PARTE 2
El agresor avanzó hacia la joven con el objeto afilado oculto junto a su pierna.
—Entrégame ese teléfono —ordenó entre dientes.
Ella retrocedió, pero no bajó el dispositivo.
—El video ya está guardado en internet.
La sonrisa del muchacho desapareció.
El director se interpuso rápidamente entre ambos.
—Guarda eso ahora mismo.
—Apártese —respondió el agresor—. Este asunto no tiene nada que ver con usted.
Aquellas palabras provocaron un murmullo de indignación entre los estudiantes.
Mateo intentó levantarse del suelo.
—No la toques. El problema es conmigo.
El agresor giró la cabeza y sonrió con desprecio.
—Tú ya no eres ningún problema.
Pero, antes de que pudiera acercarse a la testigo, varios alumnos formaron una barrera frente a ella.
Uno de ellos levantó su teléfono.
—También estamos grabando.
Otra estudiante hizo lo mismo.
Después otra.
En pocos segundos, decenas de cámaras apuntaban hacia los agresores.
El miedo comenzó a cambiar de lado.
—Bajad los teléfonos —gritó uno de los cobradores—. ¡No sabéis quiénes somos!
El director extendió la mano.
—Sí lo sé.
Sacó una identificación universitaria encontrada junto al callejón.
Pertenecía a uno de ellos.
—Sois alumnos de esta institución.
Mateo abrió los ojos con sorpresa.
Los hombres que lo habían atacado no eran cobradores desconocidos. Eran estudiantes ricos que llevaban meses prestando dinero ilegalmente a compañeros vulnerables y después los amenazaban para obtener cantidades mucho mayores.
La joven del vestido blanco desbloqueó su teléfono.
—No fue la primera vez que los vi.
Mostró una carpeta llena de videos, mensajes y capturas de pantalla.
—Mi nombre es Lucía. Trabajo como voluntaria en el programa de ayuda estudiantil. Durante los últimos seis meses, quince alumnos denunciaron amenazas similares.
El director palideció.
—Nunca recibí esas denuncias.
—Porque alguien las borraba antes de que llegaran a su despacho.
Todas las miradas se dirigieron hacia el subdirector, que acababa de aparecer entre la multitud.
El hombre se quedó inmóvil.
Uno de los agresores soltó una carcajada nerviosa.
—Diles la verdad. Tú nos prometiste que nadie investigaría.
El subdirector intentó marcharse.
Dos guardias del campus bloquearon su camino.
Lucía reprodujo una grabación de audio.
La voz del funcionario se escuchó con claridad:
—Mientras paguéis vuestra parte, las cámaras del callejón permanecerán apagadas.
El campus entero quedó en silencio.
Mateo apretó los dientes.
Había sido atacado porque se negó a entregar el dinero destinado a la matrícula de su hermano.
Pero ahora comprendía que no había sido una víctima elegida al azar.
—¿Cómo sabían cuánto llevaba conmigo? —preguntó.
Lucía revisó otro archivo.
—Alguien consultó tus datos financieros desde la oficina de becas.
El director miró al subdirector con horror.
—¿Vendiste información privada de los estudiantes?
El hombre bajó la cabeza.
Los agresores intentaron escapar entre la multitud, pero los alumnos cerraron todas las salidas.
Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.
Lucía había llamado a la policía antes de abandonar la biblioteca.
Minutos después, los responsables fueron detenidos. El objeto peligroso cayó al suelo sin que nadie resultara herido.
Mateo recibió atención médica, mientras el director anunciaba la suspensión inmediata del subdirector y de todos los estudiantes implicados.

Sin embargo, cuando un agente revisó el video original, descubrió algo inquietante.
Antes de atacar a Mateo, uno de los agresores había recibido una llamada.
La policía amplió el audio.
—El hermano menor estudia aquí —decía una voz—. Si Mateo no entrega el dinero, expulsad al chico mañana.
Mateo sintió que el corazón se detenía.
—¿Mi hermano está en peligro?
Lucía bajó lentamente el teléfono.
—Tu hermano no es solo otra víctima.
Abrió una fotografía tomada aquella misma mañana.
En ella, el joven aparecía reunido con los agresores frente a la oficina del subdirector.
Mateo negó con la cabeza.
—Eso no puede ser.
Entonces recibió un mensaje desde el número de su hermano:
“Perdóname. Yo les dije que llevabas el dinero.”
El sacrificio de Mateo no había sido descubierto por casualidad.
La persona por la que soportó cada golpe había sido quien lo entregó.