Parte 2: LA FIRMA QUE CAMBIÓ SUS VIDAS

Al día siguiente, entré a la sala de juntas de Northstar Biomed con Daniel a mi lado.

Habían pasado cinco años desde que Gabriel había firmado nuestro divorcio creyendo que yo terminaría regresando a él.

Ahora, él estaba sentado al otro lado de la mesa.

Pálido.

Nervioso.

Y acompañado por sus abogados.

—Doctora Foster —dijo uno de ellos—, agradecemos que nos haya concedido esta reunión.

—No hay nada que agradecer —respondí—. Revisemos la propuesta.

Gabriel no dejaba de mirarme.

Finalmente habló.

—Elena… yo no sabía que tú eras la vicepresidenta.

Lo miré sin emoción.

—Nunca preguntaste qué estaba haciendo con mi vida.

Primer giro: Gabriel no estaba allí únicamente para conseguir el contrato.

Su empresa estaba a punto de quebrar.

El contrato con Northstar era su única oportunidad de sobrevivir.

—Si perdemos esta negociación —susurró Gabriel—, cientos de empleados podrían quedarse sin trabajo.

—Eso es responsabilidad de tu empresa, no mía.

Vivian intervino rápidamente.

—Elena, todos cometemos errores. Lo que pasó hace años fue complicado.

—No —la interrumpí—. Fue bastante sencillo.

La miré directamente.

—Tú estabas embarazada. Gabriel quería casarse contigo. Y ambos decidieron que yo era el obstáculo.

Vivian bajó la mirada.

Gabriel apretó los labios.

Entonces coloqué una carpeta sobre la mesa.

—Pero hay algo que ninguno de ustedes sabe.

Gabriel abrió la carpeta.

Su expresión cambió.

Dentro estaban los documentos de la investigación que había realizado nuestro equipo durante los últimos meses.

Northstar había descubierto irregularidades financieras dentro de su compañía.

—¿Qué significa esto? —preguntó.

—Significa que el contrato nunca dependió solamente de mí.

Gabriel palideció.

—Entonces… ¿por qué me trajiste aquí?

—Porque necesitaba comprobar algo personalmente.

Deslicé otro documento hacia él.

Era una transferencia bancaria.

El dinero había salido de una cuenta de su empresa y terminado en una cuenta vinculada a Vivian.

Gabriel se quedó inmóvil.

—Vivian…

Ella se levantó de golpe.

—¡Eso no significa nada!

—Sí significa algo —respondí—. Es parte de la razón por la que tu empresa está en problemas.

Gabriel la miró con incredulidad.

—¿Sacaste dinero de la empresa?

Vivian negó desesperadamente.

—¡Lo hice por nosotros!

Pero entonces apareció el segundo giro.

Uno de los abogados de Gabriel recibió una llamada y salió de la sala.

Regresó menos de un minuto después.

—Gabriel, acaban de confirmar que hay una investigación formal.

Vivian comenzó a llorar.

—No quería que esto terminara así.

Gabriel cerró los ojos.

Durante unos segundos nadie habló.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—Mamá.

Me giré.

Lucas estaba en la puerta.

No lo había invitado.

Daniel lo había visto llegar con Gabriel y había permitido que entrara.

Lucas ya tenía once años, pero en ese momento parecía mucho más pequeño.

—¿Puedo hablar contigo?

Lo miré.

—Claro.

Se acercó lentamente.

—Yo era un niño —dijo—. No entendía lo que estaba pasando.

—Lo sé.

—Papá me dijo que tú nos abandonaste.

Sentí un nudo en la garganta.

—Yo nunca quise abandonarte.

Lucas bajó la cabeza.

—Lo sé ahora.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Encontré una caja vieja en casa. Tenía cartas tuyas.

Gabriel levantó la cabeza.

—Lucas…

—No —respondió el niño—. Quiero terminar.

Me miró.

—Decías que querías verme, que preguntabas por mí, que querías regresar.

Mi corazón se rompió.

—Yo escribí esas cartas durante años.

Lucas empezó a llorar.

—Papá nunca me las entregó.

Ese fue el tercer giro.

Gabriel se quedó completamente inmóvil.

—Yo… —murmuró.

Lucas lo miró con decepción.

—Me dijiste que mamá no quería saber nada de mí.

Gabriel no pudo responder.

Yo respiré profundamente.

—Lucas, nada de esto es culpa tuya.

Él corrió hacia mí.

Por primera vez en cinco años, abrazó a su madre.

Lo sostuve con fuerza.

—Te extrañé muchísimo.

—Yo también, mamá.

Gabriel observó aquella escena en silencio.

Cuando Lucas se apartó, Gabriel se acercó.

—Elena, sé que no tengo derecho a pedirte nada.

—No.

—Pero necesito decirte algo.

Esperé.

—Fui un cobarde.

Su voz se quebró.

—Creí que podía controlar todo. Creí que tú siempre estarías ahí. Y cuando te fuiste, pensé que volverías.

—No volví.

—Lo sé.

Gabriel bajó la mirada.

—Y ahora entiendo por qué.

No respondí.

—No quiero que me perdones —continuó—. Solo quiero que Lucas tenga una relación contigo.

Miré a nuestro hijo.

Luego asentí.

—Eso sí puedo darle.

Gabriel respiró profundamente.

—Gracias.

Vivian fue quien terminó enfrentando las consecuencias legales de las transferencias irregulares. Gabriel cooperó con la investigación y renunció a cualquier intento de recuperar su antigua relación conmigo.

Meses después, su empresa consiguió sobrevivir gracias a una reestructuración independiente, pero nunca recibió el contrato de Northstar.

Yo tampoco regresé a aquella vida.

Daniel y yo continuamos con nuestro matrimonio, nuestra empresa y nuestra familia.

Cuando nació nuestro hijo, Lucas estuvo en el hospital.

Sostuvo al bebé entre sus brazos y sonrió.

—¿Puedo ser un buen hermano?

Daniel se rio.

—Si sobrevives a los pañales, sí.

Yo los observé desde la cama.

Por primera vez, no sentí tristeza por el pasado.

Solo gratitud por haber tenido el valor de comenzar de nuevo.

Semanas después, Lucas me preguntó:

—Mamá, ¿por qué nunca volviste antes?

Le acaricié el cabello.

—Porque necesitaba aprender que ser madre no significaba dejar de ser yo.

Él pensó unos segundos.

—Entonces… ¿ahora puedes ser las dos cosas?

Sonreí.

—Ahora puedo ser todo lo que quiera.

Y esa vez, nadie volvió a decidir por mí.

Porque el día que me hicieron firmar el divorcio, creyeron que estaban quitándome mi familia.

En realidad, sin saberlo, estaban empujándome hacia la vida que siempre había merecido.

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