Víctor abrió los ojos por completo.
Durante un segundo, no entendió qué estaba sintiendo.
Después bajó la mirada.
Yo seguía dormido sobre su pecho, con una mano cerrada débilmente contra su camisa y la respiración tranquila.
Su pistola seguía apuntando hacia mi espalda.
Víctor se quedó inmóvil.
—¿Qué demonios…?
La puerta se abrió de golpe.
Paul entró con dos hombres detrás.
—Señor Hayes, tenemos un problema. Los hombres que lo atacaron—
Víctor levantó una mano.
Los tres se detuvieron.
—Salgan.
—Pero, señor—
—He dicho que salgan.
La puerta volvió a cerrarse.
Víctor miró nuevamente hacia mí.
Entonces notó algo que lo hizo fruncir el ceño.
Mi uniforme estaba manchado de sangre.
No era toda suya.
Había sangre seca en mis manos, pero también una pequeña herida en mi palma.
Víctor tomó mi muñeca con cuidado y la examinó.
En ese instante desperté.
Abrí los ojos y me encontré con su rostro a pocos centímetros.
Me incorporé de golpe.
—¡Señor Hayes!
La pistola desapareció de mi vista.
Retrocedí hasta caer sentado en el suelo.
—Lo siento. Yo… no quería…
Víctor se puso de pie lentamente.
—¿Qué hacías aquí?
—Paul me ordenó limpiar el estudio.
—¿Y por qué estabas sobre mí?
Sentí que la cara me ardía.
—Usted me agarró mientras dormía. Estaba teniendo una pesadilla.
Víctor permaneció en silencio.
Entonces preguntó:
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para mí?
—Tres meses.
—¿Y cuánto le debes a mi familia?
—Nada.
Su expresión cambió.
—¿Nada?
Tragué saliva.
—La deuda es de mi hermano Liam.
Víctor apretó la mandíbula.
—Entonces explícame por qué has estado pagando cada mes.
No respondí.
Porque la verdad era demasiado vergonzosa.
—Porque si no lo hacía, iban a lastimarlo.
Víctor se quedó mirándome.
—¿Quién te dijo eso?
—Los hombres que cobran la deuda.
—Yo nunca ordené que te cobraran a ti.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
Antes de que pudiera continuar, escuchamos golpes en la puerta.
Paul entró apresuradamente.
—Señor, encontraron a Liam.
Mi corazón se detuvo.
—¿Dónde?
Paul miró a Víctor.
—En el almacén viejo.
Víctor tomó su chaqueta.
—Vamos.
Yo me levanté.
—Yo también.
—No.
—Es mi hermano.
Víctor me sostuvo la mirada.
—Precisamente por eso.
Aun así, lo seguí.
Cuando llegamos al almacén, encontramos a Liam sentado en una silla, con las manos atadas.
Pero no estaba solo.
Un hombre corpulento permanecía detrás de él.
Sonrió al ver a Víctor.
—Sabía que vendrías.
Víctor no reaccionó.
—Eres tú, Marcus.
Sentí un escalofrío.
Marcus había trabajado para Víctor durante años.
—¿Por qué hiciste esto? —pregunté.
Marcus soltó una carcajada.
—Porque tu hermano debía dinero. Y porque descubrí algo mucho más valioso.
Sacó un sobre.
—Las cuentas de Hayes.
Víctor permaneció completamente quieto.
—¿Estás intentando chantajearme?
—No. Estoy intentando sobrevivir.
Marcus levantó el sobre.
—Tu imperio tiene una grieta. Y yo tengo las pruebas.
Entonces ocurrió el primer giro.
Liam comenzó a reírse.
Todos lo miramos.
—¿Qué te pasa? —pregunté.
Mi hermano levantó lentamente la cabeza.
—Marcus cree que tiene esas pruebas.
Víctor entrecerró los ojos.
Liam continuó:
—Pero yo ya las entregué.
Marcus palideció.
—¿Qué hiciste?
—La deuda nunca fue por juego.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Liam…
Mi hermano me miró.
—Me infiltré en su organización hace meses. Descubrí que Marcus estaba robando dinero y utilizando el nombre de Víctor para extorsionar a empleados.
Víctor miró a Paul.
—¿Es cierto?

Paul sacó su teléfono.
—Tenemos transferencias, grabaciones y cuentas falsas. Estábamos siguiendo a Marcus desde hace semanas.
Marcus intentó sacar un arma.
Pero Paul fue más rápido.
En segundos, Marcus estaba en el suelo.
La policía llegó poco después.
Mientras se llevaban a Marcus, Víctor se acercó a Liam.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Liam bajó la mirada.
—Porque sabía que si te enterabas, ibas a matarlo.
Víctor no respondió.
Luego miró hacia mí.
—Y tú pagaste una deuda que nunca existió.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Pensé que estaba protegiendo a mi hermano.
Víctor guardó silencio unos segundos.
Después sacó un documento.
—Entonces esto es lo que voy a hacer.
Lo puso frente a mí.
Era un contrato.
Lo abrí.
Mis manos comenzaron a temblar.
Víctor había cancelado oficialmente toda la deuda de Liam y había transferido a mi nombre el dinero que había ganado trabajando durante esos tres meses.
—No puedo aceptar esto.
—No es un regalo.
—Entonces, ¿qué es?
Víctor me miró directamente.
—El pago por todo lo que hiciste cuando nadie más tuvo el valor de hacerlo.
Me quedé sin palabras.
Liam se acercó y me abrazó.
—Perdóname.
Cerré los ojos.
—Nunca vuelvas a hacerme pagar tus errores.
—Lo prometo.
Esa noche regresamos a la finca.
Víctor entró en su estudio y se detuvo frente al sofá.
Luego me miró.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Anoche, cuando desperté y te vi sobre mí… pensé que eras una amenaza.
Sonreí nerviosamente.
—¿Y ahora?
Víctor bajó la mirada hacia mí.
—Ahora sé que fuiste la única persona en esta casa que se acercó a mí sin querer nada.
Me quedé quieto.
Él abrió la puerta.
—Puedes irte.
—¿Me está despidiendo?
—No.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Te estoy dando una opción.
Por primera vez desde que había entrado en aquella finca, sentí que podía elegir.
Y elegí quedarme.
Porque aquella noche descubrí que el hombre más temido de la ciudad no necesitaba que alguien le tuviera miedo. Necesitaba, simplemente, que alguien se atreviera a verlo como un ser humano.
Y yo había sido la primera persona en hacerlo.