La fotografía permaneció sobre la mesa durante varios segundos.
Nadie dijo una palabra.
Daniel la tomó con manos temblorosas.
La imagen era nítida.
Teresa Alcázar entraba por la puerta trasera de la Clínica San Gabriel.
La fecha aparecía impresa en la esquina inferior.
Tres años atrás.
El mismo día en que Clara perdió su primer embarazo.
Daniel levantó lentamente la vista hacia el detective Rafael Ortega.
—Dime que esto no significa lo que estoy pensando.
Rafael respiró hondo.
—Ojalá pudiera.
Sacó dos fotografías más.
Las tres tenían fechas distintas.
Las tres mostraban exactamente lo mismo.
Teresa entrando a la clínica pocas horas antes de cada tragedia.
El primer aborto.
El segundo.
Y el supuesto fallecimiento de Clara.
Daniel sintió que el estómago se cerraba.
No eran coincidencias.
Era un patrón.
—¿Quién tomó estas fotografías?
—Un investigador privado.
Lo contrató la propia Clara hace ocho meses.
Daniel quedó inmóvil.
—¿Clara?
Rafael asintió.
—Ella ya sospechaba de su madre.
Aquella respuesta le atravesó el pecho.
—¿Por qué nunca me dijo nada?
Rafael abrió una carpeta color azul.
—Porque primero quería demostrarlo.
Dentro había copias de mensajes.
Correos electrónicos.
Recibos.
Notas escritas a mano.
La primera llevaba la letra de Clara.
“Daniel jamás me creería si solo le digo que mi madre quiere controlar mi embarazo. Necesito pruebas.”
Daniel cerró los ojos.
Conocía perfectamente aquella caligrafía.
Horas antes, Clara seguía luchando por su vida en terapia intensiva.
Los médicos habían logrado estabilizarla.
La bebé continuaba con buen ritmo cardíaco.
Pero seguía sedada.
Cada minuto era una espera insoportable.
Mientras tanto, Rafael continuó reconstruyendo la historia.
—Después del segundo aborto, Clara cambió de ginecólogo sin avisarle a su familia.
—Nunca me explicó por qué.
—Porque descubrió algo.
Sacó un informe toxicológico antiguo.
El documento jamás había llegado al expediente oficial.
Mostraba pequeñas cantidades de un medicamento sedante en sangre.
No eran dosis suficientes para matar.
Pero sí podían afectar seriamente un embarazo.
Daniel sintió un escalofrío.
—¿La estaban intoxicando?
—Eso creemos.
De forma lenta.
Repetida.
Y siempre después de visitar a su madre.
Daniel recordó todas aquellas comidas familiares.
Las infusiones que Teresa insistía en preparar personalmente.
Los jugos “especiales” para fortalecer el embarazo.
Los suplementos que solo ella compraba.
De repente…
Cada recuerdo adquiría un significado completamente distinto.
—Dios mío…
Rafael permaneció en silencio.
No hacía falta añadir nada.
—¿Y esta vez?
—Esta vez no buscaban provocar otro aborto.
Rafael señaló otro documento.
—El embarazo ya era demasiado avanzado.
Treinta semanas.
La bebé podía sobrevivir fuera del útero con atención especializada.
Daniel sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
—Entonces…
—Cambiaron de estrategia.
En lugar de perder el embarazo…
Pensaban provocar una falsa muerte materna, practicar una cesárea de emergencia y hacer creer que la niña había nacido huérfana.
Daniel golpeó la mesa con el puño.
—¡No!
Rafael mantuvo la calma.
—Todavía estamos reconstruyendo todos los detalles.
Pero ya encontramos documentos preparados para registrar a la recién nacida con otra identidad.
No podemos asegurar aún quién más participó ni cuál era el destino final de la niña.
Eso tendrá que demostrarse con la investigación.
En ese momento sonó el teléfono de Rafael.
Escuchó unos segundos.
Su expresión cambió.
—Entendido.
Colgó lentamente.
Daniel sintió un nuevo nudo en el estómago.
—¿Qué pasó?
—Acaban de revisar el despacho del doctor Octavio Salinas.
—¿Encontraron algo?
—Sí.
Un compartimento oculto.
Dentro había historiales clínicos de varias pacientes, medicamentos sin registrar y una libreta con pagos pendientes.
Daniel respiró con dificultad.
—¿Aparece Clara?
—Sí.
Y también aparecen los nombres de otras mujeres.
No sabemos todavía qué significa cada anotación.
Pero la fiscalía ya ordenó preservar toda la documentación.
En ese instante una enfermera entró apresuradamente.
—¿El señor Daniel Ortega?
Daniel se puso de pie de inmediato.
—Soy yo.
—Su esposa acaba de despertar.
Sin esperar un segundo, salió corriendo hacia la unidad de cuidados intensivos.
Cuando llegó, Clara tenía los ojos entreabiertos.
Estaba muy débil.
Respiraba con ayuda de oxígeno.
Al verlo, unas lágrimas resbalaron por sus mejillas.
Daniel tomó su mano con cuidado.
—Ya estás a salvo.
Ella negó muy despacio.
Con enorme esfuerzo levantó una mano y señaló hacia su vientre.

Luego, apenas moviendo los labios, pronunció unas palabras que hicieron que Daniel sintiera un frío recorrerle todo el cuerpo.
—No… era… solo… mi madre…
Antes de desmayarse otra vez, alcanzó a decir un nombre.
Un nombre que Daniel jamás habría esperado escuchar.
—Victoria…