PARTE 2: LA CARTA QUE LA ANCIANA ESCONDÍA REVELÓ POR QUÉ SU PROPIO HIJO QUERÍA SILENCIARLA PARA SIEMPRE

PARTE 2

Mateo sujetó la muñeca de Gael antes de que pudiera arrebatarle la carta.

—No vuelvas a tocarla —advirtió con voz firme.

Gael intentó liberarse.

—¡Ese documento pertenece a mi familia!

La anciana apretó la carta contra su pecho.

—No, hijo. Esta carta me pertenece a mí.

Los médicos comenzaron a acercarse. Uno de ellos llamó discretamente al personal de seguridad del hospital.

Gael miró a su madre con una mezcla de rabia y miedo.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Lo sé perfectamente —respondió ella—. Llevo demasiado tiempo protegiéndote.

Aquella frase dejó a todos en silencio.

Mateo ayudó a la mujer a sentarse junto a la cama.

—¿Qué contiene la carta?

La anciana respiró hondo y rompió lentamente el sello del sobre.

—La verdad sobre la supuesta enfermedad que me trajo hasta este hospital.

Gael palideció.

—Mamá, cállate.

Ella sacó varios informes médicos y los entregó al doctor que estaba más cerca.

El especialista revisó las hojas con atención.

—Estos análisis fueron realizados en otro laboratorio —dijo—. Indican que la señora no padece la enfermedad terminal que aparece en nuestro expediente.

Los presentes se miraron con desconcierto.

—Entonces, ¿por qué está tan débil? —preguntó Mateo.

El médico continuó leyendo.

—Porque alguien le administraba medicamentos que no necesitaba.

La anciana cerró los ojos con dolor.

—Gael controlaba mis pastillas y todas mis citas.

—¡Eso no demuestra nada! —gritó él.

Mateo se acercó un paso.

—Demuestra que tenías acceso.

Gael señaló la puerta.

—¡Quiero que todos salgan!

Pero la anciana levantó la mano.

—Todavía no he terminado.

Sacó una segunda hoja.

Era una copia de un poder notarial.

—Hace dos semanas, Gael intentó hacerme firmar este documento mientras yo estaba sedada.

El texto le concedía el control absoluto sobre las propiedades, las cuentas bancarias y las empresas familiares.

Gael empezó a caminar hacia atrás.

—Lo hice para proteger tus bienes.

—Querías declararme incapaz —respondió ella—. Y después pensabas abandonarme en una residencia.

La puerta se abrió.

Dos agentes de seguridad entraron acompañados por una mujer elegante de traje oscuro.

Gael la reconoció y su rostro se tensó.

—¿Qué hace ella aquí?

—Es mi abogada —explicó la anciana—. Y lleva semanas reuniendo pruebas.

La mujer dejó una grabadora sobre la mesa.

Al activarla, la voz de Gael llenó la habitación.

—En cuanto firme, venderemos la casa y diremos que ya no puede tomar decisiones por sí misma.

Después se escuchó otra voz masculina.

—¿Y si recupera la memoria?

—No tendrá oportunidad.

Gael se abalanzó hacia la grabadora, pero Mateo volvió a bloquearle el paso.

—Se acabó.

El hombre miró desesperadamente a su madre.

—Todo esto lo hice por nosotros. Tenía deudas.

—Yo habría vendido lo necesario para ayudarte —dijo ella entre lágrimas—. Pero preferiste destruirme antes que pedirme perdón.

En ese instante llegaron dos policías.

La abogada ya había presentado una denuncia por falsificación, administración indebida de medicamentos y tentativa de fraude patrimonial.

Gael perdió toda su arrogancia.

—Mamá, no permitas que me lleven. Soy tu único hijo.

La anciana lo miró en silencio.

Después señaló a Mateo.

—Durante meses, este joven, que no comparte mi sangre, me trató con más respeto que tú.

Gael apretó los dientes.

—Él solo quiere quedarse con tu dinero.

Mateo negó lentamente.

—No quiero nada suyo. Solo escuché cómo la maltratabas y decidí intervenir.

La anciana tomó la mano de Mateo.

—Eso es exactamente lo que mi hijo olvidó: ayudar sin esperar una recompensa.

Los agentes esposaron a Gael.

Antes de salir, él se volvió hacia su madre.

—Te arrepentirás de haberme humillado.

Ella sacó una última hoja del sobre.

—La única humillación fue descubrir en qué te habías convertido.

Era un nuevo testamento.

Gael había sido excluido de la administración de todos los bienes, pero la anciana no había entregado su fortuna a Mateo.

Había creado una fundación para ayudar a personas mayores abandonadas por sus propias familias.

Gael fue conducido fuera de la habitación.

Sin embargo, cuando la abogada guardaba los documentos, encontró una fotografía escondida en el fondo del sobre.

En ella aparecía Gael entregándole dinero al director del hospital.

El médico que estaba junto a la cama dejó caer los informes.

—Ese hombre fue quien autorizó todos los medicamentos.

Mateo miró hacia el pasillo.

El director acababa de recibir una llamada y se alejaba apresuradamente hacia la salida.

La traición no había sido obra de un solo hijo codicioso.

Dentro del hospital existía una red que declaraba enfermos a pacientes vulnerables para apoderarse de sus propiedades.

Y la anciana podía ser la primera testigo capaz de destruirla.

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