Mei sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo.
Jamás había visto al doctor Chao tan alterado.
—¿Qué está pasando? —preguntó con la voz entrecortada—. Xiaoyuan no murió por un simple fallo médico, ¿verdad?
El cirujano guardó silencio durante unos segundos.
Después cerró con llave la puerta del consultorio.
Las persianas descendieron lentamente hasta cubrir la ventana. El sonido de la lluvia desapareció tras el cristal, dejando un silencio aún más inquietante.
—Si te quedas aquí, también estarás en peligro.
Mei dio un paso hacia él.
—No pienso marcharme hasta conocer la verdad.
Chao respiró hondo y abrió con cuidado el sobre negro.
Dentro había una carta escrita con la delicada caligrafía de Xiaoyuan.
La enfermera leyó las primeras líneas y sintió que el mundo se detenía.
“Doctor Chao, si está leyendo esta carta, significa que ya estoy muerta.”
Sus manos comenzaron a temblar.
“No confíe en nadie del comité directivo del hospital. Uno de ellos cambió mi tratamiento porque descubrí documentos que jamás debían salir a la luz.”
Mei levantó la mirada.

—¿Qué documentos?
Chao sacó una memoria USB escondida bajo la carta.
—Ella me la entregó hace una semana.
La conectó al ordenador.
Decenas de archivos aparecieron en la pantalla.
Historias clínicas manipuladas.
Resultados de laboratorio falsificados.
Firmas digitales alteradas.
Pacientes declarados fallecidos cuando todavía seguían con vida.
La respiración de Mei se volvió agitada.
—Esto… esto destruiría el hospital entero.
De pronto, todas las luces del despacho se apagaron.
El monitor quedó completamente negro.
Solo permanecía encendida la luz de emergencia del pasillo.
Al mismo tiempo, ambos teléfonos móviles recibieron el mismo mensaje.
“No deberíais haber abierto esa carta.”
Un fuerte golpe sacudió la puerta.
Luego otro.
Y otro más.
Alguien intentaba entrar.
Chao escondió la memoria USB en el bolsillo interior de su bata.
—No hagas ruido.
Los golpes cesaron de repente.
El silencio resultó todavía más aterrador.
Entonces se escuchó una voz desde el otro lado.
—Doctor Chao… soy seguridad. Abra la puerta.
Mei reconoció inmediatamente aquel tono.
Palideció.
—No puede ser…
Chao la miró sorprendido.
—¿Lo conoces?
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Esa voz pertenece al hombre que vi salir de la habitación de Xiaoyuan una hora antes de la operación.
El médico sintió que la sangre se le helaba.
No estaban buscando un expediente.
Ni la carta.
Los estaban cazando a ellos.
Y el verdadero responsable acababa de llegar hasta la puerta de su consultorio.