Parte 2: LA PERSONA QUE ENTRABA EN MI HABITACIÓN

Lily levantó lentamente un dedo y señaló hacia el pasillo.

—Es la señora Elena.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Elena era mi hermana mayor.

La mujer que había administrado parte de mis negocios durante años. La persona que conocía mis horarios, mis medicamentos y cada detalle de mi seguridad.

—¿Estás segura? —pregunté.

Lily asintió.

—Siempre usa un perfume que huele como flores mojadas. Y lleva una pulsera que hace clin, clin cuando camina.

Mi mano se cerró alrededor del libro.

Mi hermana usaba exactamente ese perfume. Y siempre llevaba una pulsera de oro con pequeños dijes.

—¿Qué hace cuando viene?

—Se queda junto a tu cama.

—¿Y después?

Lily bajó la voz.

—Te mira.

Sentí un escalofrío.

—¿Me toca?

—No. Pone algo debajo de tu almohada y se va.

Me levanté de golpe.

—Quédate aquí.

—Pero…

—Lily, no salgas de esta habitación.

Abrí la puerta.

El pasillo estaba vacío.

Llamé a seguridad y ordené revisar las cámaras de los últimos tres años. Mientras esperaba, levanté mi almohada.

Debajo había una pequeña caja metálica.

No la había visto jamás.

La abrí.

Dentro había varias bolsitas de hierbas, un pequeño frasco sin etiqueta y una fotografía vieja.

La fotografía mostraba a mi madre, a Elena y a mí cuando éramos niños.

En la parte posterior había una fecha.

La misma noche en que comenzaron mis problemas para dormir.

Primer giro: aquello no había comenzado por casualidad.

—Señor Moretti —dijo uno de los guardias entrando—. Encontramos algo.

Me mostró una grabación.

La imagen era granulada, pero la figura que aparecía entrando en mi dormitorio a las 00:14 era inconfundible.

Elena.

Tres años.

Casi todas las noches.

—Quiero hablar con ella —dije.

—¿Ahora?

—Ahora.

Diez minutos después, Elena apareció en mi biblioteca.

Me miró y palideció al ver la caja sobre el escritorio.

—¿Dónde encontraste eso?

—Debajo de mi almohada.

Su rostro cambió.

—Marco, puedo explicarlo.

—Empieza por decirme por qué llevas tres años entrando a mi habitación.

Elena cerró los ojos.

—Porque alguien estaba intentando matarte.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—No fui yo quien puso esas cosas ahí. Yo las retiraba.

Señaló el frasco.

—Esas hierbas podían interactuar con tus medicamentos. Te habrían hecho mucho daño.

—Entonces, ¿por qué nunca me dijiste?

—Porque no sabía en quién confiar.

—¿Y decidiste entrar a escondidas?

—Porque la primera vez encontré a alguien dentro de tu habitación.

Silencio.

—¿A quién?

Elena tragó saliva.

—A nuestro primo Victor.

Segundo giro: Elena no era la persona que intentaba perjudicarme. Había estado protegiéndome en secreto.

—¿Por qué Victor?

—Porque descubrió que ibas a cambiar tu testamento.

Me quedé helado.

Durante meses había estado preparando una reestructuración completa de la empresa familiar. Elena recibiría una parte importante, pero Victor quedaría prácticamente fuera.

—¿Y qué quería?

—Que parecieras enfermo. Que todos creyeran que tu insomnio era una enfermedad incurable. Si perdías el control de la empresa, él esperaba tomar tu lugar.

Entonces recordé algo.

—Pero las cámaras…

—Las cámaras fueron manipuladas —dijo Elena—. Victor tenía acceso al sistema de seguridad.

Antes de que pudiera responder, escuchamos un ruido en el pasillo.

Elena se giró.

—¿Lily?

Corrí hacia la habitación.

La niña estaba junto a la puerta, abrazando su conejo.

—Señor Moretti…

—¿Qué pasa?

—El señor Victor vino a verme antes.

Mi corazón se detuvo.

—¿Qué te dijo?

Lily señaló su conejo.

—Me preguntó si tú ya estabas dormido.

Tercer giro: Victor sabía que Lily había descubierto sus visitas.

Llamé a seguridad.

Pero antes de que pudieran llegar, las luces se apagaron.

Un golpe seco resonó en la planta baja.

—¡Todos atrás! —grité.

Los guardias corrieron hacia nosotros.

Un minuto después encontraron a Victor intentando salir por la puerta de servicio.

En su bolsillo llevaba una llave maestra y varias bolsas idénticas a las que habíamos encontrado.

La policía llegó poco después.

Las cámaras, los registros y las pruebas físicas terminaron conectándolo con las manipulaciones de seguridad y con los productos que habían agravado mis problemas de sueño.

Pero quedaba una pregunta.

—Elena —dije—. ¿Por qué nunca me contaste?

Ella bajó la mirada.

—Porque sabía que si descubrías que alguien de la familia estaba detrás de esto, ibas a enfrentarlo sin medir las consecuencias. Y tenía miedo de perderte.

Por primera vez en años, abracé a mi hermana.

—Gracias.

Lily apareció detrás de ella.

—¿Entonces ya puedes dormir?

Solté una pequeña risa.

—Creo que sí.

Esa noche, por primera vez en tres años, apagué la computadora antes de medianoche.

Lily se sentó junto a mi cama y abrió su viejo libro.

—¿Otra historia?

—Solo una.

Comenzó a leer.

A los pocos minutos, mis párpados se volvieron pesados.

Antes de cerrar los ojos, escuché su vocecita:

—Buenas noches, señor Moretti.

Sonreí.

—Buenas noches, Lily.

Y dormí.

No por las medicinas.

No por los médicos.

No porque alguien hubiera obligado a mi cuerpo a descansar.

Dormí porque finalmente estaba a salvo.

A la mañana siguiente desperté con el sol entrando por la ventana.

Tres años después, había vuelto a dormir toda la noche.

Y junto a mi almohada encontré una nota escrita con letras infantiles:

“El monstruo ya se fue.”

Debajo había dibujado un conejo gris con una enorme sonrisa.

Por primera vez en mucho tiempo, yo también sonreí.

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