Parte 2: LA NOCHE EN QUE MI ESPOSO INTENTÓ ARROJARME AL MAR Y DESCUBRIÓ QUE YO NO ERA LA ÚNICA QUE HABÍA ESCUCHADO SU PLAN

Presioné llamar.

Contestaron al segundo tono.

—¿Valeria?

Era mi padre.

Afuera, los pasos de Lucas se detuvieron frente a la puerta.

Hablé tan bajo que apenas me escuché.

—Papá, no preguntes nada. Lucas quiere matarme esta noche. Sus padres están con él. También planean matarlos a ti y a mamá.

Silencio.

Luego escuché cambiar la respiración de mi padre.

—¿Dónde estás?

—En el salón de navegación.

La manija comenzó a moverse.

—Valeria —dijo Lucas desde afuera—. ¿Estás ahí?

Cerré los ojos.

—Papá…

—Escúchame —respondió él—. No estás sola. Busca al capitán Esteban. Dile “Protocolo Azul”. Él sabrá qué hacer.

La puerta se abrió.

Colgué.

Lucas apareció sonriendo.

—¿Qué haces aquí?

Levanté el teléfono.

—Buscaba señal.

Me observó durante unos segundos interminables.

—Pareces pálida.

—Me siento horrible.

Su expresión se relajó.

—Te dije que las pastillas necesitaban tiempo.

Sentí un escalofrío.

Él no sabía que yo sabía.

Todavía.

Lucas me rodeó la cintura.

—Ven. Te prepararé algo caliente.

Mientras caminábamos, fingí tropezar.

—Necesito ir al baño.

—Te acompaño.

—Lucas, por favor.

Solté una pequeña risa.

—Todavía puedo ir al baño sin mi marido.

Me dejó ir.

En cuanto doblé la esquina, aceleré.

Encontré al capitán Esteban cerca del puente.

—Protocolo Azul.

El hombre palideció.

No preguntó nada.

Cerró inmediatamente la puerta detrás de mí.

—¿Qué ocurrió?

Se lo conté.

Cada palabra.

Las pastillas.

La tormenta.

El dinero.

El plan contra mis padres.

Esteban apretó la mandíbula.

—Su padre instaló cámaras de seguridad cuando compró este barco.

Lo miré.

—¿Cámaras?

—En las áreas comunes. Audio incluido.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—Entonces…

—Si hablaron donde usted dice, todo quedó grabado.

Por primera vez desde que había escuchado aquella conversación, pude respirar.

Pero Esteban no sonrió.

—Tenemos otro problema.

—¿Cuál?

—Hace una hora descubrí que alguien manipuló la radio principal.

Sentí frío.

—Lucas.

—Probablemente. Y hay algo más. Dos tripulantes no se presentaron a su turno.

—¿Dónde están?

—No lo sé.

Un golpe resonó detrás de nosotros.

Esteban abrió un compartimento y sacó una radio portátil.

—Voy a contactar a la Guardia Costera por el canal de emergencia.

No alcanzó a hacerlo.

La puerta se abrió violentamente.

Roderick entró acompañado por un hombre de la tripulación.

Pero no era uno de los empleados de mi padre.

Entonces entendí.

Lucas había infiltrado gente propia en el yate.

—Qué decepción, Valeria —dijo Roderick.

Retrocedí.

—¿Dónde está Lucas?

—Buscándote.

El hombre junto a Roderick sujetó al capitán.

Yo corrí.

Salí al pasillo y cerré una puerta metálica detrás de mí.

Escuché gritos.

La tormenta había comenzado.

El barco se inclinaba mientras las primeras gotas golpeaban los cristales.

Llegué a nuestra suite.

Gertrude estaba allí.

Tenía mi bolso abierto sobre la cama.

—Sabía que habías escuchado.

Me quedé inmóvil.

—¿Desde cuándo?

—Desde que crujió aquella tabla.

Sonrió.

—Lucas quiso creer que era el barco. Yo no.

Sacó mi pasaporte.

—Esto ya no te servirá.

Lo rompió.

—Están locos.

—No. Estamos cansados de ser pobres rodeados de gente rica.

—¿Pobres? Lucas tiene empresas, propiedades…

Gertrude soltó una carcajada.

—Lucas tiene deudas.

Aquello me sorprendió.

—¿Qué?

—Más de cuarenta millones.

Se acercó.

—Tu marido no se casó contigo para hacerse rico, querida. Se casó contigo para evitar ir a prisión.

La puerta se abrió.

Lucas apareció.

Ya no sonreía.

—Mamá, sal.

—Ten cuidado.

Cuando quedamos solos, lo miré.

—¿Alguna vez me amaste?

Por un instante vi algo parecido a vergüenza.

Duró poco.

—Al principio pensé que podría.

—¿Y después?

—Después descubrí cuánto valías muerta.

Me ardieron los ojos.

Pero no lloré.

—Mi padre sabe todo.

Lucas se quedó quieto.

—Estás mintiendo.

—Lo llamé.

Su rostro cambió.

Me agarró del brazo.

—¿Qué le dijiste?

—Todo.

Me golpeó contra la pared.

—¡¿Qué le dijiste?!

Entonces sonó una alarma.

Lucas levantó la cabeza.

Por los altavoces apareció la voz de Esteban.

—Guardia Costera notificada. Coordenadas transmitidas.

Lucas me soltó.

