Parte 2: EL SECRETO QUE LA FAMILIA VALE HABÍA OCULTADO

Sebastián dio un paso hacia mí.

—Maya, necesito que me digas dónde viven.

—¿Para qué?

—Porque si mi abuelo realmente hizo esto, tú y mis hijos podrían seguir en peligro.

Antes de que pudiera responder, Clarissa soltó una risa seca.

—¿De verdad vas a creerle todo lo que dice?

Sebastián se volvió lentamente hacia ella.

—¿Qué acabas de decir?

Clarissa cruzó los brazos.

—Que quizá ella desapareció voluntariamente. Quizá nunca quiso que supieras de los niños.

—Eso es mentira —respondí.

Sebastián me miró.

—¿Tienes alguna prueba?

Sentí un nudo en la garganta.

—Sí.

Saqué mi teléfono y abrí una carpeta que había conservado durante cuatro años.

Había correos, fotografías de las cartas que envié y registros de llamadas.

Sebastián revisó cada documento.

Entonces llegó al último archivo.

Era una fotografía tomada frente a Vale Tower.

—Ese día tenía cinco meses de embarazo —dije—. El hombre que me recibió se llamaba Richard Hale. Dijo trabajar directamente para tu abuelo.

Sebastián levantó la mirada.

—Richard Hale murió hace dos años.

—¿Qué?

—Accidente automovilístico.

Clarissa palideció.

Sebastián tomó mi teléfono nuevamente.

—Maya, ¿qué te dijo exactamente?

—Que tu familia no quería escándalos. Que tu matrimonio conmigo había sido un error y que estabas a punto de casarte con alguien de tu círculo. Dijo que si insistía, te perjudicaría.

Sebastián cerró los ojos durante un instante.

—Mi abuelo nunca quiso que nos casáramos.

—Eso ya lo sabía.

—No. No lo entiendes.

Sacó su propio teléfono y llamó a alguien.

—Quiero todos los archivos de seguridad de Vale Tower de hace cuatro años. Todos. Y quiero los registros financieros de Richard Hale.

Colgó.

Clarissa se acercó.

—Sebastián, esto es absurdo. Tenemos una cena de compromiso esta noche.

Él la miró.

—Cancélala.

—¿Qué?

—Nuestro compromiso termina aquí.

Clarissa quedó inmóvil.

—¿Por ella?

—No. Por lo que acabas de demostrar.

—¿Qué demostré?

—Que sabes demasiado sobre algo que supuestamente desconocías.

Clarissa retrocedió.

Yo fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Sebastián no respondió.

Diez minutos después llegó un hombre de traje negro y le entregó un sobre.

Sebastián lo abrió.

Su rostro cambió.

—No puede ser.

—¿Qué pasó?

Me entregó una fotografía.

Era Clarissa entrando en Vale Tower cuatro años atrás.

—Ella estuvo allí el mismo día que fuiste a verme.

Miré a Clarissa.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

Sebastián sacó otra fotografía.

—Entraste a la oficina de mi abuelo.

Clarissa comenzó a llorar.

—¡Él me llamó!

—¿Para qué?

Ella guardó silencio.

Sebastián dio un paso hacia ella.

—Habla.

—Tu abuelo sabía que estabas enamorado de Maya. Sabía que querías enfrentarte a tu familia por ella. Me ofreció dinero para convencerte de que ella te había traicionado.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Y aceptaste?

Clarissa bajó la cabeza.

—Sí.

Sebastián apretó la mandíbula.

—¿También sabías de los niños?

—No al principio.

—¿Cuándo lo supiste?

Clarissa empezó a temblar.

—Cuando Maya fue a Vale Tower. Richard me lo contó.

Ese fue el segundo golpe que me dejó sin palabras.

Sebastián la miró horrorizado.

—Entonces sabías que tenía hijos.

—Sí.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Tu abuelo amenazó con destruir a mi familia.

Sebastián dio media vuelta.

—Llama a la policía.

Clarissa comenzó a suplicar, pero él no la escuchó.

Entonces su teléfono sonó.

Era su abogado.

—Sebastián, encontramos algo más. Richard Hale transfirió una cantidad enorme de dinero a una cuenta perteneciente a tu abuelo tres días después de hablar con Maya.

Sebastián cerró los ojos.

Todo encajaba.

Su abuelo había pagado para separarnos.

Había interceptado mis cartas.

Había eliminado mis llamadas.

Y había utilizado a Clarissa para asegurarse de que Sebastián nunca buscara respuestas.

Pero todavía quedaba una pregunta.

—¿Por qué? —pregunté.

Sebastián me miró.

—Porque mi abuelo sabía que yo estaba dispuesto a abandonar el imperio familiar por ti.

Me quedé en silencio.

—Y tenía miedo de perder el control.

Sebastián se acercó lentamente a mis hijos.

Noah lo observaba con curiosidad.

Ivy sostenía su muñeca.

Owen abrazaba su perro de juguete.

Sebastián se agachó frente a ellos.

—Hola.

Noah sonrió.

—Hola.

Sebastián tragó saliva.

—Soy Sebastián.

Owen señaló sus ojos.

—Tienes ojos como yo.

Sebastián soltó una pequeña risa mientras las lágrimas comenzaban a caerle.

—Sí. Creo que sí.

Yo observé la escena sin saber qué sentir.

Después de cuatro años de creer que mis hijos nunca conocerían a su padre, verlo allí parecía imposible.

Sebastián se levantó y me miró.

—No puedo recuperar los cuatro años que perdimos.

—No.

—Pero quiero estar presente en todos los que quedan.

Bajé la mirada.

—No será fácil.

—Lo sé.

—Tendrás que ganarte su confianza.

—Y la tuya.

Lo miré durante varios segundos.

—Especialmente la mía.

Sebastián asintió.

—Entonces empezaré desde cero.

Pasaron meses.

La investigación confirmó cada una de mis palabras. El dinero fue recuperado y los responsables enfrentaron consecuencias legales. Sebastián rompió definitivamente con las personas que habían protegido el engaño y reconstruyó su relación con sus hijos poco a poco.

No intentó comprar mi perdón.

No exigió una segunda oportunidad.

Simplemente apareció cada día.

Un año después, estábamos nuevamente en Central Park.

Noah corría delante de nosotros.

Ivy perseguía una ardilla.

Owen llevaba el mismo perro de juguete que había tenido aquel día.

Sebastián caminaba a mi lado.

—¿Sabes qué pensé cuando te vi aquel día? —preguntó.

—¿Qué?

—Que había perdido mi vida.

Sonreí.

—La habías perdido.

Él tomó mi mano con cuidado.

—Pero me diste la oportunidad de encontrarla otra vez.

Miré a nuestros hijos.

Luego a él.

—No te prometo olvidar el pasado.

—No quiero que lo olvides.

—¿Entonces qué quieres?

Sebastián sonrió.

—Quiero que construyamos algo que sea más fuerte que él.

Y por primera vez en cuatro años, no sentí miedo al futuro.

Porque el secreto que había destruido nuestro matrimonio finalmente había quedado al descubierto.

Y esta vez, nadie volvería a decidir por nosotros.

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