PARTE 2: EL HOMBRE QUE NADIE SE ATREVIÓ A DESAFIAR

PARTE 2

El coche negro avanzó bajo la lluvia.

Carlos no apartaba la vista del retrovisor.

Desde hacía varias calles, un sedán gris mantenía exactamente la misma distancia.

No era una coincidencia.

Uno de sus escoltas habló por el comunicador.

—Señor, llevamos un vehículo siguiéndonos desde el callejón.

Carlos permaneció en silencio.

Miró a Lucía, que seguía dormida en el asiento trasero, abrazando el peluche que los paramédicos le habían entregado.

Apretó los puños.

—Llévenla a la residencia.

Que nadie entre sin mi autorización.

El convoy cambió de ruta inmediatamente.

El sedán gris también giró.

La confirmación era evidente.

Los estaban vigilando.

Minutos después, el teléfono de Carlos vibró.

Era uno de sus hombres.

—Señor… llegamos a la casa del agresor.

Carlos esperó el informe.

—Encontramos a su esposa y a sus dos hijos.

Todos están aterrados.

Pero hay algo que debe saber.

Carlos frunció el ceño.

—Habla.

—Ellos no sabían nada de lo ocurrido.

La esposa asegura que llevaba semanas intentando denunciar a su marido por sus actos violentos.

Incluso nos mostró una carpeta llena de denuncias y órdenes de alejamiento que nunca fueron ejecutadas.

Carlos permaneció inmóvil.

Volvió a recordar las palabras del hombre.

“Por favor, ten piedad de mis hijos.”

Durante unos segundos, el silencio dominó el interior del vehículo.

Finalmente respondió.

—Nadie tocará a esa familia.

Protégelos.

Si dicen la verdad, ellos también son víctimas.

Los escoltas intercambiaron miradas.

Era una orden que ninguno esperaba.

En ese mismo instante, otro teléfono comenzó a sonar.

Esta vez era el jefe de seguridad de la empresa.

Su voz transmitía auténtica preocupación.

—Señor…

Han entrado en el servidor principal.

Alguien está robando toda la información de su corporación.

Carlos sintió un escalofrío.

Aquello no podía ser una casualidad.

El ataque contra Lucía.

El hombre que los seguía.

Y ahora el intento de destruir su empresa.

Todo estaba conectado.

—Localicen el origen del acceso.

Rápido.

La respuesta llegó apenas unos segundos después.

—Ya lo tenemos.

Pero hay un problema.

La conexión proviene de uno de nuestros edificios.

Carlos respiró hondo.

—¿Qué empleado?

Al otro lado de la línea hubo un largo silencio.

Después, el jefe de seguridad respondió con una voz temblorosa.

—No es un empleado.

Las credenciales utilizadas pertenecen a su hermano mayor.

Carlos quedó completamente inmóvil.

Su hermano llevaba muerto más de diez años.

Antes de que pudiera reaccionar, recibió un mensaje anónimo en su teléfono.

Solo contenía una fotografía.

En ella aparecía Lucía saliendo del colegio aquella misma mañana.

Y debajo, una única frase.

“Hoy fallaste.

La próxima vez no llegarás a tiempo.”

Carlos comprendió que el ataque contra su hija nunca había sido un hecho aislado.

Era apenas el primer movimiento de una guerra cuidadosamente preparada desde hacía muchos años.

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