Diane alcanzó a sujetar el sobre antes de que Catherine desapareciera por la puerta.
—¡Es mío! —gritó.
Catherine tiró con fuerza, pero el sobre se rasgó y los billetes salieron volando por el pasillo.
Los guardias se detuvieron un instante, sorprendidos.
—¡Recójanlo todo! —ordenó Ravi con voz fría.
Diane soltó el sobre roto. Ya nada importaba.
Si aquel hombre era realmente el jefe de la mafia, esos diez mil dólares podían costarle mucho más que una deuda.
La condujeron hasta una oficina privada dentro del hotel.
Ravi entró unos segundos después.
Cerró la puerta con calma.
—Siéntate.
Ella permaneció de pie.
—No quería faltarle al respeto.
—Pero lo hiciste.
—Lo sé.
Él la observó durante largos segundos.
No veía arrogancia.
No veía interés.
Solo miedo… y agotamiento.
—¿Por qué aceptaste?
Diane respiró hondo.
—Porque mi hermana necesita un tratamiento dental, debemos tres meses de renta y si mañana no pago una parte nos echarán del departamento.
Ravi no respondió.
—Puede investigarlo. No estoy inventando nada.
Él tomó el teléfono.
—Leon.
Un hombre alto apareció casi al instante.
—Verifica todo lo que acaba de decir.
—Sí, señor.
Mientras Leon salía, Catherine era llevada a otra oficina.
Por primera vez desde que comenzó su plan, estaba aterrada.
—¡Yo solo quería darle una lección!
Ravi ni siquiera volteó a verla.
—Después hablaré contigo.
Una hora más tarde, Leon regresó.
—Todo es cierto.
Le entregó una carpeta.
—Los padres murieron hace dos años. Ella abandonó la universidad por un semestre para hacerse cargo de la niña. Tiene dos empleos. Nunca ha tenido antecedentes penales.
Ravi hojeó los documentos.
Luego levantó la mirada.
—¿Y el dinero?
—Las cifras coinciden exactamente con las de las deudas.
Por primera vez en muchos años, Ravi sintió que había juzgado demasiado rápido a alguien.
—Déjanos solos.
Cuando Leon salió, Diane seguía sin atreverse a levantar la cabeza.
—¿Qué va a hacer conmigo?
—Eso depende.
Ella tragó saliva.
—¿Depende de qué?
—De si me dices toda la verdad.
—Ya se la dije.
—¿Ni un solo detalle más?
Diane vaciló.
—Solo…
—Habla.
—Cuando lo besé… usted parecía muy triste.
Ravi frunció el ceño.
—¿Qué?
—Perdón. Sé que suena extraño.
—Continúa.
—No reaccionó como alguien furioso. Por un segundo parecía… solo.
El silencio llenó la habitación.
Nadie se había atrevido a describir a Ravi de esa manera.
Mientras tanto, Catherine intentaba convencer a los guardias.
—Mi padre puede pagar lo que quieran.
Uno de ellos sonrió.
—El señor Ravi no trabaja por dinero.
Ella palideció.
Minutos después fue llevada frente a él.
—Explícate.
—Solo quería vengarme…
—¿Por un rechazo?
—Me humillaste delante de todos.
Ravi cruzó los brazos.
—No.
Su voz fue tranquila.
—Te humillaste tú sola.
Catherine bajó la mirada.
—Compraste a una inocente para convertirla en el blanco de tu venganza.
—Lo siento.
—Demasiado tarde.
Él hizo un gesto.
—Devuélvele los cinco mil restantes.
—¿Qué?
—Y además pagarás todas las deudas de Diane.
Catherine abrió los ojos.
—¡Eso son más de veinte mil dólares!
—Cincuenta mil.
Ella casi gritó.
—¡Eso es absurdo!
—Es el precio de usar a otra persona como arma.
Sin esperar respuesta añadió:
—Y desaparecerás de esta ciudad durante un año. Si vuelvo a verte antes… no volverás a intentar vengarte de nadie.
Catherine comprendió el mensaje.
Firmó la transferencia temblando.
Cuando Diane recibió el comprobante bancario no podía creerlo.
—Esto… esto no puede ser real.
—Ya no debes renta.
Ella miró a Ravi.
—¿Por qué hace esto?
—Porque la persona que debía pagar era Catherine.
—Pero usted pudo quedarse con todo.
Él sonrió apenas.
—No necesito ese dinero.
Diane sintió un enorme alivio.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía.
Ella volvió a tensarse.
—¿Qué significa eso?
—Ahora me debes un favor.
Su corazón volvió a acelerarse.
—¿Qué clase de favor?
—Trabaja para mí durante seis meses.
Ella retrocedió.
—No.
—Ni siquiera sabes haciendo qué.
—Si es algo ilegal…
Ravi soltó una pequeña risa.
—No necesito otra delincuente.
Ella frunció el ceño.
—Tengo una fundación.
Diane quedó desconcertada.
—¿Una… fundación?
—Becas para huérfanos.
Ella creyó haber escuchado mal.
—Necesito alguien que realmente entienda lo que viven esos niños.
