Parte 2: EL DÍA QUE DEJÉ DE COMPETIR CON SU EX, MI NOVIO DESCUBRIÓ QUE YA ME HABÍA PERDIDO PARA SIEMPRE

Adrian miró los pedazos del amuleto como si acabaran de romper algo mucho más importante que una piedra.

—Maya…

No respondí.

Tomé una caja de cartón del armario.

La abrí.

—¿Qué haces? —preguntó Valeria.

—Ayudándolos.

Empecé a guardar la ropa de Adrian.

Camisas.

Zapatos.

Relojes.

Cargadores.

Todo.

Él seguía inmóvil.

—No tienes que hacer esto.

Levanté la vista.

—Sí tengo.

—Estás enfadada.

—No.

Esa era precisamente la diferencia.

Ya no estaba enfadada.

Estaba cansada.

Y el cansancio había terminado donde el amor no había podido hacerlo.

Valeria soltó una risa nerviosa.

—Bueno… al menos eres práctica.

La miré unos segundos.

—¿Sabes qué es lo curioso?

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Que llevas años compitiendo conmigo por un hombre que nunca aprendió a respetar a ninguna de las dos.

Su sonrisa desapareció.

Adrian dio un paso hacia mí.

—No metas a Valeria en esto.

—Siempre la metiste tú.

Seguí llenando la caja.

Cuando terminé, la empujé suavemente hacia él.

—Aquí está todo.

Él no la tomó.

—No quiero irme.

Lo observé con calma.

—Hace una semana sí querías.

No respondió.

Porque los dos sabíamos que aquella ruptura nunca había sido una decisión.

Había sido otra prueba.

Otra manipulación.

Y, por primera vez, no había funcionado.

Entonces llegó el primer giro.

Valeria recibió una llamada.

Contestó distraídamente.

Su expresión cambió casi al instante.

—¿Qué?

Guardó silencio unos segundos.

—¿Cómo que cancelaron el contrato?

Colgó lentamente.

Adrian la miró.

—¿Qué pasó?

Ella respiró hondo.

—Mi padre.

—¿Qué ocurre con él?

—Acaba de perder el principal cliente de la empresa.

No entendía.

Hasta que dijo el nombre.

Era la compañía donde yo trabajaba.

Mi jefe, el señor Wallace, llevaba meses evaluando nuevos proveedores.

El contrato había sido cancelado esa misma mañana por incumplimientos reiterados.

Valeria dejó caer el teléfono.

—Mi padre me va a matar.

No dije nada.

No tenía relación conmigo.

Simplemente era una consecuencia más de decisiones ajenas.

Pero Adrian empezó a inquietarse.

Porque, por primera vez, comprendía que el mundo no giraba alrededor de sus juegos.

Se marcharon.

Sin discutir.

Sin gritar.

Solo con una caja de cartón y un silencio que pesaba más que cualquier pelea.

Los días siguientes fueron extrañamente tranquilos.

Dormía.

Comía.

Trabajaba.

Volvía a casa.

Ethan, mi vecino del piso de arriba, comenzó a bajar algunas tardes con dos cafés.

—Pensé que quizá necesitabas uno.

—Gracias.

Nunca preguntaba por Adrian.

Nunca investigaba mi pasado.

Solo hablábamos de películas, libros o del gato naranja que aparecía todas las noches en el patio.

Aquella normalidad empezó a curarme.

Entonces ocurrió el segundo giro.

Tres semanas después recibí un mensaje desde un número desconocido.

“No soy Adrian. Soy Valeria. Necesito hablar contigo.”

Estuve a punto de bloquearla.

Pero algo me hizo aceptar.

Nos encontramos en una cafetería.

Llegó sin maquillaje.

Sin ropa de marca.

Parecía otra persona.

Se sentó frente a mí.

—Quiero pedirte perdón.

No respondí.

—Durante años pensé que competir contigo me hacía ganar.

Sonrió con tristeza.

—Ahora entiendo que solo estaba ayudándolo a manipularnos a las dos.

