Valeria llegó directamente a la oficina de su padre.
No había pasado ni una hora desde que abandonó la casa de su esposo.
Don Ernesto la esperaba con un notario y dos abogados.
—Sabía que este día llegaría —dijo con serenidad.
Valeria dejó el teléfono sobre la mesa.
—Mi cuñada acaba de amenazarme.
El abogado leyó el mensaje y asintió.
—Guárdalo. Será una prueba útil.
En ese momento, sonó el teléfono de Don Ernesto.
Era el gerente del banco.
—Señor, alguien intenta retirar los seiscientos mil yuanes usando un poder notarial.
Valeria se quedó helada.
—¿Qué?
El gerente continuó.
—La señora Elena afirma que usted autorizó la operación.

Don Ernesto respondió sin dudar.
—Bloqueen inmediatamente la cuenta y avisen a la policía.
Media hora después, las cámaras de seguridad del banco mostraban a la suegra y a la cuñada discutiendo con los empleados.
Doña Elena agitaba unos documentos.
—¡Ese dinero pertenece a mi hijo!
El director del banco negó con firmeza.
—La cuenta está registrada únicamente a nombre de la señora Valeria.
No podemos entregar un solo yuan.
Los agentes llegaron pocos minutos después.
Al revisar el supuesto poder notarial, descubrieron varias firmas falsificadas.
La cuñada perdió el color del rostro.
—Yo… yo no sabía nada.
Doña Elena intentó culpar a un gestor.
Pero ya era demasiado tarde.
Mientras tanto, Mateo apareció en la oficina de Don Ernesto.
Entró sin pedir permiso.
—Valeria, retiremos la denuncia.
Podemos solucionar esto como familia.
Ella lo observó en silencio.
—¿Como familia?
Sacó el teléfono y reprodujo una grabación.
Era una conversación entre Mateo y su madre.
—Cuando consigamos el dinero de la dote, la echaremos de casa. Sin dinero ni coche, acabará aceptando cualquier condición.
Mateo quedó completamente paralizado.
Nunca imaginó que aquella llamada hubiera sido grabada.
Valeria apagó el audio.
—No queríais una esposa.
Queríais una cuenta bancaria.
En ese instante, el notario abrió un sobre que Don Ernesto había guardado durante años.
—Este documento debía entregarse únicamente si el matrimonio fracasaba por motivos económicos.
Valeria lo tomó con curiosidad.
Era el contrato original de la dote.
Sin embargo, había una cláusula que nunca había leído.
“Cualquier intento de apropiación, fraude o coacción por parte de la familia del cónyuge implicará la devolución inmediata de la dote y la pérdida de todos los derechos derivados del matrimonio.”
Mateo comenzó a retroceder.
—Eso significa…
El notario respondió con calma.
—Que el apartamento donde viven fue comprado con fondos de la familia de Valeria y quedó protegido por esta cláusula.
Legalmente, ni usted ni su madre tienen derecho a permanecer allí.
El teléfono de Valeria volvió a sonar.
Era una llamada del organizador de la boda de su cuñada.
—Señora, lamentamos informarle que todos los pagos para la ceremonia han sido rechazados.
La cuenta utilizada ha sido congelada por orden judicial.
Doña Elena acababa de perder el dinero.
Su hija acababa de perder la boda.
Y Mateo comprendió, demasiado tarde, que por apoyar la codicia de su familia no solo había perdido a su esposa.
Había perdido también el único patrimonio sobre el que creía haber construido su futuro.