.
Era un mensaje de Emily.
Daniel lo abrió.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Me mostró la pantalla.
Emily había escrito:
“Ya no necesito que paguen mi alquiler. Conseguí trabajo. Y, por cierto, mamá no sabe que encontré las transferencias.”
Fruncí el ceño.
—¿Qué transferencias?
Daniel no contestó.
Emily volvió a escribir.
“Las que papá hacía desde la cuenta de mamá. Descubrí que llevaba meses pagando sus propias deudas con dinero que ustedes enviaban para mí.”
Ese fue el último giro.
Emily nunca había sabido que yo pagaba sus gastos directamente.
Pensaba que Daniel era quien la mantenía.
Y su madre había permitido que ambos creyéramos una versión distinta de la historia.
Miré a Daniel.
Por primera vez, no sentí rabia.
Solo cansancio.
—Parece que tu familia tiene muchas cuentas pendientes entre ustedes.
Él guardó el teléfono.
—Clara…
—No.
Negué con la cabeza.
—Esta vez no.
Caminé hasta mi auto.
Antes de abrir la puerta, escuché que me llamaba.
—¿Y el reloj?
Me giré.
Daniel miró su muñeca.
—¿Qué pasa con él?
—Es tuyo.
—Pero lo pagaste tú.
Sonreí.
—Considéralo mi último regalo.
Subí al auto.
Mientras encendía el motor, mi teléfono recibió una notificación bancaria.
Era mi nómina.
El mismo día había recibido mi nuevo bono trimestral.
Sonreí al ver la cifra.
Por primera vez en tres años, todo ese dinero era solamente mío.
No tendría que transferirlo a Inglaterra.
No tendría que justificar comprarme unos zapatos.
No tendría que pedir permiso para llenar mi propio tanque.
No tendría que escuchar que gastar en mí era irresponsable mientras mantener a otros era una obligación.
Arranqué.
En el espejo retrovisor vi a Daniel parado junto al registro, con el teléfono en una mano y el reloj caro en la otra.
Parecía exactamente lo que siempre había sido.
Un hombre rodeado de cosas que no podía pagar.
Yo, en cambio, tenía un auto viejo, una bolsa gastada y un apartamento que seguía siendo completamente mío.
Y, por primera vez después de mucho tiempo, tenía algo mucho más valioso.
La tranquilidad de no deberle nada a nadie.
Aceleré y dejé atrás el registro civil.
No volví a mirar.