Chloe no tardó ni tres días en convertirse en mi sombra.
Me esperaba después de clase.
Me dejaba pan sobre el escritorio.
Preguntaba si había dormido bien con esa expresión compasiva que empezaba a provocarme urticaria.
Lo peor era que Nora lo veía todo.
El jueves, durante el almuerzo, Chloe puso una caja frente a mí.
—Te preparé esto.
Ni siquiera la abrí.
—No tengo hambre.
—Ethan, no tienes que fingir conmigo.
Levanté la vista.
—¿Fingir qué?
—Que eres fuerte.
Casi me atraganté de la risa.
Entonces vi a Nora al otro lado del comedor.
Estaba comiendo con sus amigas, pero llevaba treinta segundos mirando nuestra mesa.
Bien.
Empujé la caja hacia Chloe.
—Gracias, pero no puedo aceptarla.
—¿Por qué?
Miré a Nora deliberadamente.
—Porque alguien ya se preocupa por si desayuno.
Las orejas de mi pequeño conejo se pusieron rojas.
Chloe siguió mi mirada.
Y entendió.
Su sonrisa desapareció.
Aquella tarde me interceptó detrás del gimnasio.
—Nora no puede salvarte.
—Otra vez con eso.
—Ella te tiene lástima.
Mis ojos se enfriaron.
—Cuida lo que dices.
Chloe dio un paso hacia mí.
—Yo sé lo que eres, Ethan.
—¿Ah, sí?
—Sé que ese moretón te lo hiciste tú mismo.
Por primera vez desde que llegó, dejé de sonreír.
Chloe levantó el teléfono.
En la pantalla había una fotografía tomada desde el edificio de enfrente.
Yo, frente al espejo.
El puño levantado.
Había fotografiado el instante exacto en que me golpeaba.
—Mi tía vive en el bloque de enfrente —dijo—. Estaba probando su nueva cámara aquella mañana. Cuando le hablé de ti, recordó haberte visto.
Guardó el teléfono.
—¿Qué crees que hará Nora cuando descubra que utilizaste la violencia de tu padre para manipularla?
Mi mandíbula se tensó.
—¿Qué quieres?
—Que te alejes de ella.
Solté una risa breve.
—No.
—Entonces se lo enseñaré.
—Hazlo.
Chloe parpadeó.
Probablemente esperaba verme suplicar.
Me acerqué.
—Pero escucha bien. Si quieres destruir lo que tengo con Nora, hazlo diciendo la verdad. No inventes una sola palabra.
—¿No tienes miedo?
Sí.
Muchísimo.
Pero no de Chloe.
Tenía miedo de ver decepción en aquellos ojos limpios que llevaba años persiguiendo.
Aun así, dije:
—Prefiero que Nora me odie conociéndome de verdad a conseguir que se quede mediante una mentira.
Fue la primera vez que comprendí algo desagradable.
Mi actuación había dejado de servirme para acercarme a Nora. Ahora era exactamente lo que podía hacerme perderla.
Al día siguiente decidí decírselo.
Llegué temprano.
Nora estaba sola en el aula.
—Necesito confesarte algo.
Ella cerró el libro.
—Yo también.
Se levantó.
Y colocó su teléfono frente a mí.
La fotografía estaba allí.
Chloe se había adelantado.
Sentí que el estómago se me hundía.
—Nora…
—¿Te golpeaste tú mismo?
No mentí.
—Sí.
—¿Para que yo lo viera?
—Sí.
Sus ojos empezaron a humedecerse.
Prefería recibir cien golpes de Samuel antes que verla así.
—¿Todo fue mentira?
—No.
—¿Las veces que parecías asustado? ¿Cuando bajabas la voz? ¿Cuando fingías que no podías defenderte?
Tragué saliva.
—Parte de eso sí.
Nora retrocedió.
—Ethan, confiaba en ti.
—Lo sé.
—Sentía pena por ti.
Eso dolió más de lo esperado.
—Lo sé.
—¡No, no sabes!
Su voz tembló.