La observé con atención.

—¿Sigues con él?

Negó lentamente.

—Duramos cinco días.

No pude evitar sorprenderme.

—¿Cinco?

—El primer día ya empezó a compararme contigo.

Sentí una punzada extraña.

—¿Conmigo?

Asintió.

—Decía que tú cocinabas mejor.

Que tú recordabas sus horarios.

Que tú sabías cuándo estaba de mal humor.

Se rio con amargura.

—Entonces entendí que nunca quiso a ninguna.

Solo necesitaba que alguien compitiera por él.

Aquellas palabras cerraron muchas heridas que yo ni siquiera sabía que seguían abiertas.

Antes de irse, Valeria dejó una pequeña bolsa sobre la mesa.

Dentro estaban los fragmentos del amuleto de jade.

—Los recogí cuando nos fuimos.

Pensé que debían volver contigo.

Los miré.

Sonreí.

—Gracias.

No los reparé.

Los guardé.

Como recordatorio.

Pasaron varios meses.

En el trabajo recibí un ascenso.

Ya no necesitaba hacer horas extras para sobrevivir.

Pude cambiar el pequeño apartamento por otro con más luz.

El día de la mudanza, Ethan apareció con una caja de herramientas.

—Otra vez cargando todo sola.

—Ya sabes que soy terca.

Sonrió.

—Sí.

Y tomó la caja más pesada.

No insistió.

No quiso demostrar nada.

Solo ayudó.

Entonces llegó el tercer giro.

Una tarde encontré a Adrian esperándome frente al edificio nuevo.

Parecía mucho más delgado.

—Solo quiero decir una cosa.

Suspiré.

—Habla.

Me miró directamente.

—Siempre pensé que volverías.

Asentí.

—Lo sé.

—Esperé una llamada.

Una visita.

Un mensaje.

Sonrió con tristeza.

—Cuando pasaron los meses entendí que, por primera vez, habías hablado en serio.

No respondí.

Porque era cierto.

—¿Sabes qué fue lo peor?

Negué con la cabeza.

—Que dejé de usar el silencio para castigarte…

…y descubrí que el silencio solo me estaba castigando a mí.

Guardé unos segundos de silencio.

Luego respondí con sinceridad.

—Espero que encuentres la paz, Adrian.

Sus ojos se humedecieron.

—¿Y tú?

Miré hacia el edificio.

Ethan estaba en el balcón regando unas plantas.

Al verme, levantó una mano para saludar.

Sonreí sin darme cuenta.

Volví a mirar a Adrian.

—Creo que ya la encontré.

Él siguió la dirección de mi mirada.

Comprendió.

Y esta vez no hizo ninguna escena.

Solo asintió.

—Cuídate, Maya.

—Tú también.

Nunca volvimos a vernos.

Meses después abrí la pequeña caja donde había guardado el amuleto roto.

Los fragmentos seguían allí.

Los sostuve unos segundos.

Después los envolví en un papel y los dejé caer en el contenedor de reciclaje.

Ethan entró en la cocina.

—¿Qué tiraste?

Sonreí.

—Algo que llevaba demasiado tiempo roto.

No preguntó más.

Se acercó.

Me dio un beso en la frente.

Un gesto sencillo.

Sin demostrar poder.

Sin hacerme competir con nadie.

Sin necesidad de que dudara de mi propio valor.

Y comprendí algo que había tardado demasiados años en aprender.

El amor nunca debería obligarte a demostrar, una y otra vez, que mereces quedarte.

Quien necesita ponerte a prueba constantemente no busca una pareja.

Busca una espectadora para alimentar su ego.

Aquella madrugada, cuando Adrian dijo que Valeria era mejor que yo, creyó que volvería a suplicar.

No imaginó que estaba pronunciando las palabras que, por fin, me darían la fuerza para marcharme.

Porque el día que dejé de competir con su ex descubrí algo mucho más importante.

Nunca había perdido contra otra mujer.

Solo había estado perdiéndome a mí misma.

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