Clara pasó el resto de la mañana intentando entender a Gabriel.
No era solamente su comportamiento de aquella noche. Había algo más extraño: aquel hombre parecía conocerla mucho mejor de lo que debería después de tan poco tiempo.
Por la tarde, mientras ordenaba algunas cosas en el apartamento, encontró un sobre negro dentro de un cajón del escritorio.
En el frente estaba escrito su nombre.
CLARA.
Lo abrió con las manos temblorosas.
Dentro había varias copias de documentos, correos impresos y una carpeta con fotografías.
La primera fotografía era de ella.
La segunda también.
La tercera mostraba a su exmarido hablando con un hombre que Clara reconoció inmediatamente.
Era el mismo abogado que había llevado su divorcio.
—¿Qué significa esto?
La voz de Gabriel detrás de ella la hizo girarse.
Él estaba en la puerta.
Clara levantó la carpeta.
—¿Me investigaste?
Gabriel no intentó negarlo.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque antes de casarme contigo necesitaba saber quién eras realmente.
Clara sintió que el enojo le subía al rostro.
—¿Y qué descubriste?
Gabriel caminó hasta la mesa y tomó uno de los documentos.
—Que tu exmarido llevaba años manipulando la historia de vuestro matrimonio.
Clara se quedó inmóvil.
—¿Cómo?
—Le dijo a tu familia que tú rechazabas cualquier acercamiento. También afirmó que tenías problemas emocionales y que eras imposible de complacer.
Clara tragó saliva.
—Eso fue exactamente lo que me hizo creer.
Gabriel la miró fijamente.
—Porque necesitaba que lo creyeras.
Entonces llegó el primer giro.
Gabriel abrió la carpeta y mostró una serie de mensajes.
Su exmarido había estado enviando conversaciones privadas a varias personas, recortándolas para hacer parecer que Clara era quien rechazaba constantemente la relación.
Pero los mensajes completos demostraban otra cosa.
Él había eliminado deliberadamente sus propias respuestas y había manipulado las conversaciones para construir una mentira.
Clara sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿De dónde sacaste esto?
—De una copia de seguridad que tu exmarido olvidó eliminar.
—¿Y cómo la conseguiste?
Gabriel guardó silencio durante unos segundos.
—Porque el abogado que mencionaste en la carpeta trabaja también para mi empresa.
Clara lo miró sorprendida.
—¿Me estás diciendo que conocías a mi exmarido?
—No personalmente.
Gabriel dejó otro documento sobre la mesa.
—Pero conocía su reputación.
Antes de que Clara pudiera responder, sonó el teléfono.
Era su madre.
—Clara, necesitamos hablar.
La conversación terminó diez minutos después.
Su madre había recibido una carta de su exmarido.
Quería reunirse con Clara.
Y aseguraba tener una información que podía destruir su nuevo matrimonio.
Gabriel no intentó impedirlo.
—Ve —dijo simplemente—. Pero no vayas sola.
Clara acudió a la cafetería donde su exmarido la esperaba.
Él parecía nervioso.
—Clara, cometí errores.
—No. Mentiste.
—Yo estaba frustrado.
—Me convenciste de que nadie podría quererme.
Él bajó la mirada.
—Porque estaba convencido de que si tú descubrías la verdad, me abandonarías.
Clara se quedó en silencio.
Entonces él soltó la verdadera bomba.
—Gabriel no se casó contigo por casualidad.
Clara sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
—Hace meses que sabía quién eras.
Cuando regresó al apartamento, Clara enfrentó a Gabriel.
—¿Desde cuándo sabías de mí?
Gabriel no respondió inmediatamente.
Finalmente dijo:

—Desde hace ocho meses.
Segundo giro.
Gabriel había conocido a Clara mucho antes de aquella cafetería.
La había visto una vez defendiendo a una compañera de trabajo frente a un jefe injusto. Después había preguntado discretamente por ella.
—¿Entonces todo fue planeado?
—No —respondió Gabriel—. La decisión de casarnos fue real. Pero antes de conocerte oficialmente quería asegurarme de que no estuvieras rodeada de personas que quisieran aprovecharse de ti.
Clara se quedó mirándolo.
—¿Y por qué nunca me dijiste que sabías todo esto?
—Porque no quería que pensaras que te estaba salvando.
Aquella respuesta la desarmó.
Pero todavía quedaba una última sorpresa.
Gabriel sacó un documento de su bolsillo.
Era un contrato.
—Quiero que lo leas.
Clara lo abrió.
Era una modificación de sus bienes matrimoniales.
Gabriel había separado legalmente sus propiedades para que ninguna pudiera utilizarse contra ella.
—¿Por qué hiciste esto?
Él respondió con absoluta tranquilidad:
—Porque quiero que te quedes conmigo por elección, no porque necesites algo de mí.
Clara sintió que, por primera vez, alguien no estaba intentando convencerla de que debía conformarse.
Estaba ofreciéndole libertad.
Al día siguiente, Clara presentó formalmente las pruebas contra su exmarido y cerró definitivamente aquella etapa de su vida.
Su madre también terminó disculpándose.
—Te exigí que aceptaras menos porque tenía miedo de verte sola —confesó.
Clara sonrió.
—Estar sola nunca fue lo que me hizo daño, mamá. Fue creer que no merecía algo mejor.
Semanas después, Clara y Gabriel regresaron a aquella misma cafetería donde habían hablado por primera vez.
Él dejó dos cafés sobre la mesa.
—Tengo una pregunta.
—¿Otra propuesta de matrimonio?
Gabriel sonrió.
—No. Esta vez quiero hacerlo correctamente.
Sacó una pequeña caja.
Dentro había un anillo sencillo.
—Clara, ¿quieres empezar de nuevo conmigo?
Ella lo miró durante unos segundos.
—¿Después de todo lo que pasó?
—Precisamente por todo lo que pasó.
Clara tomó su mano.
—Sí.
Por primera vez, no aceptó porque tuviera miedo de quedarse sola. Aceptó porque finalmente sabía que podía elegir.
Y Gabriel, el hombre que todos llamaban frío, sonrió.
No porque hubiera ganado.
Sino porque Clara finalmente había dejado de pensar que había algo malo en ella.
Su primer matrimonio le había enseñado a dudar de sí misma.
El segundo le enseñó algo completamente distinto:
Nunca había sido demasiado difícil de amar. Simplemente había estado intentando ser amada por la persona equivocada.
Y esta vez, Clara no tuvo que conformarse.
Tuvo la oportunidad de elegir.