—Imposible.

Sonreí pese al miedo.

—Olvidaste algo importante.

—¿Qué?

—Este nunca fue tu barco.

Lucas salió corriendo.

Yo fui detrás de él.

En la cubierta principal, el viento casi me derribó.

Roderick forcejeaba con Esteban.

Gertrude gritaba.

Y a unos metros vi algo que me heló la sangre.

Uno de los tripulantes desaparecidos estaba atado junto a una escalera.

El otro apareció detrás de Roderick y lo derribó de un golpe.

—¡Capitán!

Esteban logró liberarse.

Todo se volvió caos.

Lucas corrió hacia mí.

—¡Esto termina ahora!

Me agarró.

Retrocedimos hacia popa.

Las olas golpeaban el casco.

—Lucas, suéltame.

—Si tú mueres, todavía puedo arreglarlo.

—Ya está grabado.

Se detuvo.

—¿Qué?

—Las cámaras.

Vi el terror aparecer en sus ojos.

Lucas había planeado cada detalle de mi muerte excepto uno: mi padre jamás confiaba plenamente en nadie.

—Mientes.

—Pregúntale al capitán.

Lucas miró hacia Esteban.

Ese segundo fue suficiente.

Le clavé el tacón en el pie y me liberé.

Pero el barco se inclinó violentamente.

Resbalé.

Mi cuerpo atravesó la barandilla abierta.

Grité.

Una mano atrapó mi muñeca.

Lucas.

Quedé suspendida sobre el océano.

Lo miré aterrada.

Durante un segundo absurdo pensé que iba a salvarme.

Entonces sonrió.

—Supongo que al final ocurrió como estaba planeado.

Comenzó a soltarme.

Otra mano apareció.

Esteban me agarró del brazo.

Un tripulante sujetó mi cintura.

Me levantaron justo cuando Lucas intentaba escapar.

No llegó lejos.

Roderick ya estaba reducido.

Gertrude lloraba mientras dos miembros de la tripulación la retenían.

A lo lejos aparecieron luces.

Guardia Costera.

Lucas miró hacia ellas y después hacia mí.

—Valeria, escucha. Podemos arreglar esto.

Me quedé mirándolo.

—Hace diez minutos querías matarme.

—Estaba desesperado.

—También querías matar a mis padres.

—Fue idea de mi padre.

Roderick levantó la cabeza.

—¡Mentiroso!

Gertrude gritó:

—¡Lucas organizó todo!

Los tres comenzaron a acusarse entre sí.

Y entonces Esteban señaló discretamente una cámara sobre la cubierta.

Seguía grabando.


Las autoridades abordaron el yate cuarenta minutos después.

Encontraron los sedantes.

Encontraron documentos falsificados.

Encontraron cuentas bancarias preparadas para recibir transferencias.

Y encontraron algo que ni siquiera yo conocía.

El poder que supuestamente había firmado antes de la boda era falso.

—Su firma fue copiada —me explicó días después un investigador.

Lucas había falsificado documentos durante meses.

Pero hubo un último giro.

La investigación reveló que la supuesta “gente” preparada para sabotear el automóvil de mis padres era el mismo grupo que llevaba meses colaborando con agentes federales para investigar a Lucas por fraude financiero.

Lucas creyó que estaba contratando criminales.

En realidad, estaba entregando pruebas de su propia conspiración.

Mi padre se enteró de aquella investigación dos semanas antes de mi boda.

—¿Y no me dijiste nada? —le pregunté.

Estábamos sentados en la cocina de mis padres.

Él bajó la mirada.

—No tenían pruebas suficientes. Y tú estabas enamorada. Quise creer que estaban equivocados.

Mi madre tomó mi mano.

—Cuando llamaste desde el barco pensé que te perdíamos.

La abracé.

—No me perdieron.

Meses después, Lucas, Roderick y Gertrude aceptaron condenas de prisión tras enfrentarse a cargos por conspiración, fraude, falsificación y tentativa de homicidio.

Yo anulé el matrimonio.

No quise conservar una sola fotografía.

El yate tampoco volvió a parecerme un regalo.

Así que mi padre y yo tomamos una decisión.

Lo vendimos.

Con parte del dinero creamos una fundación para ayudar a víctimas de abuso financiero y violencia dentro de relaciones aparentemente perfectas.

Un año después regresé al océano.

No en un yate.

En un pequeño velero.

Mi padre llevaba el timón y mi madre discutía con él porque juraba que navegaba demasiado rápido.

Yo estaba en la proa cuando mamá me preguntó:

—¿Todavía tienes miedo?

Miré el horizonte.

Durante meses había soñado con aquella noche.

Con la mano de Lucas soltando mi muñeca.

Con el agua negra debajo de mí.

Pero aquella mañana el océano era azul.

Tranquilo.

Hermoso.

—No —respondí.

Mi padre sonrió.

—¿Segura?

Respiré profundamente.

—Sí.

Y era verdad.

Porque finalmente había entendido algo.

Lucas creyó que mi fortuna era lo más valioso que podía quitarme.

Se equivocó.

Mi vida valía más que los 300 millones.

Y aquella noche, cuando intentó arrojarme al océano para quedarse con todo lo que yo tenía, terminó perdiéndolo todo.

Mientras yo, por primera vez en mucho tiempo, recuperé algo que ningún dinero podía comprar.

Mi libertad.

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