El silencio se hizo insoportable.
Nadie apartó la mirada.
La tormenta rugía al otro lado de las ventanas mientras los tres permanecían inmóviles.
Songshi avanzó lentamente hasta el viejo escritorio.
Abrió el cajón inferior y sacó un sobre amarillento.
—Esto es lo que Valentina lleva años intentando ocultar.
Ella corrió hacia él.
—¡No lo abras!
Pero Mateo fue más rápido.
Le arrebató el sobre de las manos.
Dentro solo había una carta y una fotografía.
En la imagen aparecían Valentina, Songshi… y un hombre mayor con una bata de laboratorio.
Los tres sonreían frente a un edificio que Mateo jamás había visto.
Frunció el ceño.
—¿Quién es ese hombre?

Songshi respondió con una serenidad que desconcertó a ambos.
—Es el doctor que nos crió después del incendio.
Valentina cerró los ojos.
Sabía que ya no podía detener la verdad.
Mateo abrió la carta.
Las primeras líneas bastaron para dejarlo sin aliento.
“Si algún día esta carta llega a tus manos, significa que ya no pude proteger el secreto. Valentina y Songshi no son amantes. Son hermanos.”
El papel tembló entre sus dedos.
—Eso… eso no puede ser…
Valentina rompió a llorar.
Durante años había soportado el odio de Mateo para proteger aquella verdad.
—Nunca te fui infiel.
Su voz apenas era un susurro.
—Songshi es mi hermano mayor. Nos separaron cuando éramos niños y nos reencontramos hace tres años.
Mateo sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Todas las discusiones.
Los celos.
Las acusaciones.
Habían nacido de una mentira.
Pero entonces levantó la vista.
—Si todo eso era cierto… ¿por qué me ocultaste la verdad?
Valentina respiró con dificultad.
—Porque quien provocó el incendio juró matarte si descubrías quién era realmente.
En ese mismo instante sonó un teléfono móvil.
No pertenecía a ninguno de los tres.
El aparato vibraba dentro del cajón del escritorio.
Songshi lo sacó lentamente.
La pantalla mostraba un único mensaje.
“Ya les contó demasiado. Salgan de la mansión si quieren seguir con vida.”
Los tres intercambiaron una mirada de terror.
Antes de que pudieran reaccionar, un estruendo sacudió toda la casa.
Las luces se apagaron.
El olor a gasolina comenzó a invadir el salón.
Y, desde el exterior, una silueta encapuchada dejó caer una antorcha encendida sobre el porche.
La mansión acababa de convertirse en una trampa mortal.