—Cada vez que escuchaba a tu padre romper cosas, me quedaba despierta pensando si estabas bien. Cuando éramos pequeños guardaba dinero por si algún día necesitabas escapar.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
Nora abrió su mochila.
Sacó una vieja libreta.
Entre sus páginas había billetes doblados.
—Empecé a los trece.
No pude hablar.
Ella lloró en silencio.
—Y tú convertiste eso en un juego.
—Nunca fue un juego.
—Entonces, ¿qué era?
La miré.
Ya no tenía sentido esconder nada.
—Quería gustarte.
Nora se quedó quieta.
—¿Qué?
—Te escuché decir que te gustaban los chicos tranquilos. Yo sabía que si me conocías como realmente era…
Me reí sin humor.
—…saldrías corriendo.
—Así que inventaste otra versión de ti.
—Sí.
—Idiota.
—Sí.
—Manipulador.
—También.
Nora se limpió las lágrimas.
—No quiero hablar contigo.
Aquello sí me dejó sin aire.
Pero asentí.
—Está bien.
Y me fui.
Durante dos semanas no la esperé por las mañanas.
No ocupé el asiento detrás de ella.
No le llevé leche caliente.
Dejé de fingir.
Si alguien buscaba pelea, lo miraba como siempre había mirado a la gente.
Si algo me molestaba, lo decía.
Mis notas siguieron subiendo porque la promesa de entrar a la misma universidad seguía existiendo para mí, aunque Nora hubiera dejado de mencionarla.
Entonces ocurrió el segundo desastre.
Samuel apareció borracho frente a la escuela.
—¡Ethan!
Todo el patio miró.
Yo caminé hacia él.
—Vete a casa.
—¿Ahora te avergüenzas de tu padre?
Intentó agarrarme del uniforme.
Le sujeté la muñeca.
Podía derribarlo.
Lo había hecho antes.
Pero Nora estaba a pocos metros.
Solté su brazo.
—No voy a pelear contigo.
Samuel me empujó.
—¡Cobarde!
Volvió a levantar la mano.
Entonces alguien se interpuso.
Nora.
Se plantó frente a mí con las piernas temblando.
—No lo toque.
Me quedé helado.
Samuel también.
—¿Y tú quién eres?
—Alguien que llamará a la policía si vuelve a acercarse a él.
Samuel soltó una carcajada.
Pero varios profesores ya venían corriendo.
Se marchó maldiciendo.

Cuando desapareció, agarré a Nora del brazo.
—¿Estás loca?
—Probablemente.
—Podría haberte golpeado.
—Pero no lo hizo.
—¡Ese no es el punto!
Ella levantó la cabeza.
—Ahí está.
—¿Qué?
—El verdadero Ethan.
Me callé.
Nora sonrió apenas.
—Gruñón. Mandón. Terriblemente arrogante.
—Puedes seguir insultándome.
—Y aun así no golpeaste a tu padre.
Miré hacia otro lado.
—No quería asustarte.
—Ese es tu problema. Sigues decidiendo por mí qué partes de ti puedo soportar.
Aquello me atravesó.
Nora nunca había necesitado un chico dócil. Había necesitado que yo confiara en ella lo suficiente para dejar de actuar.
—Entonces mira bien —dije—. Soy celoso. Tengo mal carácter. Sé pelear. A veces quiero romperle la cara a la gente.
—Eso último ya lo sospechaba.
—Y me gustas desde hace seis años.
Nora dejó de respirar.
Yo también.
Ya estaba.
Sin trucos.
Sin moretones.
Sin sonrisa practicada.
—Te quiero tanto que hice estupideces para convertirme en alguien que creí que podrías querer.
Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas.
—Ethan…
—No tienes que responder.
—Cállate.
Cerré la boca.
Nora se puso de puntillas.
Y me besó.
Fue breve.
Suave.
Pero destruyó seis años de autocontrol.
Cuando se apartó, seguramente tenía la expresión más estúpida de mi vida.
—Eso no significa que estés perdonado —susurró.
—Perfecto.
