Valeria permaneció inmóvil durante unos segundos.
Su corazón le decía que no subiera a aquel automóvil.
Pero su intuición le repetía que todas las respuestas estaban allí.
Miró una última vez la casa donde acababa de romperse su matrimonio.
Después respiró hondo y entró en el vehículo.
La puerta se cerró con un sonido seco.
El automóvil arrancó mientras los periodistas seguían rodeando la entrada de la mansión, completamente ajenos a su partida.
El hermano mayor de Mateo, Adrián, no habló durante varios minutos.
Solo cuando estuvieron lejos de la ciudad rompió el silencio.
—No eres la verdadera víctima de esta historia, Valeria.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Adrián sacó una carpeta gruesa del asiento contiguo.
La dejó sobre sus piernas.
—Ansin no actuó sola.
Valeria abrió lentamente el expediente.
Había fotografías.
Transferencias bancarias.
Mensajes impresos.
Y una copia de un antiguo acuerdo firmado dos años atrás.
Al leer la primera página, sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
El documento llevaba la firma de Mateo.

—No… esto es imposible…
Adrián asintió con tristeza.
—Él aceptó pagarle a Ansin para que desapareciera de su vida antes de conocerte.
Valeria levantó la mirada.
—Entonces… ¿por qué volvió ahora?
—Porque alguien duplicó el dinero que Mateo le había prometido.
El coche se detuvo frente a un viejo almacén abandonado.
Adrián señaló hacia el interior.
—La persona que organizó todo está esperando allí.
Valeria descendió lentamente.
La lluvia seguía cayendo con fuerza.
Cada paso hacía crecer la angustia dentro de su pecho.
La enorme puerta metálica comenzó a abrirse.
Una figura elegante apareció entre las sombras.
No era Ansin.
Tampoco era Mateo.
Cuando la luz iluminó completamente su rostro, Valeria sintió que las piernas le fallaban.
—¿Tú…?
La mujer sonrió con absoluta tranquilidad.
—Llevaba años esperando este momento.
Adrián bajó la cabeza.
—Perdóname, Valeria. Nunca imaginé que mi propia madre sería capaz de destruir la vida de sus dos hijos con tal de quedarse con toda la fortuna de la familia.
El mundo de Valeria se derrumbó en un solo instante.
La verdadera enemiga jamás había sido Ansin.
Siempre había estado sentada en la mesa familiar.