PARTE 2
El doctor siguió avanzando.
La jeringa brillaba bajo la luz blanca del pasillo.
Sofía abrazó con fuerza a Mateo.
—No te preocupes.
No dejaré que te hagan daño.
El médico sonrió con una tranquilidad inquietante.
—Solo será un segundo.
Después de la inyección, ninguno recordará lo que vio en el laboratorio.
Mateo rompió a llorar.
Los guardias comenzaron a acercarse lentamente.
Parecía que no existía ninguna salida.
Entonces una voz resonó detrás del doctor.
—¡Nadie dé un paso más!
Todos se giraron.
Un anciano vestido con una bata de paciente sostenía un pequeño teléfono móvil.
Su mano temblaba.
Pero mantenía la cámara apuntando directamente al médico.
—Toda esta conversación se está transmitiendo en directo.
El doctor dejó de sonreír.
—¿Qué acabas de decir?
El anciano levantó ligeramente el teléfono.
En la pantalla podía verse una videollamada con varias personas.
Entre ellas aparecían dos agentes de policía y un fiscal.
El médico palideció.
Intentó arrebatarle el dispositivo.
Pero antes de alcanzarlo, las puertas del ascensor se abrieron de golpe.
Varios policías entraron corriendo al pasillo.
—¡Policía! ¡Nadie se mueva!
Los guardias quedaron completamente inmóviles.
Uno de ellos dejó caer la porra al suelo.
El doctor dio un paso hacia atrás.
Intentó esconder la jeringa dentro del bolsillo de su bata.
Un agente lo detuvo inmediatamente.
Mientras otro aseguraba la jeringa como prueba.
Sofía respiró aliviada.
Pensó que todo había terminado.
Sin embargo, uno de los investigadores salió del laboratorio con varias cajas de documentos.
Su expresión era extremadamente seria.
—Inspector…
Aquí hay expedientes médicos alterados.
También encontramos registros de pacientes infantiles que nunca fueron dados de alta oficialmente.
El silencio volvió a apoderarse del pasillo.
El anciano observó a Sofía.
—Lo que descubristeis hoy no empezó con vosotros.
Lleva años ocurriendo.
El investigador abrió una de las carpetas.
Dentro había fotografías antiguas de decenas de niños.
Junto a cada imagen aparecía un sello rojo.
“Archivo cerrado”.
Pero una fotografía llamó inmediatamente la atención de Sofía.
Era una imagen tomada quince años atrás.
Mostraba a dos hermanos pequeños delante de la entrada del mismo hospital.

La niña de la fotografía llevaba exactamente el mismo colgante que ella conservaba desde que tenía memoria.
Sofía sintió que el corazón dejaba de latir por un instante.
Tomó la fotografía con manos temblorosas.
En la parte inferior aparecía una fecha.
Y dos nombres.
Sofía y Mateo.
Los dos se miraron sin comprender.
Porque aquella fotografía había sido tomada muchos años antes de que, supuestamente, ellos hubieran llegado por primera vez a ese hospital.