—Presidenta Tang, Sophie Sullivan trabaja ahora para ese proveedor.
Miré la pantalla de la tableta.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tres semanas. Y hay algo más.
Mi secretaria deslizó otro documento.
—El proveedor ha recibido pagos de una de nuestras filiales. Cantidades pequeñas al principio, pero cada mes aumentaron.
Sentí que el aire de la oficina cambiaba.
—¿Quién autorizó esos pagos?
Ella tragó saliva.
—El director Xia.
No dije nada.
Durante unos segundos, solo escuché el ruido lejano de la ciudad detrás de los ventanales.
Entonces sonreí.
—Cancela el desayuno con Adrian.
—¿Quiere que lo cite en la oficina?
—No. Quiero que piense que todavía no sé nada.
Esa misma tarde, ordené una auditoría silenciosa de todas las empresas creadas o adquiridas durante los seis meses que estuve en el extranjero.
A las ocho de la noche llegó el primer informe.
A las ocho y diecisiete, llegó el segundo.
Y a las ocho y treinta y dos, apareció el nombre que esperaba.
Sophie Sullivan no era simplemente una antigua becaria.
Era la sobrina de Daniel Xia, el primo de Adrian y antiguo director financiero del grupo.
Daniel había sido despedido dos años antes por manipulación contable.
Pero aquello no era lo peor.
Mi secretaria abrió una carpeta.
—Presidenta Tang, encontramos algo más. Las empresas utilizadas para desviar el dinero fueron creadas antes de que Sophie entrara a trabajar aquí.
Fruncí el ceño.
—Entonces ella no empezó esto.
—No.
—¿Quién lo empezó?
La secretaria guardó silencio.
Entonces apareció una fotografía en la pantalla.
Adrian.
Con Daniel.
Y con un hombre al que reconocí inmediatamente.
Mi propio tío.
Sentí que los dedos se me enfriaban.
Mi tío había sido quien me había pedido que confiara en Adrian cuando comenzamos nuestra relación.
Había sido él quien había insistido en que Adrian necesitaba convertirse en director del grupo.
Y también había sido él quien, seis meses atrás, me había recomendado estudiar en el extranjero para “ampliar mis horizontes”.
Todo encajó.
No querían apartarme de Adrian. Querían apartarme de la empresa.
Tomé el teléfono y llamé a Adrian.
—Tenemos que hablar.
—¿Ahora?
—Ahora.
Media hora después, entró en mi despacho.
Llevaba la misma expresión tranquila de siempre.
—¿Qué ocurrió?
Puse la fotografía sobre la mesa.
Su rostro cambió.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—Explícame.
Adrian se sentó lentamente.
—Victoria…
—No uses mi nombre para ganar tiempo.
Guardó silencio.
—¿Cuánto dinero sacaste?
—No fue así.
—¿Cuánto?
—Yo no quería hacerlo.
Solté una risa seca.
—Entonces dime quién te obligó.
Adrian cerró los ojos.
—Tu tío.
No me sorprendió.
Pero lo siguiente sí.
—Y Sophie no era mi amante.
Lo miré fijamente.
—¿Qué?
—Ella fue enviada para vigilar los movimientos de la empresa. Su tío la colocó cerca de mí porque necesitaba saber cuánto control conservabas sobre nosotros.
Recordé el asiento del copiloto.
El vaso.
La familiaridad.
La actitud provocadora.
Todo había sido una actuación.
—Entonces, ¿por qué nunca me lo dijiste?
Adrian levantó la mirada.
—Porque al principio pensé que podía solucionarlo solo.
—¿Y después?
—Después descubrí que si hablaba, tu tío destruiría las pruebas y haría que pareciera que yo era el único responsable.
Me quedé en silencio.
—¿Y por eso obedeciste?
—Sí.
—¿Por eso llevaste a Sophie en mi asiento?
Adrian bajó la cabeza.
—Fue una señal.
—¿Una señal para quién?
—Para tu tío. Quería que creyera que yo estaba siguiendo sus órdenes.
Entonces comprendí el segundo giro.
Adrian no había intentado reemplazarme. Había estado tratando de protegerme.
Pero todavía faltaba una pieza.
Abrí la última carpeta.
—Entonces explícame esto.
Era una transferencia enorme.
El dinero había terminado en una cuenta vinculada a mi nombre.
Adrian palideció.
—Eso no lo hice yo.
Mi secretaria entró en ese momento.
—Presidenta Tang, acabamos de confirmar quién autorizó esa transferencia.
Miró a Adrian.
Luego a mí.
—Fue su tío.
Todo quedó claro.
Si la auditoría continuaba, el dinero aparecería a mi nombre y el escándalo destruiría mi reputación.
Mi tío no quería quitarme el grupo.
Quería hacer que pareciera que yo lo había saqueado.
Me levanté.
—Adrian.
Él también se puso de pie.
—¿Sí?
—¿Todavía tienes los registros originales?
Sacó un pequeño dispositivo del bolsillo.
—Todos.
Sonreí.

—Entonces terminemos esto.
Al día siguiente convocamos al consejo.
Mi tío llegó confiado.
Daniel también.
Sophie apareció última.
Cuando entraron, parecía que esperaban encontrarme acorralada.
En cambio, encontraron una pantalla gigante mostrando cada transferencia, cada contrato falso y cada conversación.
Mi tío se puso pálido.
—Victoria, esto es absurdo.
—No.
Pulsé un botón.
En la pantalla apareció su firma digital.
—Esto es contabilidad.
Daniel intentó levantarse.
—¡No puedes acusarnos sin pruebas!
Adrian respondió con calma:
—Precisamente por eso las trajimos.
Sophie dio un paso adelante.
—Yo también tengo algo.
Sacó su teléfono.
—Grabé todas las reuniones con Daniel.
Mi tío la miró horrorizado.
—¡Tú!
Sophie respiró profundamente.
—Me contrataste para destruirla. Pero después descubrí la verdad.
La reunión terminó con la suspensión inmediata de mi tío y Daniel, además de una investigación formal sobre las cuentas involucradas.
Tres semanas después, recuperamos cada centavo.
Sophie renunció voluntariamente y aceptó colaborar con la investigación.
Antes de irse, se acercó a mí.
—Presidenta Tang, entiendo por qué me odió.
—No te odié.
—¿Entonces qué sintió?
La miré.
—Que alguien estaba intentando sentarse en mi lugar.
Ella sonrió.
—Y ahora sé que ese lugar nunca estuvo realmente en peligro.
Cuando todos se fueron, quedamos Adrian y yo solos.
Él se acercó lentamente.
—¿Todavía estás enojada?
—Muchísimo.
—¿Entonces seguimos comprometidos?
Lo miré durante unos segundos.
—Eso depende.
—¿De qué?
—De si vuelves a llevar a otra mujer en mi asiento.
Adrian sonrió por primera vez en meses.
—Nunca más.
Tomé su mano.
Habíamos sobrevivido a una traición que casi destruyó nuestra empresa, nuestra confianza y nuestro futuro.
Pero al final entendí algo.
No había perdido mi lugar. Había descubierto quién realmente merecía estar a mi lado.
Y esta vez, cuando Adrian abrió la puerta del coche, esperó a que yo subiera primero.
El asiento reservado para mí seguía exactamente donde siempre había estado.