Parte 2: LA VERDAD QUE ADRIAN NUNCA SE ATREVIÓ A DECIR

Durante varios segundos, nadie respiró.

Yo tampoco.

Las palabras de Noah seguían flotando en el pasillo como si alguien hubiera detenido el tiempo.

Adrian me miró.

No había enojo en sus ojos.

Había algo mucho más difícil de enfrentar: vulnerabilidad.

—Noah, ve con Gerald a mi oficina —dijo finalmente.

—Pero…

—Ahora, campeón.

El niño obedeció lentamente, aunque antes de irse me lanzó una última mirada.

Cuando desapareció detrás de la puerta, Adrian se pasó una mano por el rostro.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Porque no quería que te enteraras así.

Sentí que mi corazón golpeaba demasiado fuerte.

—¿Es verdad?

Adrian levantó la mirada.

—Sí.

Una sola palabra.

Y, aun así, cambió todo.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace mucho tiempo.

—Adrian, soy tu secretaria.

—Lo sé.

—Tú eres mi jefe.

—También lo sé.

—Entonces esto no puede ser tan sencillo.

—Nunca dije que lo fuera.

Se acercó un paso, pero se detuvo antes de invadir mi espacio.

—Después de que murió la madre de Noah, me juré que jamás volvería a permitir que alguien entrara en nuestra vida. No podía arriesgarme a que alguien se acercara a él por mi dinero o por mi apellido.

—¿Y yo?

Adrian soltó una risa amarga.

—Tú fuiste el problema.

Fruncí el ceño.

—¿Yo?

—Porque durante dos años nunca me pediste nada. Nunca intentaste impresionarme. Nunca tuviste miedo de decirme que estaba equivocado.

Hizo una pausa.

—Y Noah confió en ti antes que en cualquier otra persona.

Entonces escuchamos un golpe desde la oficina.

Adrian se giró inmediatamente.

Entramos.

Noah estaba junto a Gerald, pero sostenía algo que yo nunca había visto antes.

Un sobre.

—Lo encontré en el escritorio de la abuela —dijo.

Adrian palideció.

—¿Qué sobre?

Noah se lo entregó.

Adrian lo abrió y sacó varias fotografías.

Su expresión cambió.

Alguien llevaba meses siguiendo a Noah.

Había fotografías tomadas frente a la escuela, en el parque e incluso afuera del edificio donde vivía Adrian.

—¿Quién hizo esto? —pregunté.

Adrian no respondió.

Miró la última fotografía.

En ella aparecía una mujer que yo reconocí inmediatamente.

—Es Victoria —susurré.

Victoria era la hermana de Adrian.

La mujer que durante meses había insistido en que Noah debía vivir con ella.

Adrian apretó la mandíbula.

—No puede ser.

En ese momento sonó su teléfono.

—Habla.

Escuchó durante unos segundos.

Su rostro se volvió completamente serio.

—¿Dónde?

Colgó.

—Tenemos que irnos.

—¿Qué pasó?

—Victoria acaba de intentar sacar a Noah del edificio.

Noah se aferró a mi mano.

—No quiero ir con ella.

Adrian se arrodilló frente a él.

—No vas a ir a ninguna parte que no quieras.

Entonces Noah miró a su padre.

—¿Ella puede ser mi mamá?

Adrian cerró los ojos durante un instante.

Luego me miró.

—Eso depende de ella.

Sentí que todos los ojos estaban sobre mí.

Me agaché frente a Noah.

—No puedo prometerte ser tu mamá hoy.

Su rostro cayó.

Pero tomé su pequeña mano.

—Sí puedo prometerte algo. No voy a desaparecer de tu vida solo porque las cosas se complicaron.

Noah sonrió.

Y Adrian me miró como si acabara de darle algo que llevaba años buscando.

La investigación terminó tres semanas después.

Victoria había falsificado documentos para intentar obtener la custodia de Noah y había contratado a un investigador privado para vigilarlo. Su objetivo no era protegerlo.

Era quedarse con el fondo familiar que Adrian había creado para su hijo.

El segundo giro llegó cuando la niñera confesó que Victoria la había presionado para que abandonara el trabajo justo antes de la inundación.

Así había conseguido que Noah terminara en la oficina.

Todo había sido planeado.

Pero Victoria no esperaba que Noah hablara.

Ni que yo estuviera allí.

Ni que Adrian finalmente decidiera enfrentarse a su propia familia.

Meses después, la casa de Adrian ya no parecía la misma.

Había dibujos de Noah pegados en la nevera, juguetes en la sala y una pequeña mochila junto a la puerta.

Yo seguía trabajando, pero Adrian había cambiado las reglas.

Ya no era solamente su secretaria.

Éramos una familia en proceso de aprender a serlo.

Una noche, mientras preparábamos la cena, Noah apareció con Gerald bajo el brazo.

—Papá.

—¿Qué?

—Tengo una pregunta importante.

Adrian suspiró.

—Eso nunca significa nada bueno.

Noah me miró.

—¿Cuándo ella va a vivir aquí?

Me quedé congelada.

Adrian también.

—Noah…

—Solo pregunto.

Adrian me miró directamente.

—Yo también quiero saberlo.

Sonreí.

—Tal vez pronto.

Noah levantó los brazos.

—¡Sabía que funcionaría!

Adrian soltó una carcajada.

Después se acercó a mí.

—¿Estás segura?

Lo miré.

—Nunca he estado más segura de algo.

Adrian tomó mi mano.

—Entonces quiero hacer esto bien.

—¿Qué cosa?

Sacó una pequeña caja de su bolsillo.

Noah comenzó a saltar.

—¡Te dije que lo hicieras!

Adrian negó con la cabeza, riéndose.

Abrió la caja.

No era un anillo enorme ni una joya extravagante.

Era un sencillo anillo de oro.

—No quiero que seas la mamá de Noah porque él lo pidió —dijo Adrian—. Quiero que seas parte de nuestra familia porque nosotros dos te elegimos.

Sentí lágrimas en los ojos.

—Entonces sí.

Noah gritó de alegría y abrazó nuestras piernas.

Adrian sonrió.

Y por primera vez desde que lo conocía, aquel hombre al que todos temían no parecía un jefe criminal ni un hombre poderoso.

Parecía simplemente un padre que finalmente había encontrado un hogar.

Y yo comprendí que aquella mañana, cuando un niño de seis años me señaló frente a todos aquellos hombres peligrosos y dijo que debía convertirme en su mamá, no estaba haciendo una broma.

Sin saberlo, Noah había dado voz al deseo que los tres llevábamos demasiado tiempo escondiendo.

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