La alarma roja comenzó a parpadear con mayor intensidad.
El pitido del monitor cardíaco se volvió rápido e irregular detrás de la pared falsa.
La anciana dejó de luchar.
—¿Está vivo? —preguntó con un hilo de voz.
La doctora Sao no respondió.
Corrió hacia el ordenador y revisó los datos que aparecían en la pantalla. Su rostro perdió el color al instante.
—Eso no debería estar ocurriendo.
Un golpe seco retumbó detrás de la pared.
Luego otro.
La madre de Xiaoyuan se acercó con las piernas temblorosas.
—Abre esa puerta.
—No sabes lo que estás pidiendo.
—¡He dicho que la abras!
La anciana tomó una bandeja metálica y amenazó con lanzarla contra el cristal del laboratorio.
La doctora Sao comprendió que ya no podría detenerla.
Introdujo una clave en el panel oculto.
La pared se deslizó lentamente y reveló una habitación blanca iluminada por una luz azulada.
En el centro había una cama médica rodeada de cables, tubos y máquinas experimentales.
Xiaoyuan estaba acostado allí.

Su cuerpo estaba inmóvil, pero su pecho subía y bajaba débilmente.
La madre se llevó ambas manos a la boca.
—Hijo mío…
Intentó acercarse, pero la doctora Sao la sujetó.
—No lo toques. Su organismo todavía no es estable.
—Me dijiste que sus órganos habían sido donados.
—Eso era lo que debías creer.
La anciana miró los frascos, las bolsas de sangre y los informes médicos colocados alrededor de la cama.
En cada documento aparecía el nombre de Xiaoyuan junto a un número de proyecto.
—¿Qué hicieron con él?
La doctora Sao apretó los labios.
—Después del accidente, su cerebro seguía funcionando. El director del hospital decidió incluirlo en un tratamiento experimental.
—¿Y tú aceptaste?
—Tú autorizaste todos los procedimientos.
La madre negó con desesperación.
—Yo firmé porque me dijeron que no había esperanza.
—También aceptaste una compensación económica.
El silencio cayó con violencia.
La anciana retrocedió.
La doctora Sao abrió un archivo en el ordenador y mostró una transferencia bancaria realizada pocas horas después del accidente.
—Utilizaste ese dinero para pagar las deudas de tu hijo mayor.
La mujer comenzó a llorar.
—Me dijeron que Xiaoyuan ya estaba muerto.
—No quisiste hacer preguntas porque necesitabas el dinero.
Aquella acusación destruyó las últimas fuerzas de la anciana.
Se acercó lentamente a la cama y tomó la mano fría de su hijo.
—Perdóname.
En ese momento, los dedos de Xiaoyuan se movieron.
La madre levantó la cabeza.
Sus párpados se abrieron con esfuerzo.
—Xiaoyuan…
El joven intentó hablar, pero solo emitió un sonido débil.
La doctora Sao observó el monitor con terror.
—No puede recordar nada. El tratamiento dañó parte de su memoria.
Xiaoyuan giró lentamente el rostro hacia su madre.
Una lágrima descendió por su mejilla.
Después levantó una mano temblorosa y señaló directamente hacia ella.
—Tú… estabas… en el coche.
La anciana quedó paralizada.
La doctora Sao frunció el ceño.
—¿Qué acaba de decir?
Xiaoyuan respiró con dificultad.
—Mamá… provocó… el accidente.
La mujer soltó la mano de su hijo como si acabara de quemarse.
La verdad era aún peor que el experimento.
La madre no solo había firmado los documentos.
Ella sabía exactamente por qué Xiaoyuan había terminado en aquel hospital.
Antes de que pudiera explicarse, las luces del laboratorio se apagaron.
En la oscuridad, se escuchó cómo alguien bloqueaba la puerta desde el exterior.
La voz del director del hospital sonó a través de los altavoces.
—Doctora Sao, cometió un grave error al permitir que el paciente despertara.
Un gas blanco comenzó a entrar por las rejillas de ventilación.
La doctora miró a la anciana con desesperación.
—Ahora quieren eliminar a todos los testigos.