Mateo intentó frenar.
Demasiado tarde.
Sofía se apartó en el último instante.
Él perdió el equilibrio y cayó de rodillas a pocos centímetros del borde.
El teléfono con la transmisión en directo resbaló por el suelo.
Seguía grabándolo todo.
Miles de espectadores observaban la escena en tiempo real.
Mateo respiraba con dificultad.
—¡Apaga esa transmisión!
Sofía no respondió.
Solo lo miró en silencio.
Aquella calma comenzó a desesperarlo.
—¡Contesta!
Ella permaneció inmóvil.
El silencio era mucho más insoportable que cualquier insulto.
Mateo empezó a hablar sin darse cuenta.
—Todo fue por mi padre.
Su voz temblaba.
—Él me obligó a hacerlo.
Sofía seguía sin pronunciar una sola palabra.
—Yo nunca quise destruir tu empresa.
Ninguna respuesta.
—Ni falsificar aquellas firmas.
El chat de la transmisión explotó inmediatamente.
—¡Lo acaba de admitir!
—¡Está confesando!
Mateo levantó la cabeza.
Comprendió demasiado tarde que el peor enemigo no era Sofía.
Era su propio miedo al silencio.
En ese momento, la puerta de acceso a la azotea se abrió de golpe.
Varios agentes de policía irrumpieron en el lugar.
—¡Nadie se mueva!
Mateo dio un paso hacia atrás.
—Ella me tendió una trampa.
Uno de los agentes levantó el teléfono que seguía transmitiendo.
—No.
Miró la pantalla.
—Usted habló por voluntad propia.
Los policías comenzaron a esposarlo.
Mateo volvió la vista hacia Sofía.
—¿Por qué no dijiste nada?
Ella sonrió con tristeza.
—Porque descubrí que las personas como tú sienten la necesidad de llenar cualquier silencio con sus propias mentiras.
Los agentes lo condujeron hacia la salida.
Cuando parecía que todo había terminado, sonó el teléfono de Sofía.
Era un mensaje de un periodista.
Ella abrió el archivo adjunto.
Su expresión cambió por completo.
El periodista había comparado la confesión de Mateo con antiguos registros judiciales.
Había encontrado una coincidencia imposible de ignorar.
Sofía levantó lentamente la mirada.
—Deténganse.
Los policías se giraron.
Ella mostró la pantalla.
—Mateo no era quien dirigía la organización.
Todos guardaron silencio.

En el documento aparecía el nombre de la persona que había dado todas las órdenes durante años.
No era su padre.
No era ningún socio.
Era alguien que, oficialmente, había muerto en un incendio diez años atrás.