El resplandor cubrió por completo la sala del trono.
Cuando la luz desapareció, el traidor seguía suspendido en el aire, incapaz de mover un solo músculo.
La reina alada descendió lentamente.
Sus alas doradas iluminaban las antiguas inscripciones grabadas en el suelo.
—¿Sabes por qué sobreviví? —preguntó con una calma aterradora.
El hombre negó entre sollozos.
—Porque nunca lograste matar el corazón del bosque.
En ese instante, las raíces atravesaron las grietas del mármol y comenzaron a envolver el trono.
Todo el castillo tembló.
Las campanas del reino sonaron solas por primera vez en veinte años.
Los soldados irrumpieron en la sala con las espadas desenvainadas.
Pero ninguno se atrevió a atacar.
Al verla, dejaron caer las armas y se arrodillaron.
Habían reconocido el antiguo símbolo de la corona grabado sobre sus alas.
El traidor gritó desesperado.
—¡No la escuchéis! ¡Es un monstruo!
La reina levantó una mano.
Del centro del salón emergió un cristal gigantesco.
Dentro aparecieron imágenes del pasado.
Todos contemplaron el día en que el antiguo rey había sido asesinado.

El responsable no era la reina del bosque.
Era el propio consejero real.
El mismo hombre que ahora ocupaba el trono.
Los murmullos llenaron el castillo.
Durante décadas había construido su poder sobre una mentira.
El consejero rompió a reír.
—Aunque conozcan la verdad, ya es demasiado tarde.
Sacó un pequeño puñal negro oculto bajo la túnica.
—El heredero legítimo murió el mismo día que su padre.
La reina lo observó sin apartar la mirada.
—Te equivocas.
Se volvió lentamente hacia los soldados.
—El heredero ha vivido entre vosotros todo este tiempo.
Las enormes puertas del salón se abrieron.
Un joven guardabosques avanzó con ropa sencilla y una vieja espada de madera.
Todos lo conocían como Adrien, un humilde explorador de la frontera.
La reina sonrió.
—Hace veinte años oculté al príncipe con un hechizo para salvar su vida.
El cristal comenzó a brillar.
Sobre el pecho del muchacho apareció el antiguo emblema de la familia real.
Los soldados inclinaron inmediatamente la cabeza.
El consejero sintió que todo su imperio se derrumbaba.
Con un grito de rabia lanzó el puñal hacia el joven.
Pero la reina extendió sus alas.
Una barrera de luz detuvo el arma antes de que pudiera alcanzarlo.
El acero se convirtió en polvo.
La magia del bosque había pronunciado su veredicto.
Las raíces envolvieron al usurpador y lo inmovilizaron frente al trono que había robado durante tantos años.
La reina miró al verdadero heredero.
—Hoy recuperas una corona.
Luego contempló el horizonte que se veía tras los ventanales destruidos.
—Pero la guerra aún no ha terminado.
Más allá de las montañas, los antiguos dragones negros acababan de despertar, atraídos por el renacimiento de la magia.
Y esta vez, no venían a proteger el reino.
Venían a conquistarlo.