—Tendrás que recuperar mi confianza.
—Puedo hacerlo.
—Y jamás vuelvas a golpearte para darme lástima.
—Nunca.
Una voz sonó detrás.
—Qué conmovedor.
Chloe.
Nora se giró.
—Gracias por enviarme la foto.
Chloe pareció sorprendida.
—Solo quería protegerte.
—No.
Nora negó con la cabeza.
—Querías demostrar que tú entendías mejor a Ethan.
Chloe palideció.
Entonces llegó el último giro.
—Porque ya lo conocías —añadió Nora.
La miré.
—¿Qué?
Chloe apretó los labios.
Nora había investigado.
Chloe no se había transferido por casualidad. Era hija de la mujer con la que Samuel había vivido durante casi un año después de abandonar temporalmente nuestra casa.
Chloe me había visto entonces.
Yo tenía doce años.
Había visto mis heridas.
Había escuchado las peleas.
Y llevaba años convencida de que debió ayudarme.
—Pensé que podía arreglarlo ahora —admitió Chloe.
La rabia desapareció de mi pecho.
Por primera vez la entendí.
—Llegaste tarde.
Sus ojos se humedecieron.
—Lo sé.
—Pero yo también me equivoqué pensando que necesitaba convertirme en otra persona para que alguien se quedara.
Chloe miró a Nora.
Después a mí.
—Supongo que ninguno necesitaba un salvador.
—No —dijo Nora—. A veces solo necesitamos que alguien permanezca cerca mientras aprendemos a salvarnos nosotros mismos.
Ese año denuncié formalmente a Samuel con ayuda de un profesor y de servicios sociales.
Dejó la casa.
Mi madre, que llevaba años trabajando en otra ciudad y enviando dinero sin saber cuánto había empeorado todo, regresó y pidió el divorcio.
Por primera vez, nuestro apartamento quedó en silencio.
Un silencio verdadero.
No el silencio anterior a un golpe.
Uno tranquilo.
Chloe dejó de intentar rescatarme y, sorprendentemente, terminó convirtiéndose en amiga de Nora.
Yo nunca confié completamente en ella.
Ella decía que era porque yo era rencoroso.
Yo decía que era instinto de supervivencia.
Nora decía que ambos éramos insoportables.
Un año después llegaron los resultados del examen.
Nora corrió hacia mí agitando el teléfono.
—¡Ethan!
—¿Entraste?
—Sí.
Mi corazón golpeó contra mis costillas.
—¿Y yo?
Ella me miró muy seria.
—No sé.
—Nora.
—Tal vez debiste estudiar más en vez de mirarme durante las clases.
—Nora Ning.
Se echó a reír y me enseñó la pantalla.
Misma universidad.
Misma ciudad.
La abracé tan fuerte que protestó.
—¡Ethan, no puedo respirar!
Aflojé los brazos.
—Lo siento.
—Mentiroso.
La miré.
—Esta vez no.
Nora sonrió.
Y comprendí que aquella era la primera versión de mí que no necesitaba ensayar.
No me había vuelto dócil.
Seguía teniendo espinas.
Seguía enfadándome demasiado rápido.
Seguía queriendo protegerla incluso cuando ella insistía en que podía protegerse sola.
Pero había aprendido algo.
El amor no consistía en esconder las garras para parecer inofensivo.
Consistía en saber cuándo guardarlas porque la persona frente a ti nunca había sido tu enemiga.
Tomé su mano.
—¿Seguimos juntos?
Nora entrelazó sus dedos con los míos.
—Mientras puedas alcanzarme.
Sonreí.
Esta vez de verdad.
—Entonces corre.
Ella echó a correr riendo.
Y yo fui detrás.
Como había prometido.
No porque necesitara que Nora me salvara.
Ni porque quisiera atraparla en mi madriguera.
Sino porque, después de tantos años huyendo de todo lo que podía hacerme daño, por fin había encontrado a alguien junto a quien quería caminar sin fingir quién era.
Y mi pequeño sol, por suerte, decidió esperarme.