—La empresa que acabas de intentar borrar del sector… es mía.
No respondí.
Volví a mirar la escritura.
A.C. Ventures.
Treinta y cuatro por ciento de participación beneficiaria.
—¿Desde cuándo? —pregunté finalmente.
Adrian se dejó caer en una silla.
—Desde hace seis años.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—Llevamos cinco años comprometidos.
—Lo sé.
—¿Y durante todo este tiempo me mentiste?
—Sí.
La respuesta fue tan directa que me dolió más que cualquier excusa.
Me levanté.
—Entonces explícame algo. ¿Por qué Sophie?
Adrian apretó la mandíbula.
—Porque ella no era mi amante.
—Eso no responde mi pregunta.
—Era la única persona dentro de Larkspur que sabía lo que realmente estaba pasando.
Me quedé inmóvil.
Adrian abrió otra carpeta.
—Hace tres años, uno de nuestros antiguos socios empezó a desviar dinero de Sterling Group. Descubrí que no podía denunciarlo directamente sin provocar una crisis entre varios accionistas.
—¿Y creaste una empresa fantasma?
—Sí. Compré participaciones de compañías pequeñas y las utilicé para rastrear el dinero.
Pasó varias hojas.
—Larkspur fue creada para adquirir discretamente proveedores vinculados con esa red.
Fruncí el ceño.
—¿Y por qué nunca me lo dijiste?
Adrian bajó la mirada.
—Porque había alguien dentro de Sterling filtrando información.
Aquello cambió todo.
—¿Quién?
Adrian no respondió.
En ese momento mi teléfono vibró.
Era Emma.
—Presidenta, encontramos algo.
Activé el altavoz.
—Habla.
—Revisamos los registros de Larkspur. Hay transferencias hacia cuatro compañías relacionadas con un fondo de inversión llamado Northbridge.
Adrian levantó la cabeza.
—Northbridge…
—¿Lo conoces?
—Sí. Su director financiero es Marcus Sterling.
Sentí un escalofrío.
Marcus era mi primo.
El mismo hombre que había administrado varias de las inversiones familiares mientras yo estudiaba en el extranjero.
—Continúa —ordené.
Emma respiró hondo.
—Hay más. Sophie Lane no entró a Larkspur por recomendación de Adrian. Fue contratada por Marcus hace ocho meses.
Miré a Adrian.
—Entonces Sophie sí estaba trabajando para alguien.
—Exactamente.
Otro mensaje llegó al teléfono de Emma.
—Presidenta… hay un problema. Alguien acaba de intentar borrar los archivos financieros de Larkspur.
Adrian se levantó de golpe.
—No están borrándolos.
Lo miré.
—¿Qué quieres decir?
—Los están trasladando.
Abrió su computadora y conectó una unidad cifrada.
—Preparé una copia de seguridad.
La pantalla mostró cientos de documentos.
Contratos.
Transferencias.
Correos.
Y finalmente una carpeta titulada: STERLING INTERNAL.
La abrí.
Mi respiración se detuvo.
Allí estaban los registros de pagos realizados durante años desde cuentas vinculadas a mi propio grupo.
—Marcus —susurré.
Adrian asintió.
—Pero hay algo que todavía no entiendo.
Abrió el último archivo.
Era una grabación de seguridad.
Mostraba a Sophie entrando en una oficina junto a Marcus.
Ella llevaba una carpeta.
Marcus la recibió y le entregó un sobre.
Entonces Sophie levantó la mirada directamente hacia la cámara.
—Ella sabía que la estábamos observando —dije.
Adrian negó con la cabeza.
—No.
Señaló la fecha.
—La grabación es de dos semanas antes de que tú regresaras.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Entonces, ¿por qué se acercó tanto a ti?
Adrian tardó unos segundos en responder.
—Porque quería que Marcus creyera que ella estaba de su lado.
La puerta se abrió.
Emma entró con el rostro serio.
—Presidenta, Sophie está aquí.
—Hazla pasar.
La joven entró sin maquillaje exagerado, sin aquel aire desafiante de la primera cena.
Se quedó frente a nosotros.
—Sé que descubrieron todo.
—Entonces habla —dije.
Sophie tragó saliva.
—Marcus me contrató para acercarme al señor Cross y descubrir qué estaba haciendo con Larkspur.
—¿Y lo hiciste?
—Sí.
Adrian cruzó los brazos.
—Pero cambiaste de bando.
Sophie asintió.
—Cuando descubrí que Marcus estaba robando dinero de Sterling Group, quise salir. Pero ya tenía demasiada información. Si hablaba, me destruiría.
La miré fijamente.
—¿Por qué no acudiste a mí?
—Porque todos decían que usted no perdonaba las traiciones.
Me quedé en silencio.
Después comprendí algo.

Había pasado meses creyendo que mi mayor enemigo estaba sentado junto a Adrian.
Mientras tanto, el verdadero traidor llevaba mi apellido.
Al día siguiente convocamos al consejo.
Marcus llegó confiado.
—Victoria, esto es absurdo. No puedes convocar una reunión por rumores.
Coloqué una carpeta sobre la mesa.
—No son rumores.
Abrí la primera página.
Luego la segunda.
Y la tercera.
Su rostro perdió color.
—¿De dónde sacaste eso?
—De tu propia red de compañías.
Marcus miró a Adrian.
—Tú.
Adrian respondió tranquilamente:
—Yo.
Marcus intentó levantarse.
Emma cerró la puerta.
—Nadie sale todavía.
Durante las siguientes dos horas, presentamos cada transferencia, cada contrato falso y cada cuenta utilizada para desviar fondos.
Finalmente, Marcus bajó la cabeza.
El consejo votó su destitución y ordenó una auditoría independiente.
Pero todavía quedaba una cosa.
Mi compromiso con Adrian.
Cuando todos se marcharon, él permaneció frente a mí.
—No espero que me perdones hoy.
Lo miré.
—Me mentiste durante seis años.
—Lo sé.
—Y aun así protegiste la empresa.
—Porque también era tuya.
Sonreí débilmente.
—No. Era nuestra.
Adrian levantó la mirada.
—¿Eso significa…?
—Significa que tienes mucho que explicar antes de volver a ponerme un anillo.
Él soltó una pequeña risa.
—Acepto.
Un mes después, Larkspur dejó de ser una empresa secreta.
La convertimos en una división oficial de Sterling Group, con Sophie al frente de cumplimiento corporativo.
Marcus enfrentó las consecuencias legales de sus actos.
Y Adrian me entregó finalmente todos los documentos de A.C. Ventures.
—Nunca más secretos —le dije.
—Nunca más.
Esta vez le creí.
No porque fuera mi prometido.
Sino porque, después de descubrir la verdad, había elegido construir conmigo algo que ya no necesitaba esconderse.
Y cuando meses después caminamos hacia el altar, Adrian tomó mi mano y susurró:
—¿Todavía estás enojada por el asiento del copiloto?
Lo miré con una sonrisa.
—Un poco.
—¿Y por la empresa secreta?
—Muchísimo.
Se rio.
Yo también.
Porque al final descubrí que la chica del asiento de su coche nunca había sido mi rival.
El verdadero enemigo había estado dentro de mi propia familia.
Y esta vez, ninguno de los dos volvió a guardar secretos.