—¿Quiere que trabaje allí?
—Medio tiempo.
—¿Y mis otros trabajos?
—Renuncia.

Ella abrió mucho los ojos.
—¿Cómo voy a vivir?
—Te pagaré el triple.
Ese fue el primer gran giro que Diane jamás imaginó.
Aceptó únicamente porque todo parecía legal.
Dos semanas después ya dirigía programas para niños sin hogar.
Descubrió otra cara de Ravi.
Lo veía visitar hospitales en silencio.
Pagar operaciones sin decir su nombre.
Construir escuelas donde nadie quería invertir.
—¿Por qué nadie habla de esto? —preguntó un día.
Leon respondió:
—Porque al jefe no le interesa que lo aplaudan.
Una tarde, Sadi apareció en la oficina.
Ya llevaba los nuevos aparatos dentales.
Sonrió ampliamente.
—¡Mira!
Diane sintió que todo el esfuerzo había valido la pena.
Ravi observó desde la puerta.
Sadi corrió hacia él.
—Gracias por ayudar a mi hermana.
Él parecía incómodo.
—No tienes que agradecerme.
—Sí.
La niña le dio un abrazo.
Era probablemente el primer abrazo sincero que Ravi recibía en muchos años.
Él quedó completamente inmóvil.
Después, muy despacio, le revolvió el cabello.
—Cuida esos dientes.
Sadi rió.
Los meses transcurrieron.
Sin darse cuenta, Diane dejó de temerle.
Y Ravi comenzó a esperar con impaciencia cada conversación con ella.
Hasta que una noche Leon llegó alterado.
—Señor.
—¿Qué ocurre?
—Encontramos al responsable del accidente donde murieron los padres de Diane.
Ella, que acababa de entrar, se quedó helada.
—¿Qué dijo?
Leon colocó un expediente sobre la mesa.
—No fue un accidente.
El aire pareció desaparecer.
—¿Qué…?
—Alguien manipuló los frenos del vehículo.
Diane sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Ravi la sujetó antes de que cayera.
—¿Quién fue?
Leon respiró profundamente.
—El socio de su padre.
Diane rompió en llanto.
Durante dos años había pensado que todo había sido una tragedia del destino.
No.
Había sido un asesinato.
Gracias a las pruebas reunidas por Ravi y sus abogados, el responsable fue arrestado semanas después.
Antes de ser llevado por la policía confesó haber intentado quedarse con la empresa familiar.
Diane escuchó toda la declaración abrazando a Sadi.
Por fin obtuvieron la verdad que tanto habían esperado.
Pasaron seis meses.
El contrato con la fundación terminó.
Diane entró a la oficina de Ravi con una carta.
—Vine a despedirme.
Él dejó de leer.
—¿Despedirte?
—El contrato terminó.
—Lo sé.
—Entonces…
—Quiero ofrecerte uno nuevo.
Ella sonrió.
—¿Otra vez seis meses?
Él negó con la cabeza.
—Toda la vida.
Diane parpadeó.
—¿Qué?
Ravi caminó lentamente hasta ella.
—Aquel beso fue un desastre.
Ella soltó una carcajada.
—Sí.
—Cambió todos mis planes.
—También los míos.
Él tomó su mano.
—Esta vez quiero hacerlo bien.
—¿Cómo?
—Con permiso.
Ella sintió que los ojos se llenaban de lágrimas.
—¿Me estás pidiendo autorización para besarme?
—Después de nuestra primera experiencia… creo que aprendí la importancia de pedirla.
Diane rió entre lágrimas.
—Sí.
Ravi la besó con suavidad.
Muy distinto al caos de aquella noche.
Muy distinto al miedo con el que todo había comenzado.
Cuando se separaron, Sadi apareció asomándose por la puerta.
—¡Lo sabía!
Los dos soltaron una carcajada.
—¿Desde cuándo estás ahí? —preguntó Diane.
—Desde hace rato.
Ravi fingió resignación.
—Creo que ya nos descubrieron.
Sadi sonrió de oreja a oreja.
—Solo quiero preguntar una cosa.
—¿Cuál? —dijo Ravi.
—¿Ahora puedo llamarte cuñado?
Diane se sonrojó.
Ravi, por primera vez delante de todos, sonrió sin reservas.
—Solo por un tiempo.
Sacó una pequeña caja del bolsillo.
Se arrodilló.
—Después podrás llamarme algo mucho mejor.
Abrió la caja revelando un anillo.
—Diane Harper… ¿quieres casarte conmigo?
Ella apenas pudo hablar.
—Sí.
—¿Segura?
—Completamente segura.
Sadi comenzó a aplaudir con todas sus fuerzas.
Meses después celebraron una boda sencilla rodeados por los niños de la fundación.
La renta atrasada quedó muy atrás.
Los aparatos dentales de Sadi terminaron convirtiéndose en una sonrisa perfecta.
Y Diane comprendió que el beso por el que aceptó diez mil dólares no había sido el mayor error de su vida, sino el inesperado comienzo de la familia que jamás creyó volver a tener.