Parte 2: EL SOBRE DEL DOCTOR

Marisol no podía apartar la mirada del vientre de Camila.

Su propia prima evitó mirarla.

Bajó la cabeza y apretó con fuerza el bolso que llevaba entre las manos.

Esteban sonrió con esa tranquilidad de quien cree haber ganado.

—Ya ves que el problema nunca fui yo.

Las palabras cayeron como piedras.

—Camila sí pudo darme un heredero.

Doña Petra dio un paso al frente.

—Muchacho, antes de presumir, deberías aprender a bajar la voz delante de quien acabas de destrozarle la vida.

Esteban apenas la miró.

—No se meta en asuntos de mi familia.

La anciana soltó una risa seca.

—Eso crees tú.

Camila respiraba cada vez más rápido.

Sus manos temblaban.

Marisol notó algo extraño.

No parecía una mujer feliz.

Parecía una mujer aterrorizada.

—Camila…

La joven levantó apenas la vista.

Los ojos enrojecidos hablaban por ella.

—¿Esto es verdad?

Antes de que pudiera responder, Esteban pasó un brazo por sus hombros.

—Dentro de unos meses nos casaremos.

Todo el pueblo terminará entendiendo que el problema eras tú.

Marisol sintió que el pecho le ardía.

Tres años de tratamientos.

Tres años de humillaciones.

Tres años creyendo que su cuerpo era el culpable.

Y ahora él utilizaba el embarazo de su propia prima para enterrarla delante de todos.

Doña Petra observó a Esteban durante unos segundos.

Después dijo con absoluta calma:

—¿Todavía conservas el sobre amarillo?

Esteban perdió la sonrisa.

Fue apenas un instante.

Pero Marisol lo vio.

—¿Qué sobre? —preguntó él.

La anciana ladeó la cabeza.

—El que escondiste hace dos años.

El silencio cayó sobre la brecha.

Camila abrió mucho los ojos.

Esteban endureció la mandíbula.

—No sé de qué está hablando.

—Claro que sí.

Doña Petra apoyó una mano sobre el lomo del burro.

—El doctor Julián me pidió que guardara una copia por si algún día tú intentabas destruir la original.

Marisol sintió un vuelco en el estómago.

—¿El doctor…?

Doña Petra asintió.

—El especialista de Morelia que los atendió.

Esteban dio un paso adelante.

—Ya basta.

—No.

La voz de la anciana fue firme.

—Ya basta de mentiras.

Sacó una pequeña llave que llevaba colgada al cuello.

La sostuvo frente a Marisol.

—Hace dos años pensé que nunca tendría que usarla.

Marisol la observó confundida.

—¿Qué abre?

—Un baúl que está en mi casa.

Dentro hay un sobre sellado.

Esteban apretó los puños.

—Eso pertenece a mi familia.

—No.

Respondió Petra sin alterarse.

—Pertenece a la verdad.

Camila empezó a llorar.

—Esteban…

Él giró bruscamente.

—Cállate.

La joven retrocedió instintivamente.

Ese gesto no pasó desapercibido para Marisol.

Era el mismo miedo que ella había sentido tantas veces.

Doña Petra volvió a mirar a Marisol.

—El doctor vino a verme la semana siguiente de su última consulta.

—¿Por qué?

—Porque sabía que algo no estaba bien.

La anciana respiró hondo.

—Me dijo que, si algún día desaparecía ese expediente, alguien tendría que proteger la copia.

Marisol sintió que las piernas le temblaban.

—¿Qué decía ese expediente?

Petra sostuvo su mirada.

—Que tú podías tener hijos.

Las lágrimas brotaron sin control.

Marisol dio un paso atrás.

—Entonces…

La anciana continuó.

—También decía que el señor Esteban Mendoza debía realizar estudios complementarios.

Esteban levantó la voz.

—¡Eso es mentira!

Pero nadie lo escuchaba ya.

Todos miraban a Petra.

La anciana no apartó la vista de Marisol.

—Y el doctor escribió una nota de su puño y letra.

Hizo una pausa.

—”No puede atribuirse la infertilidad a la señora Marisol hasta concluir la evaluación completa del señor Esteban.”

El rostro de Esteban había perdido todo el color.

Camila comenzó a llorar con más fuerza.

—Yo… yo nunca vi esos estudios.

Petra asintió lentamente.

—Porque alguien se encargó de que nadie más los viera.

En ese momento, el sonido de otro vehículo rompió el silencio.

Una camioneta blanca se detuvo junto al camino.

De ella descendió un hombre de cabello canoso con un portafolio de cuero.

Cuando vio a Esteban, su expresión cambió.

—Así que al final sí ocurrió.

Marisol lo reconoció por la fotografía de un viejo expediente médico.

Era el doctor Julián.

El mismo médico que, según todo el pueblo, llevaba dos años viviendo fuera de Michoacán.

Y traía en la mano un sobre amarillo con el sello original del laboratorio.

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