Parte 2: LA CARTA DE CLARA

Valeria fue la primera en reaccionar.

—¡Mateo!

El niño cruzó corriendo el jardín de la hacienda mientras los invitados, confundidos, apenas entendían qué ocurría.

La música del mariachi siguió sonando unos segundos más.

Hasta que alguien dejó caer una copa.

Entonces el silencio comenzó a extenderse entre las mesas.

Emilio corrió detrás de su hijo.

—¡Mateo, detente!

Pero el niño no miró hacia atrás.

Llevaba la pequeña maleta golpeándole las piernas mientras atravesaba el camino de piedra que conducía al portón principal.

Valeria alcanzó a verlo desaparecer entre los naranjos.

Cuando finalmente lograron encontrarlo, estaba escondido dentro del antiguo invernadero de la hacienda.

Tenía el rostro cubierto de lágrimas.

Abrazaba con fuerza una caja metálica oxidada.

—No quiero volver a esa casa —susurró.

Valeria se arrodilló frente a él.

—No vas a volver solo.

Mateo negó con la cabeza.

—Si regreso, mi abuela va a encontrar esto.

Le mostró la caja.

Era una vieja caja de galletas asegurada con una cinta azul descolorida.

Valeria la abrió con cuidado.

Dentro había fotografías.

Un pequeño rosario.

Una medalla de la Virgen.

Y varios sobres amarillentos.

Todos estaban escritos con la misma letra.

“Para Mateo.”

Valeria levantó la vista.

—¿Quién las escribió?

—Mi mamá.

El corazón le dio un vuelco.

Clara.

La esposa de Emilio.

La mujer de quien nadie hablaba desde que supuestamente había fallecido por una enfermedad tres años atrás.

Mateo acarició uno de los sobres.

—Mi mamá me dijo que solo los leyera cuando alguien bueno me creyera.

Valeria sintió un nudo en la garganta.

Abrió la primera carta.

La tinta estaba ligeramente corrida, pero aún podía leerse con claridad.

“Si estás leyendo esto, significa que alguien por fin decidió escucharte.”

Sus manos comenzaron a temblar.

Siguió leyendo en silencio.

“Nunca permitas que te convenzan de que estoy muerta porque te abandoné.”

Valeria levantó la cabeza lentamente.

Miró a Emilio.

Él había llegado unos segundos antes.

Estaba completamente inmóvil.

—¿Qué dice? —preguntó con voz ronca.

Valeria no respondió.

Continuó leyendo.

Cada línea hacía más pesado el silencio.

Clara contaba que llevaba meses escribiendo aquellas cartas porque tenía miedo.

Miedo de que, si algún día ella faltaba, Mateo creciera creyendo una mentira.

La última página terminaba con una frase escrita con más fuerza que el resto.

“Si algún día dudas de lo que ocurrió conmigo, busca el expediente guardado en la notaría de don Esteban Salcedo. Ahí está la verdad que mi suegra quiere enterrar.”

Emilio palideció.

—Eso no puede ser…

Valeria levantó la vista.

—¿Conoces ese nombre?

Él tardó varios segundos en responder.

—Don Esteban fue el abogado de mi padre durante más de treinta años.

Doña Amparo apareció entonces en la entrada del invernadero.

Había perdido por completo la serenidad.

Sus ojos se clavaron en la caja metálica.

—Devuélvanme eso.

Nadie se movió.

La anciana dio un paso más.

—Esas cartas pertenecen a esta familia.

Mateo abrazó la caja con todas sus fuerzas.

—Son de mi mamá.

—¡Entrégamelas!

La voz de doña Amparo resonó con una dureza que hizo retroceder incluso a algunos empleados.

Valeria se interpuso entre ambos.

—No va a tocar ni al niño ni esas cartas.

La anciana sonrió con frialdad.

—No sabes en lo que te estás metiendo.

—Explíquemelo.

Doña Amparo guardó silencio.

Fue Emilio quien habló primero.

Miraba fijamente la firma de Clara al pie de la carta.

—Mi esposa nunca mencionó ninguna notaría.

Valeria dobló cuidadosamente las hojas.

—Tal vez porque nunca tuvo oportunidad.

Antes de que alguien pudiera decir algo más, uno de los administradores de la hacienda llegó corriendo.

Respiraba con dificultad.

—Señor Emilio…

Todos giraron hacia él.

—Acaban de entrar a la oficina principal.

—¿Quién?

—Alguien forzó la caja fuerte.

El administrador tragó saliva.

—Y el único expediente que desapareció fue el que llevaba el nombre de Clara Del Río.

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