Elena abrazó con fuerza a Mateo mientras retrocedía hacia la puerta.
Su corazón latía con tanta violencia que apenas podía escuchar el llanto del bebé.
Carlos dio otro paso al frente.
—Dame al niño ahora mismo.
—No.
La respuesta fue firme.
Por primera vez desde que se habían casado, Elena no tembló al enfrentarlo.
Doña Teresa golpeó la mesa con la palma de la mano.
—¡Has oído a mi hijo! Ese niño pertenece a esta familia.
Elena clavó la mirada en su suegra.
—Mi hijo no pertenece a nadie. No es un objeto que puedan arrebatarme.
Aquellas palabras encendieron la ira de Carlos.
La sujetó del brazo con fuerza.
—¡No me obligues a hacerlo por las malas!
Mateo rompió a llorar desconsoladamente.
Elena sintió que el miedo se transformaba en valentía.
Con un movimiento brusco se soltó de Carlos.
—¡No vuelvas a tocarme!

El hombre quedó inmóvil durante un segundo.
Jamás esperaba que ella se defendiera.
Doña Teresa aprovechó el silencio para sacar el teléfono.
—Voy a llamar a la policía. Diremos que intentas secuestrar a nuestro nieto.
Elena no respondió.
Simplemente abrió el bolso que llevaba colgado del hombro.
Sacó una pequeña carpeta azul.
Carlos frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—Lo que llevo reuniendo desde hace seis meses.
Dejó varias hojas sobre la mesa.
Informes médicos.
Fotografías de los moretones que Carlos le había dejado en distintas discusiones.
Mensajes donde él reconocía sus amenazas.
Y grabaciones de audio en las que Doña Teresa repetía una y otra vez que haría todo lo posible para quitarle a su hijo.
El rostro de la suegra perdió el color.
—¿Nos has estado grabando?
—Porque sabía que algún día intentaría proteger a Mateo de vosotros.
Carlos tragó saliva.
Por primera vez comprendió que la situación había escapado completamente de su control.
En ese instante sonó el timbre de la casa.
Los tres se quedaron inmóviles.
Doña Teresa sonrió con arrogancia.
—Ya llegó la policía.
Pero Elena negó lentamente.
—No.
Sacó el móvil y mostró la pantalla.
—La llamada la hice yo hace quince minutos.
Se escucharon varios golpes en la puerta.
—¡Policía! ¡Abran inmediatamente!
Carlos miró a su madre completamente paralizado.
Ella retrocedió un paso.
Por primera vez en muchos años, ninguno de los dos tenía una respuesta.
Y mientras Elena estrechaba a Mateo entre sus brazos, comprendieron que aquella noche no solo podían perder al niño.
También estaban a punto de perder la libertad.